Testimonio en Misiones
Jesuitas Tatahuicapan, Veracruz
Eduardo Anaya Sanromán, S.J. Enero de 2013

Abordamos los camiones casi a las 11 de la
noche y salimos del D.F. En toda la noche sólo hicimos una parada en una
gasolinera, pasando Puebla y llegamos a la central de Acayucan a eso de las 7
de la mañana del día siguiente. Varios de los misioneros aprovecharon para
comprar sus boletos de regreso al D.F. A Tatahuicapan llegamos alrededor de las
9 de la mañana donde ya nos esperaban con un rico desayuno en una de las casas
de la cabecera municipal. Un grupo de generosas nos ofreció unas ricas
empanadas, atole, café y pan dulce. Platicamos con el P. Raúl quién nos recibió
en la parroquia y nos dio la hoja con la distribución de los misioneros en las comunidades. Rodrigo
y yo formamos los equipos y empezó a desgranarse
la mazorca. A eso de las 11 a.m. comenzó la dispersión de los misioneros en
alrededor de 15 comunidades de la parroquia. Salí con un grupo en una de las
primeras camionetas rumbo a la zona Náhuatl. A mí me tocó acompañar a los misioneros de cuatro
comunidades de esa zona que fueron Benito Juárez, Palma Real, Tecolapa y
Batajapan. Además del chofer nos acompañaba Francisco, un prenovicio de
Chihuahua que me ayudó para aclarar dudas respecto del tamaño de las
comunidades, las distancias a recorrer y las frecuencias de transporte entre
ellas. En menos de una hora repartimos a l@s 7 misioneros que me tocó
acompañar. Yo me quedé en la última comunidad con Cristina y Ana para empezar
mi ruta semanal de acompañamiento a las tres parejas de misioner@s y a
Yancidara que accedió a colaborar sola en la comunidad de Tecolapa.

Jesús (VER) y
Martín (ARG) / Lunes 17 de diciembre. “Palma
Real”.- En la mañana tuve la oportunidad de platicar
con Don Bruno, nuestro anfitrión. Me impresionaron mucho las cosas que me
contaba de su infancia, de su juventud, de sus enfermedades. Era tan difícil la
relación con su papá que decidió casarse cuando él tenía 13 años con una niña
de 12. Esa relación no duró y varios años después conoció a Doña
Feliciana. Me confió los problemas a los
que lo llevó el alcoholismo, las
aventuras y golpes que recibió de la vida hasta que sentó cabeza. Agradecía
mucho la paciencia de su esposa, quien siempre estuvo al pie del cañón cuando
él estuvo más enfermo y sin trabajar. Su testimonio era el de un Amor
incondicional, me habló de una mujer, Feliciana, quien luchó (y sigue
haciéndolo) contra viento y marea por
sacar adelante a su matrimonio y a sus hijos.

Después de platicar con él me
puse a pensar cuantos hombres y mujeres trabajan como policías en el país.
Estoy seguro de que la mayoría son personas honestas a quienes realmente les
interesa protegernos. Sin embargo, por diferentes razones las figuras del
policía y/o el militar están muy desgastadas. Es verdad que hay muchos que son
corruptos y que están coludidos con el crimen organizado. Otra razón que pienso
que ha desvirtuado su labor es la estrategia fallida de seguridad del sexenio
pasado. Entiendo que se incrementaron considerablemente los sueldos de los
policías en los últimos años y es algo que me parece justo. En principio, son
personas que arriesgan su vida por proteger a la ciudadanía y ya no cualquiera
le entra a los balazos. No podemos negar que los cárteles de la droga están
cada vez más presentes en nuestras ciudades. Lo triste es que tengamos que
tener un ejército y destinar millones y millones de pesos a su mantenimiento.
¿No sería más redituable invertir en educación, en honestidad, en campañas de
construcción de Paz? Me pregunto ¿Cuántos niños de los que conocemos quieren
ser policías o militares? ¿De dónde les viene ese deseo? La reflexión queda
abierta.
Agradecí a Gonzalo el aventón hasta Mangal y tuve mucha suerte porque al
minuto siguiente pasó una camioneta que me llevo a Palma Real. Busqué a los
misioneros en la casa donde los dejamos el día anterior pero ya no estaban ahí,
y cuando iba en camino a la nueva casa donde los estaban hospedando ellos me
interceptaron. Estaban en la casa de Emilio en la sobremesa, platicando con su
esposa y una de sus hijas que disfrutaba de unos ricos ostiones y me enseñó
como abrirlos con el cuchillo. Dimos las gracias por la comida y nos fuimos a
una posada que celebraba el fin de curso en la escuelita primaria. Conocí a dos
maestras entregadas, cuyos nombres no recuerdo, pero luego luego se ve cómo las
quieren los niños y los padres de familia de la comunidad. Acto seguido nos
pusimos a jugar con los niños. En toda la comunidad no había más de 15 niños y
niñas. Me divertí mucho jugando encantados,
escondidas y policías y ladrones.
Después
de los juegos decidimos ir a preparar la Celebración de la Palabra a la casa de
una de las hijas de Cirilo, donde los misioneros estaban hospedados. Dormían en
un cuarto con dos camas de madera con ixtle.

