“Desde
la guerra de independencia, México no construyó un país basado en sus dos
grandes tradiciones: el cristianismo y la pluralidad indígena, sino a partir de
los modelos liberales europeos y norteamericanos.
Las refinadas culturas sociales que pusieron en práctica Quiroga, en Michoacán,
fray Pedro Lorenzo de la Nada, en Chiapas (obra continuada contra corriente por
Samuel Ruiz) se desdeñaron, y en su lugar se impusieron los diseños sociales y
económicos importados de Norteamérica y de una Europa que había aceptado la
barbarie del industrialismo y del expansionismo comercial. Lentamente, México
se fue convirtiendo en un mundo donde el dinero, el desarrollo económico y el
poder fueron el fundamento de su realidad: el pillaje y la corrupción contra la
honestidad; el desarrollo industrial y su poder contra la cultura y los valores
de la vida comunitaria; el acaparamiento indiscriminado de riquezas contra la
sencillez de lo humano y sus límites; la prepotencia contra la humildad; la
demagogia contra el honor y la palabra empeñada; la competencia contra la solidaridad.
En nombre del nacionalismo, del socialismo, del
progreso, formas ideológicas en las que la barbarie del pillaje y del saqueo
encontraron su justificación moderna, México ha ido destruyendo su cultura y
sustituyéndola por el sueño bárbaro de la economía moderna: productividad,
dinero, riqueza, trabajo a destajo, diversión imbécil: <> y antros.
Hoy en día, después de la estrepitosa caída de los
gobiernos revolucionarios, la barbarie ha mostrado su rostro más crudo. Bajo la
bandera de la democracia y de la moral, nuestros gobernantes no han dejado de
parecerse a los bárbaros que derribaron; sólo que ahora en lugar de ocultarse
bajo el rostro ideológico del nacionalismo, exaltan la barbarie abiertamente y
nos hacen pasar el mercado, el mundo empresarial y el consumo, como valores absolutos,
como la palanca de la cultura moderna. La barbarie no sólo ha aplastado la
cultura (entendida como formas de entender el mundo, de compartir, de convivir,
de producir y de crear dentro de límites específicos), sino que se ha erigido
como fundamento y fin de la existencia. Para ella, lo humano y lo sagrado no
cuentan. Cuentan las abstracciones del dinero, del desarrollo y del consumo. Si
para ello hay que gravar con impuestos el alimento, las medicinas (frutos del
don de Dios y del trabajo humano), los libros (frutos de la cultura de una
nación); si para ello hay que privatizar la universidad (fruto de la
generosidad de la cultura de la cristiandad) y, semejante a un tecnológico
ponerla al servicio de los intereses económicos de las empresas y de los
ministerios; si para ello hay que hacer florecer las industrias y deteriorar el
ambiente, no importa.

Para la barbarie es el dinero, la producción y el
consumo, lo que erradicará la miseria y los males que nos aquejan. No se ha
dado cuenta de que has sido precisamente ese pensamiento el que (desde que se
corrompió la cristiandad y murió el último de sus soldados) la ha producido al
devastar los valores culturales que sostienen lo humano y su dignidad.
En realidad, no es el dinero, no es la
producción indiscriminada de la tecnología, no es la riqueza ni el consumo los
que hacen un mundo humano (fueron esos sueños los que, con otros nombres,
barbarizaron Roma, luego la cristiandad, y las destruyeron), sino la cultura,
los espacios conviviales, el reconocimiento de los límites frente a lo sagrado que
hay en el mundo, los que nos hacen humanos y trascendentes […] Cada vez que leo
el Evangelio me llama la atención, entre muchas cosas, una amarga frase de
Cristo (cito de memoria) <<¿Habrá fe cuando vuelva?>>. Viendo la
barbarie del mundo que me tocó vivir, yo me pregunto si habrá acaso una pizca
de cultura, que algún día fue hija de la fe”
(Javier Sicilia, Fragmentos
de Narcotráfico, la barbarie, en “Estamos
hasta la madre”).
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