
Primera vez en Acteal 22.09.07
Las mujeres con largas trenzas. Su cabello les llega más allá de la cintura. Su cabello llega más allá de cualquier dolor. Más grande dolor que perder a sus hijos y hermanos hace diez años no tendrán. Solo el recuerdo.
Su rostro tiene vida. Las lágrimas han regado sus mejillas que hoy expresan sonrisas indiscretas. Un eterno presente: La madre se convierte en abuela. La niña se hace mujer. La mujer se convierte en madre. La madre vuelve a ser mujer. La mujer vuelve a ser esposa. La hija que es mujer, madre, esposa y abuela se renueva y sigue siendo víctima. Blancos mantos bordados con flores de colores cubren sus cabezas durante el ritual. Rojo, púrpura y rosa dan vida a los hilos que adornan cada manto y mujer y recuerdan la sangre de sus seres queridos que corrió y mojó su tierra.
Los niños cuelgan de las espaldas de sus madres y les pesan, pero ellas se han acostumbrado a cargar más peso que muchos hombres de la ciudad.
Otro niño esta sentado a los pies de su madre, mientras ella atiende a la ceremonia del recuerdo. El niño no sabe ni entiende lo que se conmemora. El todavía no llegaba a este mundo. Simplemente lucha por avanzar en ese suelo lodoso usando sus piernas dobladas, aprendiendo a gatear.
La gracia de las niñas es ayudar a cuidar a sus hermanitos, aunque a menudo comienzan a ser madres verdaderas a muy temprana edad. Además venden a los viajeros tamales y pan a la orilla del camino que lleva al santuario de los mártires.
Los hombres delgados, salvo muy pocos rechonchos, tienen piernas musculosas, que exhiben en la danza ofrecida al Rey Eterno. Son piernas que han caminado y han corrido ya cientos o quizá miles de kilómetros. Pero desafortunadamente el día de la masacre no pudieron llegar a tiempo para defender a sus familias. Seguramente más de alguno lo intento y salió herido de aquella cacería humana, pero logró escapar de los despiadados carniceros.
Un violín de dos cuerdas de cáñamo, un arpa mediana de madera bruta, una flauta pequeña pero de sonido fuerte y agudo, una cuasiguitarra de cuatro cuerdas, una trompeta sexagenaria y dos tambores son todo lo que tienen los músicos de Acteal que hoy tocaron y acompañaron la procesión y la ceremonia. Pero su música es profunda y tocó las fibras más sensibles de mi corazón. La melodía de ese violín dolorido de dos cuerdas hoy se metió mas hondo en mi ser que la un piano de cola en concierto internacional.
Para remover mas mis emociones un coro de ángeles – cerca de treinta jóvenes de los cuales la mitad son mujeres – nos dieron la bienvenida con un canto hermoso al inicio de la Eucaristía. Tal vez todavía lloran por las noches algunos de los que llevan años cantando en el coro por haber perdido algún hermano o hermana. Pero son valientes y alzan su voz al mundo. Tienen la esperanza bien firme y no dejan de cantarla cada día 22 de mes para entrometerse en los oídos y los corazones de los visitantes presentes.
La ermita de palos de madera donde oraban los hoy recordados sigue en pie, más fuerte que nunca, contra el viento y la lluvia. Los pobladores la visitan y también oran para que llegue la paz y se viva la justicia.
Tierra sagrada, Acteal Chenalhó que albergas a cientos de hermanos y que recibes a miles: no dejes de gritar, no dejes de llorar y de reír al mundo. Allá arriba de tu santuario, vi el monumento a la infamia y me quedo grabada con fuego la idea de una frase: “Los niños y los jóvenes no deben seguir muriendo para que vivan los adultos”
Gracias Señor Jesús por haberme llevado junto con mis hermanos Rafael, Manuel, David, Jorge y los demás padres y hermanas a Acteal. Este lugar donde yacen los cuerpos de 45 personas que fueron enjuiciados injustamente, cruelmente ultrajados, crucificados y asesinados como Tú. Gracias por seguir entre nosotros dándonos tu Espíritu de Amor.