Misiones
Jesuitas Universitarias en Zongolica, Veracruz.
Semana
Santa 2012.
Por
Eduardo Anaya Sanromán, S.J.
Estoy parcialmente
mojado. Traigo el chaleco que me obsequiará David apenas hace unas semanas, con
sus bolsas de cazador o de fotoperiodista internacional, yo que sé. El café
siempre me ha gustado en las prendas de vestir y más todavía si tengo una bolsa
para la harmónica, otra para la cámara-celular, otra para el cable usb y otra
para documentos importantes doblados. Sin embargo me siento frustrado, voy
atrás de un camión con capacidad para
diez toneladas en una camioneta “estaquita” de conocida marca japonesa.
Me
acompañan Rodolfo y Edgar como escoltas del grupo grande. Vamos a la
retaguardia del convoy.
¿Por qué me siento
frustrado? Son quizá tres causas las que me más me afectan:
1) Son más de las 7 p.m., ha
oscurecido, y las personas de las comunidades a las que iremos como misioneros
nos esperan desde el medio día en la cabecera municipal, con comida especial
preparada para recibirnos. El camión de renta que nos trasladó desde México se
averió de la suspensión poco después de Rancho
Nuevo y como dimos una vuelta mal el último camión de la ruta Tezonapa – Temaxcalapa se nos pasó, sin
poder efectuar el trasbordo que habíamos planeado para llegar con poco retraso
a nuestro destino final;
2) El camino se
hace largo, todavía no empezamos a subir a la sierra y grandes nubes ya están
sobre nosotros soltando una parte de agua del golfo de México ya desalinizada. Mi
chaleco y mi gorra están mojados y mis hombros, parte de mi espalda alta y mi
“protuberante” cabellera lo resienten. Me frustra saber que mi impermeable va
en el camión rabón de adelante dentro
de mi mochila que quedó sepultada entre, por lo menos, otras treinta y tantas
mochilas – incluidas dos maletas de rueditas – (No lo entiendo, se les escribió
claramente en la convocatoria: No lleves maleta de rueditas porque vas a
subir, a escalar montañas…). Estar mojado sabiendo que traje impermeable
verdaderamente me incomoda, y
3) Voy respirando –creo yo- más del cincuenta por
ciento de las emisiones de dióxido de carbono del viejo camión que lleva al
grupo grande de misioneros delante de la camioneta pequeña en la que asciendo
la sierra de Zongolica. Tuve la intención de decirle a Don Sergio, el amable
conductor que nos transporta que nos permitiera pasarnos al camión, pero algo
me dijo que aguantará y que siguiera en la retaguardia con los valientes
Rodolfo y Edgar. Por supuesto que me arrepentí cuando empecé a recordar que hay
personas que han muerto por inhalación accidental o voluntaria de dióxido de
carbono.
Me descubro cuando baja
la intensidad de la lluvia, para estirar mi cuerpo, me vuelvo a cubrir cuando
arrecia, me agacho y me levanto casi sincronizadamente para no ser víctima de
entumecimiento. Mis rodillas ya no son las de aquellos campamentos noventeros
(Supervixi –algo extremo- y otras versiones más libres, con Viva Villa incluido y regreso salpicado-madrugador
en camioneta lechera al pueblo). No puedo estar mucho rato en cuclillas y una
parte de mi envidia a los dos jovenazos que van conmigo.
Vuelvo a mirar el camión
grande, con sus redilas chuecas y algunas llantas casi lisas y me preocupo, me
pregunto si tomamos la decisión correcta:
seguir hasta Temaxcalapa en vez de quedarnos a dormir en los salones de
la escuelita de Rancho Nuevo. En
medio de la duda y de cierta desconfianza, en una parada técnica, apenas hecho
el trato, le pregunto a Don Sergio:
- ¿Su hijo Sergio va a
manejar el camión grande?, ¿lo hace bien?
Él contesta simple y
seguro: -Sí-.
Entonces siento una cierta tranquilidad cuando una voz interior
me dice: Confía en el Padre, confía en el
Hijo. Recuerdo que su esposa nos indicó frente a la carpintería que Don Sergio iba llegando de transportar una
banda musical conduciendo casi tres horas. -Él
sabe lo que hace-, me digo a mi mismo.
No lo puedo evitar,
esta situación tan precaria de ascenso a la montaña me lleva a hacer una reflexión exprés sobre los migrantes que
todos los días cruzan varios estados de México en pos del american dream. Muchos viajan sólo con la ropa que traen
puesta, agazapados sobre en el tren,
mojados hasta el espíritu, mujeres - e incluso niños centroamericanos y
mexicanos – se lanzan a la aventura por períodos que van desde semanas hasta
meses o años, antes de cruzar la frontera norte de México, principalmente por
el desierto. A muchos se les va la vida en ello. Los recuerdo y pido a Dios por
ellos, por su salud integral.