Después
me enteré de que Genner quedó varado en la carretera por varias horas a causa
de los bloqueos y me enteré también de que algunos misioneros del equipo de
Tatahuicapan decidieron acompañar a personas del pueblo a una de las
manifestaciones.
Aquella
tarde en Palma Real hubo un encuentro
que me confrontó notablemente. Me topé con Silviana, mujer, madre, ciega desde hace
25 años quien es una de las hijas de Cirilo. Ella está constantemente en la
oscuridad. ¿Cómo puede vivir así por tanto tiempo si varios años de su vida pudo
ver?

Por la mañana visitamos algunas
casas de la comunidad para saludar a las familias e invitar a los niños a los
juegos de las 4 pm y a los adultos a la Celebración de las 7 p.m. en la Capilla.
Me conmovió el testimonio de una de las mujeres que visitamos. Nos contó que estuvo
trabajando en Ciudad Juárez casi tres años y que se tuvo que venir porque se
embarazó, y el papá de la niña no respondió. Así que decidió volver a su tierra
y afortunadamente acá encontró una pareja, y un padre para su niñita.

Es impresionante lo que nos
enseñan las abejas. Por lo pronto, me han vuelto a enseñar (re – super -
confirmado) a no acercarme tanto a las colmenas sin protección. Quise dejarles
el traje de astronautas a los dos misioneros, Jesús y Martin, para que vieran
la operación y el interior de las colmenas. Yo me quede a distancia junto a la
camioneta. Pero valió gorro. A un parecito de abejas se les ocurrió parar en mi
bigote mientras peleaban o celebraban la vida y en menos de un segundo ya me
había picado la primera entre el labio y mi nariz. Recordé lo del olorcito que
expiden cuando pican, que hace que otras vengan al ataque, así que, patitas,
pa´que las quiero. Salí disparado hacia el camino de terracería mientras con el
sombrero espantaba a las posibles seguidoras. En la carrera la segunda me picó
en el cachete. Ni hablar. En octubre de 2011 tuve una mala experiencia con las
abejas, media docena me pico en cabeza y cara. Ahora me salió más barato. Solo
dos piquetes, pero me hubiera gustado que
me picaran una en cada mejilla, bien centrado el aguijón. Así, me
hubiera visto cachetón parejo. El piquete del bigote fue demasiado incómodo
todo ese día, estaba como anestesiado, como que no me respondía, no podía
hablar ni cantar bien, jajaja.
Regresamos del campo a la casa de Don Cirilo donde comimos. En la comida Don Cirilo nos contó que ha estado enfermo por varios años de la circulación y que ha estado tomando medicinas naturistas, pero que no acaba de sanar bien y que ya no puede trabajar como antes porque le vienen fuertes dolores. En la sobremesa cantamos algunas canciones para la familia celebrando la fe y la vida hasta que dieron las 4, hora de jugar con los niños. Jesús y Martin pusieron a los niños a colorear los dibujos de varias escenas relativas a Navidad. Conviví un rato con los niños y niñas. Recuerdo que una de las niñas había escrito un cuento buenísimo para una de sus clases de primaria y le pedimos que nos lo leyera, pero le dio pena. Quisiera haberlo copiado porque era realmente bueno. Estábamos sentados en unas tarimas de madera en las que se recargaban los niños para dibujar. En eso sentí como unos brazos me rodeaban el cuello. Una de las niñas me abrazaba estando parada sobre las tarimas. Sentí sus bracitos y sus manos en mi espalda y mi cuello. Recuerdo que sentí una gran emoción, un cariño inmenso y gratuito, el Abrazo de Dios! y lo agradecí en mi interior.



