Peregrinación orante
y encuentro con cinco comunidades tzeltales de la misión de Bachajón en
Chiapas. Testimonio de Eduardo Anaya Sanromán S.J.
Tortilla, amistad, frijoles negros, generosidad, te de limón, respeto,
caldo de pollo, solidaridad, pozol con sal y alegría, fueron los ingredientes
principales de una experiencia de Encuentro con Dios en cinco comunidades
tzeltales que nos acogieron en el reciente Mochilazo Jesuita 2011.
23 jóvenes de diferentes estados del
país, un prenovicio, un escolar (filosofía) y dos sacerdotes jesuitas formamos
el grupo de peregrinos del Mochilazo 2011. Los estados con más representación
fueron Querétaro (3), Guanajuato (3) y Michoacán (3). De ahí siguieron Estado
de México, Jalisco, Chiapas, San Luis Potosí, etc.

14 y 15 de
diciembre. “Santa Fe del Duraznal”. La
Música es de todos.
Al día siguiente, salimos de “Chilón” a
“Santa Fe Duraznal” a eso de las 11 de la mañana. Nuestro camino fue agotador
porque prácticamente todo el trayecto fue ir de subida. Además tuvimos al sol
como acompañante todo el tiempo, lo cual nos dificultaba la marcha por la
deshidratación.
Cuando apenas iniciábamos nuestro camino, hubo un
incidente que nos hizo reflexionar toda la semana sobre la actual situación de
violencia y narcotráfico que vive nuestro país. (decomiso de camioneta con
drogas). Afortunadamente nadie se sintió indispuesto y el incidente no afectó
nuestro programa de peregrinación. Hicimos varias paradas para descansar en
lugares con sombrita. Recuerdo que en uno de ellos me acosté y estuve a punto
de quedarme dormido por el cansancio.
Pero nuestro esfuerzo tuvo su recompensa. Poco antes de
llegar a la comunidad Sebastián, (nuestro primer guía) tronó dos o tres cuetes y
pronto nos salieron al encuentro docenas de niños y niñas. Estaban radiantes de
alegría y sus sonrisas nos contagiaron y nos llenaron de satisfacción. Se
habían arreglado para recibirnos. Un poco más adelante nos dieron la bienvenida
los adultos de la comunidad, quienes recibieron el cuadro de la Virgen de
Guadalupe que encabezaba nuestra peregrinación y oraron bendiciéndonos con el
copal.
Esa tarde, después de comer, algunos nos bañamos en el
rio y, por cierto, el agua no estaba nada caliente. Mientras tanto, otros
misioneros jugaron con los niños. En la noche caímos “muertos” tras nuestra
primera caminata. Acabé muy agotado,
pero fue por mi propio gusto. Quise cargar la guitarra todo el camino. No pedí
ayuda. Ese día volví a caer en una de las viejas tretas que me juega el Mal
Espíritu: la autosuficiencia. Uno o dos días después Dios me ayudo a reconocer
mi vulnerabilidad, mi necesidad de los otros. Lo hizo con una frase muy
sencilla: “La Música es de todos”.
Quizá uno de los peores males que aquejan a nuestras
sociedades de principios del siglo XXI es el individualismo, la falsa idea de
que somos independientes unos de otros, la tendencia a la competitividad que
nos divide, la inconsciente (o consciente) tentación de ser autónomos. Los
hermanos tzeltales me recordaron que lo
más importante es la comunidad. Que no hay nadie por encima de nadie, que todos
somos iguales y cada quien ha de hacer lo que le toca para que las cosas
funcionen bien. La consigna del zapatismo “El pueblo manda y el gobierno obedece”
no es más que una de las manifestaciones de la consciencia milenaria de aquel
pasaje que reza “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”.
Los hermanos indígenas tienen clarísimas las prioridades: la comunidad está por
encima de los particulares. Pero hay que tener cuidado, esto no quiere decir
que los rostros concretos no importan. Ellos saben que lo que a uno le sucede a
todos les afecta. Si un hombre se vuelve alcohólico, no solo enferma él, sino
toda su familia, y toda su comunidad lo resiente. Si una mujer muere por
accidente, sus hijos no serán dejados a su suerte, serán sostenidos por la
comunidad.
Yo quise cargar con la Música solo.
Pretendí llevar la guitarra por mi cuenta para que se me reconociera mi fuerza
física, mi capacidad de armonía. Pero lo que sucedió fue que por el agotamiento
extremo me encontraba malhumorado en los descansos y me aislaba de la
comunidad. Así que me di cuenta de que
la Música no es mía, ni tampoco es mía ésta guitarra, ni las demás guitarras.
