
A veces, cuando vamos de
misiones, nos asalta el fervor misional y nos creemos los evangelizadores del
Reino. Cuando estaba en el noviciado el padre asistente se enojó cuando escuchó
decir a un joven misionero que llegó de experiencias en Semana Santa al rancho:
"venimos a traerles a Cristo". Cuando el padre nos explicó su enojo,
dijo que tendría que pasar mucho tiempo para que aquel joven se diera cuenta de
que, en el encuentro con los pobres, son los ellos quienes nos evangelizan a
nosotros.
“El que sirve no es más que su
Señor ni el enviado más que el que lo envía”
A veces es más fácil ayudar y
sentir que otros nos necesitan, pero no es tan fácil sentirnos necesitados de
los demás ("Tú no me lavarás a mi los pies") Cuando iba a la casa de
aquellas personas que nosotros llamamos pobres, me invitaban un plato de
comida, la mejor comida que tenían, y el resto de la familia comía de un solo
plato. Mientras comía me venían sentimientos y pensamientos como "eres un
aprovechado, porque te comes lo que podría ser para los niños", y me
sentía muy mal. No disfrutaba la comida, a pesar de que ellos me la daban de
corazón. Al final, me querían dar más, su mejor cobija, su mejor sonrisa, el
lugar más agradables y confortable de la casa, etc.
Entonces recordé las palabras de
un voluntario que alguna vez dijo a un jesuita: "es que yo quiero dar más
de lo que recibo de esta gente", y él jesuita le dijo, "nunca le vas
a ganar a Dios en generosidad". Y es que en el fondo está la imagen de que
ellos son los pobres y nosotros venimos a ayudarlos, pero solamente con un poco
de silencio en la noche, ante la vela encendida, en aquellas tierras de
misiones podemos darnos cuenta de que son ellos quienes nos evangelizan,
quienes nos ayudan a ver de otra manera las cosas. A veces necesitamos recordar
que "el enviado no es más que el que lo envía". Y que como decía San
Ignacio, "la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eternal".
¿Cuántos rostros de estos puedes nombrar, recordar y decir que son tus amigos?
Porque el mismo Jesús, fue pobre entre los pobres, uno más, tan humano, su
identidad era para los demás conocidas, un pobre de Nazareth. No fue a misionar
entre los pobres, se hizo pobre entre los pobres, vivió las condiciones de la
pobreza, la pobreza con sus virtudes y sus miserables atrocidades.
“¿Comprenden lo que acabo de
hacer con ustedes?”
Este jueves fui providencialmente
a un rancho del sur de Jalisco, me tocó asistir a la celebración del lavatorio
de los pies y la instauración de la Eucaristía. El jesuita que celebraba explicó que en
Evangelio de Juan no figura la instauración de la Eucaristía , pero sí, el
relato del lavatorio de los pies, y que éste a su vez no aparece en los otros
evangelios. ¿Por qué para Juan es más relevante este gesto que el de la cena?
No es que la cena no lo sea, lo que sucede es que es un acto que se complementa
con el otro y que están íntimamente vinculados. Cuando dice "hagan esto en
memoria mía", también está diciendo
"Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con
ustedes", es decir, lavarles los pies a los demás, ser servidores de los
otros. Hemos sido invitados a hacer y ser como nuestro Amigo, que nos llama
amigos y no siervos, a ser servidores como él lo fue.
En la celebración me tocó lavar
los pies de una anciana, de un niño y de una jovencita. Cada pie era diferente,
cada rostro era diferente, pero cada uno revelaba lo mismo, un llamado al amor
y al servicio, pero también un llamado a la humildad. La humildad en la sencillez,
en la diferencia, en la inclusión, en la sencillez de vida que llevan muchos
hermanos nuestros. Cristo sigue presente en la historia, en este mundo que
clama que seamos servidores. Eso muchas veces se nos olvida, en especial a los
que nos llamamos seminaristas, sacerdotes, catequistas, servidores de algún
ministerio, religiosos y religiosas; perdemos de vista que hemos sido llamados
a servir y no a que nos sirvan. Si Él, que siendo el Señor y el Maestro les
lavó los pies a sus discípulos, mucho más nosotros que somos sus discípulos
debemos hacerlo con los y las demás. Porque como dice San Ignacio: “el amor se
ha de poner más en las obras que en las palabras”.
También tuve la sensación de una
invitación radical: entre lo que es más agradable y lo que no lo es tanto. Me
explico, al lavar los pies de la anciana, del niño y de la joven no tuve la
misma sensación. Las cosas agradables no cuestan trabajo, pero servir donde la
situación es confrontante, donde hay poco de comodidad y más complicación, no
es tan fácil. Dice una canción "con esas condiciones, cualquiera cumple
misiones". Lavar unos pies agrietados por el polvo, con un olor y un
aspecto poco agradables a los sentidos no parece ser lo mismo que lavar unos
pies cuidados, perfumados y delicados. "Ir a donde otros no quieren",
decía San Ignacio a la
Compañía naciente, "estar en las trincheras del
mundo" decía el Papa Pablo VI, allá donde hagamos falta, porque el Señor
es más grande que nosotros, porque Quien nos envía es más grande que nuestras
flaquezas y que nuestros logros.
Una reflexión final
Un amigo me preguntó, ¿Por qué
Jesús murió si había multitudes que los amaban, si había mucha gente que lo
defendía? Le contesté, porque los que defendían a Jesús eran pobres, los
marginados, los que no figuraban, los que carecían de influencias y riquezas,
los que quedaban fuera del poder constituido. Y por el contrario, los que le
condenaba eran los mismos que se encargaban de crear las leyes, y de
ejecutarlas.

“Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”, (Jn. 13, 17)
Pascua de Resurrección, Abril de 2012
Esteban Cornejo, SJ
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