Entré
al cuarto que me proporcionaron, que es de uno de los hijos de la familia que
está en el Norte. En el cuartito sólo
había una hamaca amarrada sobre el piso de cemento pulido. Empecé a sacar mis
cosas de la mochila, las chanclas, el repelente, la pasta, la lámpara de
minero. Salí a lavarme los dientes y sentí el aire fresco corriendo sobre las
manos. Disfruté por unos segundos del cielo y regresé al cuarto. Recuerdo que
vi el reloj y todavía no eran las 10 de la noche cuando yo ya estaba listo para
acostarme. Me tomé un paracetamol para la cabeza, me unté harto repelente en los
tobillos y brazos y zzz. Afortunadamente esa noche dormí muy bien.
Olivia (MOR) y
Lucía (GTO) / Miércoles 19 de diciembre. “Batajapan”.



Me despedí de Yancidara y las chicas y fui la
capilla con Lucy y Olivia, las misioneras, para preguntarles cómo les había ido
en su comunidad. Me encontré con una inquietud y cierta incomodidad en las
misioneras por algunas actitudes del animador que era quién les daba hospedaje.
Me comunicaron que el señor no es muy abierto al diálogo, que ellas sienten que
se impone y no las deja participar o aportar algo nuevo en las celebraciones de
las posadas. Me contaron también que Olivia había estado enferma del estómago,
pero que, ya se estaba recuperando. Lucy la había estado cuidando el día
anterior. Esas dos desconocidas (una para la otra) se habían conocido muy bien
en apenas tres días de convivencia. Se les notaba su amistad y profundización,
su carácter tan diverso y, sin embargo, su mutua comprensión y colaboración. Di
gracias a Dios internamente por lo que estaba presenciando en ellas. A pesar de
las pruebas, de la enfermedad, de las carencias materiales de la comunidad, a pesar de todo Lucy y Olivia tenían una
sonrisa en su rostro, y me transmitían paz y sentido.

Se
llegó la hora de ir a la casa del animador para que las misioneras propusieran
sus ideas para la posada. Las acompañé y algo se logró. Nos reunimos en la casa
de origen, hicimos una pequeña oración antes de salir con los peregrinos y
caminamos hasta la nueva casa. Un niño y una niña llevaban las figurillas de
José y María. Mientras íbamos en
procesión uno de los jóvenes nos acompañaba con su guitarra y muchos
cantábamos. El canto que más se me quedó era aquél que dice: “Arre Caballito
vamos a Belén, a ver a María y al niño también…”
Nos
habíamos repartido algunas lecturas. Olivia me comentó que le costaba leer en
público, pero decidió ir más allá de sus límites y se animó a leer. Fue
bastante reveladora la lectura de la noche. La posada estaba dedicada a los
Jóvenes y fue una jovencita de unos 15 años quién leyó en el Evangelio cuando
María cantó el Magnificat. Lucía, la misionera rebelde, tuvo la fuerza para
mencionar a la comunidad la relevancia de apoyar a los jóvenes del pueblo. Con
prudencia y paciencia expresó lo que quería expresar y motivó a los asistentes
a reconocer el esfuerzo y las aportaciones de los jóvenes a la Iglesia y la
comunidad. Después dos jóvenes varones y Santos expresaron su sentir. El
animador hizo una buena traducción al náhuatl de lo que los jóvenes y yo
habíamos compartido (eso pienso porque se tardaba bastante jajaja). Los músicos
tocaban y cantaban muy bien. Me encantó la versión popular de la Magnífica que
compartieron. Tanto me gustó que les pedí que la volvieran a cantar hacia el
final de la Celebración. Se llegó la hora de los tamales, el ponche y el atole
y todos disfrutamos de una rica convivencia. Lucía y Olivia jugaron con los
niños y después de cenar organizaron la piñata. Me encontré sonrisas y alegría
en todos los rostros que veía, de chicos y grandes.

Llegamos
a la casa de los papás del animador, quienes eran los que prestaban el
cuarto-palapa para hospedarnos. Solo había un catre de ixtle y una hamaca así
que me tocó suelo, pero estaba tan cansado que rápido me dormí entre las
imágenes del día. Aquella noche fui testigo de cómo varios jóvenes fueron más
allá de sus límites, A la Mayor Gloria de Dios. Descansé
muchísimo.
De regreso en
Benito Juárez… Jueves 20 de diciembre.
Tomé
una camioneta de Batajapan a Pajapan y de ahí otra que me llevó a Benito
Juárez. En el camino iba tomando fotos de los hermosos y verdes parajes. Me
acuerdo que en una comunidad subió una señora con su hijo como de 8 años. El
niño estaba disfrutando el paseo, se colgó de los tubos de la estructura de la
camioneta y pronto su mamá lo regañó, pero alcancé a tomarle una foto en que
sonreía. Luego subió una chica con una bolsa llena de naranjas y se bajó en
Mangal. Es impresionante la cantidad de frutas que produce aquella región.
Llegué justo a tiempo a Benito Juárez para ir al paseo con los jóvenes de la comunidad y
las misioneras. Cristina y Ana, a quiénes bautizaron los niños como CristiAna estaban terminando de
desayunar cuando yo llegué a la casa de Doña Feliciana y Don Bruno. Me senté
afuera de la cocina en lo que acababan y mientras tanto Don Bruno negociaba la
compra de unos cangrejos con un caminante. Eran unos cangrejos negros, y
todavía algunos estaban vivos. Les tomé fotos.