La Música es de todos porque la gozamos todos, y si la Música la llevamos
todos, la guitarra es de todos.
El resto de las caminatas pedí
voluntarios para cargar la guitarra y Dios siguió sorprendiéndome porque fueron
los mismos hermanos indígenas - que nos acompañaron en todos los trayectos de
comunidad a comunidad - los que cargaron con la guitarra, y con las mochilas de
los peregrinos enfermos. Si la guitarra la cargamos varios y si el corazón lo
compartimos todos, entonces la Música, la gozamos todos y la paz la experimentamos todos.
Al día siguiente de haber llegado
“Santa Fe del Duraznal” fuimos a “trabajar” con algunos de los hombres de la
comunidad. Algunos fuimos a los cafetales, otros a la milpa, y otros,
simplemente a cortar un poco de mala hierba del patio de su casa. No se me
olvida el detalle de Efraín, que a sus 21 años ya es padre de cuatro niños.
Después de machetear un poco nos ofreció una rica y jugosa caña. El mismo la
cortó, la peló y la fue haciendo trocitos listos para que Jorge Maldonado, Quirino
Torres y yo los comiéramos. Laurita, su hija mayor, de unos 7 años, me
sorprendió al verla usar el machete con singular destreza para seguirnos
compartiendo los frutos de su hermoso jardín. Después nos invitaron a pasar a
su casita de madera para tomar pozol. Carmen, la esposa de Efraín, llego de la
cocina comunitaria adjunta a la capilla (donde nos preparaban la comida todos
los días a partir de las tres de la mañana) y sin descansar ni un minuto, se
puso a servirnos. La casita de madera era, en realidad, un solo cuarto, con una
sola cama de madera, sin colchón y con dos o tres petates sobre la tabla. En el
cuarto no había sillas, ni una mesa. El mueble que reinaba en ese pequeño
espacio (tal vez tres por cuatro metros) era esa cama maltrecha donde nos
invitaron a sentarnos. Debajo de la cama podían verse algunos aparejos de
labranza. Y colgado de una pared había un viejo radio de esos que había los
setentas y junto a él algunas fotos humedecidas y borrosas.
Decidimos sentamos todos en el frio
suelo de cemento donde pronto se sentó Efraín mientras cuidaba a su bebita.
Platicamos un rato de sus trabajos. Me impresionó saber que, a su corta edad,
ha trabajado en varios estados del país para levantar cosechas, ha sido
trabajador de Pemex y albañil en Cozumel y Cancún. El es uno más de los
millones de migrantes pendulares que todos los años dejan sus familias y sus
comunidades para buscar mejores oportunidades de trabajo en nuestro país. Esa
mañana, tal vez sin darnos cuenta, estuvimos en una de las fronteras humanas
más dolorosas de nuestro México, la de la pobreza y la marginación extremas.
Hoy me pongo a pensar que en el horizonte de esos cuatro hijos de Efraín y
Carmen, (de 7, 5, 3 y 1) no está la posibilidad de comer algo más que frijoles,
tortillas, pollo (muy de vez en cuando) y de beber pozol, te de limón y café
(un refresco es un gran lujo para ellos). Y lo más probable es que tampoco
tendrán la posibilidad de acceder a una educación media o superior.
Podríamos idealizar la pobreza y decir
que ellos son un ejemplo de que no se necesita mucho para ser felices. Que las
cosas materiales nos van alienando, y que ellos están muy libres ante ellas.
Pero lo cierto, es que esa pobreza (miseria) es injusta, esa marginación duele.
Y no podemos desearle a nadie esa pobreza, y mucho menos justificarla
manipulando las Bienaventuranzas. Algunas de las líneas de Adolfo Nicolás SJ
sobre las fronteras me interpelaron con fuerza. Ante la injusticia y las
ignorancias de Dios ¿Cómo estoy yo parado? ¿Cómo entro o no entro en esos
lugares geográficos o espirituales donde otros no llegan o encuentran difícil
llegar?

La última noche nos ofrecieron un baile
con un conjunto musical contratado. Las mujeres del lugar se organizaron para
poder solventar el gasto del grupo que estuvo animando la fiesta por más de
cinco horas. La mañana que nos fuimos,
como despedida, nos dedicaron el vuelo de dos enormes globos de Camboya
fabricados en papel china. Estos gestos de aprecio y buena voluntad siempre nos
acompañarán.
