
Primero, que no existen en nuestro país razas
puras, todos somos fruto de la mezcla de varias razas. Segundo, que esta mezcla
de razas y culturas le da una riqueza extraordinaria a nuestro México. ¡Somos
uno de los países con mayor diversidad cultural del mundo!
Tercero, que hemos de aprovechar la diversidad
como oportunidad para complementarnos y trabajar por un proyecto común de
nación. No podemos quedarnos al margen de la problemática nacional
caracterizada por la inseguridad, violencia, injusticias, desempleo,
corrupción, impunidad, pobreza, etc.
Somos un pueblo fuerte y resistente. Si nos
unimos y luchamos juntos encarnando los valores del Evangelio (compasión,
fraternidad, confianza, diálogo, solidaridad, paz, justicia, etc) podremos
dejar a nuestros hijos un futuro mejor. Pero si nos quedamos pasmados, viendo
pasar frente a nuestros ojos los terribles atropellos a los derechos humanos, y
no hacemos nada, entonces que no nos sorprenda si el día de mañana alguien de
nuestros familiares o amigos resulta afectado por la violencia o la injusticia
social.
Todo comienza en nuestros propios hogares. Es
ahí donde los niños y las niñas aprenden los valores del respeto, la
convivencia, la paz, la solidaridad, entre otros. Nunca será tarde para mejorar
en nuestras relaciones humanas. Los adultos hemos de esforzarnos para
transmitir el amor y la ternura del Padre Nuestro. La tierra pide a gritos que
la cuidemos y respetemos. Vamos trabajando en comunidad para que nuestras
colonias estén limpias y cuidemos la poca agua que nos queda.
Pidamos a Dios la gracia de que Jesús sea
nuestra inspiración en este gran reto: construir un México en donde reinen la
paz, la solidaridad, el amor, la verdad y la justicia.
Por Eduardo Anaya Sanromán, SJ.
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