Aquella mañana circulamos por un brazo de agua dulce hacia la
Laguna del Ostión (de agua salada). Ya en la Laguna los jóvenes nos animaron a
bajar de la lancha. Nadé un buen tramo en aguas poco profundas. Bajaron Cristi
y Ana y todos nos pusimos a pescar
ostiones. No tenía ni idea que así, sintiendo el lecho con los pies, es cómo se
extraen los ostiones.


Ismael
y yo cruzamos la Bocana nadando por el lado del Mar con corriente a favor.
Estuvimos un rato observando peces desde las rocas y luego regresamos por el
interior de la Laguna para evitar la corriente externa. Recordé aquella ocasión
en la Laguna de Catemaco cuando mi amigo Gilberto se andaba ahogando, yo estaba
del otro lado de la bocana, hice señas con los brazos a una lancha y,
afortunadamente, el pescador encendió el
motor de inmediato y lo salvó.

Llegó la comida, disfrutamos un rico ceviche de pescado con tostadas y con galletas saladas. Después de convivir un rato y ver que nos había sobrado bastante ceviche decidimos regresar a la zona donde vimos a los misioneros para compartirles, pero ya no estaban. Aprovechando que estábamos en la costa y con la idea de ver a los misioneros nos fuimos a Playa linda. No encontramos a los de Palma Real pero, afortunadamente sí encontramos a otro grupo de los de Tatahuicapan. Ellos disfrutaron gustosos del cevichito. Desde que llegamos a Playa linda el viento soplaba con mucha fuerza. Tanto que dolía la piel por el choque de los granos de arena. Recuerdo que el viento me voló el sombrero y tuve que correr detrás de él casi 100 metros hasta alcanzarlo!.
Arreció el norte
y nos fuimos justo cuando empezó a chispear. Me despedí de CristiAna, Chico, Ismael y Eduardo que regresarían a Benito Juárez,
y aproveché el raite hasta Pajapan con los que iban a Tatahuicapan. Llegué a
Pajapan y me di un baño a jicarazos al aire libre en medio de ventarrón, una
experiencia única. Tuve la suerte de alcanzar un taxi ya de noche que me llevó
a Tecolapa para vivir la posada. A cinco minutos de haber llegado se desató una
breve tormenta. Esperamos a que se
pasara para que más gente llegara y pudiéramos ir a la casa donde estaban los
peregrinos. Me impresionó que, a pesar de la lluvia, llegaron docenas de personas de la comunidad,
mujeres, niños y ancianos.

Luego
de los tamales, vinieron las piñatas y siguió la música. Contemplamos una
escena espectacular cuando, espontáneamente, una bolsa enorme llena de globos que se iban a
repartir entre los niños explotó por el fuerte viento y los globos volaron por
los aires mientras docenas de niños intentaban atraparlos. Antes de que el
convivio terminara me acerque a los músicos para preguntarles si me podía ir
con ellos a Batajapan. Ellos respondieron que sí. Nos fuimos en una pick up
atrás cuando bajo un poco la intensidad de la lluvia. Afortunadamente el pueblo
de Batajapan está muy cerca de Tecolapa así que no nos alcanzamos a mojar.
Llegué
directo a la casa donde todavía se celebraba la posada. Eran casi las 10 de la
noche. Ahí conocí a Adrián, uno de los servidores de la parroquia que acompaña
a grupos juveniles. Me impresionó su testimonio de vida. Hace algunos años salió
de su pueblo para buscar empleo y llegó a León, Guanajuato, donde trabajo
varios años, empezando desde abajo. Después de un largo tiempo fuera, regresó
por motivos familiares, se casó y ahora es esposo y papá de una hermosa niña.
Si quieres ver más fotos de éstas Misiones aquí está el álbum:
https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151198783051840.438188.655626839&type=3
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