17 y 18 de
diciembre. Cielo nublado en “Juan Sabines”
Nunca olvidaré la disyuntiva que, entre
broma y en serio, nos hiciera Jorge antes de salir de “Santa Fe del Duraznal”.
¿Qué prefieren, reten de narcos o comunidad zapatista? ¿Qué significa esto? ¿No
hay una ruta cien por ciento segura? En ese momento ambas alternativas me parecieron
amenazadoras porque en mis esquemas las dos las estaban vinculadas con
violencia. Pero luego me pregunté, ¿Qué tipo de violencia ejercen unos y otros?
¿Los zapatistas son violentos solo por ser parte del EZLN? ¿Y si ejercen
violencia, cuáles son sus motivaciones? Nuestro peregrinar nos deparaba gran parte
de las respuestas a estas y otras preguntas. Jorge consultó –inteligentemente- con los
hombres con cargos de Santa Fe del Duraznal. Ellos hablaron tzeltal y llegaron
a un acuerdo: “Nos vamos cruzando la comunidad zapatista”.
La tarde y noche anterior a nuestra
salida de “Santa Fe del Duraznal” a “Juan Sabines” – la parte del trayecto más
complicada de todo el Mochilazo - llovió intensamente. Pensamos que las veredas
iban a estar repletas de lodo, y así fue. Varios de los peregrinos sufrimos
resbalones y una que otra caída. Cuando llegamos al fondo de una cañada para
cruzar un rio, saltando de piedra en piedra, nos sorprendimos por la belleza de
aquel paraje. Fue en ese punto donde por lo menos, dos caímos al agua al pisar
alguna piedra suelta o resbalar.
Caminamos cerca de dos horas y llegamos a reponer las
fuerzas a una huerta de cítricos. Nuestros guías ya habían hablado con los
dueños y pudimos degustar unas jugosas naranjas y limones. Las naranjas nos
supieron a “gloria” y seguimos nuestro camino agradecidos.
En “Juan Sabines” nos recibieron poco
antes de las cuatro de la tarde. El grupo de jóvenes antorchistas guadalupanos
que recién formó un coro juvenil (articulado a la red juvenil ignaciana) fue
nuestro anfitrión. Después de saludar a los santos los jóvenes nos hablaron con
mucho cariño y se presentaron uno por uno. La capilla de ladrillo de “Juan
Sabines” tiene una vista preciosa de las montañas.
El día siguiente a nuestra llegada
amaneció lloviendo y el cielo permaneció nublado, no vimos el sol. De modo que
se canceló el plan de esparcirnos por la comunidad para hacer nuestras
meditaciones. No nos quedo más que permanecer en la capilla, orando
personalmente, pero también conviviendo y conociéndonos más. Ese día comenzaron
las entrevistas de acompañamiento con los jesuitas. Me sentí pleno y confirmado
escuchando a algunos de los jóvenes peregrinos inquietos, compartiendo la vida
y resonando con sus búsquedas.
Ese mismo día por la tarde participamos
en una peregrinación guadalupana por la comunidad. Se me ocurrió ir descalzo
para no resbalar tanto en el lodo. Mala elección. Caí dos veces, me enojé
conmigo mismo (porque mi imagen fue comprometida). Pero luego fui aceptando mi
limitación, mi propio barro. Entonces me
imaginé a San Ignacio cuando caminaba por los senderos de Europa central con
muy poco, viviendo de limosnas, comiendo de lo que le daban en los pueblos, a
veces menospreciado. En esas imágenes flotaba mi mente cuando, de pronto, me vi
a mi mismo siguiendo a Jesús en los pasos de una mujer tzeltal que cargaba a su
bebe. Mi estado de ánimo pasó gradualmente del coraje y la frustración a la
aceptación y la paz. En esa experiencia pude sentir la Presencia de Dios.
El té de limón y el caldo de pollo nos
calentaron el corazón y la noche previa a nuestra despedida, Tatik Jorge
Atilano, organizó unas dinámicas para convivir con los jóvenes de la comunidad.
Los peregrinos y los jóvenes locales pudimos acercarnos y compartir nuestros
sueños, nuestra música, nuestras esperanzas. Jugamos, platicamos, reímos,
bailamos.
19 y 20 de
diciembre. “Tzu Bu Teel”. ¿Zapatismo? ¿Para qué?
El trayecto de “Juan Sabines” a “Tzu Bu
Teel” me pareció el más corto de todos. Creo que fueron como 45 minutos y casi
todo era plano. Solamente subimos una
colina verde para llegar a la capilla y encontrarnos con Marcelo. Estuvimos
acompañados de jóvenes hombres y mujeres en todo el camino.
Ya en la comunidad (autónoma) percibí
una atmosfera de paz y fraternidad. Los niños y niñas corrían felices, se nos
acercaban y querían conocernos. Marcelo, de poco mas de 30 años, quien es el
actual “principal” y maestro de los niños, fue nuestro “traductor estrella” y
siempre estuvo al tanto de nosotros.
Un día al caer el sol, se dieron cita
en la capilla –hecha toda de madera- varios de los hombres y mujeres con cargo en la comunidad: el diacono y su
esposa, el principal, el comandante, etc. Todas las bancas del lado derecho
estaban llenas de mujeres vestidas con su atuendo típico. Y en las del lado
izquierdo estábamos nosotros, los peregrinos, muy atentos. Ellos nos
compartieron desde el corazón, muchos tesoros: el modo en el que están
organizados, su cultura, sus tradiciones, la división del trabajo, la manera de
administrar la tierra (recuperada en los noventas) y sus pocos recursos
económicos. Contestaron a todas nuestras preguntas de “observadores externos”
y/o ignorantes citadinos. Entonces pude entender mejor las causas de su
Resistencia. Ellos no quieren solamente “que los dejen en paz”. Ellos sueñan
con un México mejor, y quieren que todo México tenga Paz. Su lucha no busca la
violencia – como muchas veces se nos ha hecho creer en los medios, sino la Paz
y la justicia para todos. Los que usan
el pasamontañas para ejercer violencia y cometer delitos son falsos zapatistas
y, desafortunadamente, esa es una de las estrategias de los narcotraficantes de
Chiapas y otros estados del sureste.

Las mujeres y los hombres nos
alimentaron con toda gratuidad con los frutos de la Madre Tierra y de su
trabajo. De cada hogar salían temprano una o dos mujeres con pequeñas ollas
rebosantes de frijoles. Y de ollita en ollita pudieron alimentar a los hambrientos
peregrinos que nos instalamos en la capilla durante dos días. Era curioso (y
confrontador) ver los platos de frijoles de diferente aspecto. Unos solos, unos
con chayote, otros más con hierbas, estos más claros, aquellos más oscuros. Lo mismo ocurría con las tortillas.
Contemplamos y comimos tortillas de diferentes tamaños, colores y texturas. Nuestros
hermanos nos dieron lo mejor que tenían. Todo, frijoles, tortillas, pollo y te
de limón, fue preparado con amor. De eso no tengo ninguna duda.
Una de las noches recordando las
bienvenidas y despedidas de cada comunidad, al compartir en el grupo, Gonzalo
dijo: “Somos importantes para ellos”. Eso me confrontó profundamente y estuve
reflexionando junto con otros peregrinos del grupo. Somos importantes para
estas comunidades indígenas, es verdad, nos tratan muy bien, nos reciben con
los brazos abiertos y nos dan lo mejor que tienen. Pero surgía la pregunta
¿Cómo tratamos nosotros a nuestros hermanos indígenas en las ciudades? ¿Son
ellos importantes para nosotros en nuestros lugares de origen?
21 de diciembre. Último
destino, Xitala.
Nos despedimos de “Tzu Bu Teel” y caminamos
ligeros a “Xitala”, llenos de buenos momentos. De hecho, solo hicimos un descanso. Como casi
todo era bajada, no hizo falta descansar más. Pero las aventuras no habían
terminado. Los principales de la comunidad no habían sido avisados de nuestra
llegada por lo que no tenían nada preparado para que comiéramos. Así que se
hizo una cooperación y con el dinero que se reunió pudimos comprar cuatro
pollos, pan y refresco para todos. Después de comer subimos una colina cercana
en las orillas del pueblo para hacer nuestra síntesis de la experiencia del
Mochilazo.
Creo que todos regresamos contentos y
renovados a nuestras ciudades. Con muchos deseos redescubiertos y algunos quizá
con búsquedas recomenzadas. Creo que todos sentimos que encontramos a Dios en
las historias de las personas que nos acogieron en cada comunidad. Lo que
vimos, olimos, oímos, tocamos y sentimos nos invita a cruzar juntos los puentes
de las fronteras. Nos invita a mantener el dialogo con los que sufren, a visitar
enfermos, a cultivar amistades con los pobres, conscientes de que somos capaces
de amar porque Dios nos ha amado primero.
Yo me siento muy agradecido con Dios.
Regresé confirmado en mi vocación. Animado e invitado a seguirme formando,
convencido de que amar (y ser amado) y servir vale la pena.
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