A estas alturas, edificado por la memoria de
personas de carne y hueso que sufren y mueren ya se me ha olvidado que mi guitarra va conmigo,
postrada bajo la lona con que nos protegemos. Es una guerrera de la península
ibérica (2003) que no sabe rendirse ante incidentes climáticos adversos que he
dejado y vuelto a recuperar varias veces en los últimos años.
Pero no todo es
tristeza e indignación por la situación de los migrantes, desplazados y
refugiados en todos los continentes. Me viene a la mente Santiago, el forastero
(con pocos meses viviendo en esa comunidad) quien desinteresadamente nos acompañará
a recorrer Rancho Nuevo para
solicitar a los propietarios de camiones el servicio de transporte a
Temaxcalapa. Se confirma aquello de que nadie
es profeta en su tierra, él fue el único que se ofreció para ayudarnos a
resolver nuestra difícil situación. Lo relaciono, por su disponibilidad, con
Santiago el Mayor, el hijo de Zebedeo y Salomé, quien fuera uno de los doce. (Cómo
deseo viajar a Europa para hacer el Camino
de Santiago, una peregrinación exterior e interior que ha dado tantos
frutos a lo largo de varios siglos en cristianos y no cristianos).
Estamos parados en una
curva junto a la que cae una pequeña cascada. Sergio, el menor, se detiene y
baja del camión del siglo pasado. Al parecer, el motor se ha calentado y acude
a la fuente natural para llenar un galón y verter agua en el radiador del
motor. En eso David me grita: - Lalo, hay alguien que se siente mal acá – y
puedo presenciar otra cascada que brota de las redilas. Justo en ese momento se
detiene atrás de nosotros una camioneta blanca del siglo XXI. Sergio hace señas
para que rebase y siga adelante mientras se enfría el motor. Yo tengo una
intuición y escucho: -¿Eduardo?- contesto sí, yo soy. Se baja el chofer, es
Gerardo Zuñiga, de Orizaba, a quien no conocía en persona. Le pregunto si tiene
espacio y me dice que sí. Le pido que por favor se lleven a Jorge hasta
Temaxcalapa y Zuñiga asiente. Dios vuelve a manifestarse en nuestras vidas como
Providencia. La ambulancia llegó
justo cuando tenía que llegar.
La tensión en mi cuerpo
aumenta. Los casi cuarenta misioneros del camión han suspendido los cantos y
los bailes. Parece que nadie esperaba una subida tan lenta y unas pendientes
tan pronunciadas. Conforme subimos el frío arrecia y los ánimos disminuyen. La
lluvia se presenta intermitente. Veo piedras rocas derrumbadas a medio camino,
los dos conductores las sortean con éxito.
-Estamos en tus manos” – tu nos trajiste. Ayúdanos a llegar con bien-
exclama mi corazón.
Por fin, nuestros
esfuerzos y temores tienen recompensa. Hemos llegado a Temaxcalapa tras casi
dos horas de subida en condiciones climáticas desfavorables. El júbilo vuelve a
los rostros en el grupo de misioneros. Invitamos a las mujeres a adelantarse y resguardarse
para no mojarse más. Se organiza una cadena para bajar las maletas. Sergio
ofrece su camioneta para subirlas a la plaza principal, junto al templo
parroquial. La operación se realiza con éxito. Entro al templo que conociera
hace casi dos años tras bajar las maletas y me encuentro a varios misioneros ya
sentados a la mesa, degustando sendos platillos preparados por los
parroquianos. Me apersono con el Padre Enrique, nos conocemos, le pido una
disculpa por tanto retraso. Me dice -no
hay problema, lo bueno es que ya llegaron- y agradezco el gesto. Me siento
a la mesa y como mole con pollo, arroz y frijoles, todos estábamos hambrientos.
Lo mejor para mi es el pan dulce, las piezas pequeñas remojadas en el vaso de
chocolate que nos han compartido.
Después, se recoge la
mesa, se acomodan las bancas y comienza el rito de bienvenida. El maestro
Ignacio explica algo de las tradiciones náhuatl respecto a los recibimientos:
Somos importantes para ellos. Mujeres jóvenes y señoras nos bendicen con el
sahumerio y van tomando collares y coronas de flores perfectamente acomodadas
en unas varas para colocárnoslas en cuello y cabeza. Todo en medio de una
atmósfera de mucho respeto y devoción. En ese momento casi todos hemos liberado
mucha tensión, sin embargo, estamos muy cansados. Los que salimos del Centro
Juvenil Vocacional de México hemos viajado todo el día, poco más de doce horas.
Algunos
datos sobre las comunidades que visitamos.
La Parroquia
veracruzana de San José de la Montaña en Temaxcalapa, Zongolica, está
conformada por 24 comunidades. Los pobladores son indígenas náhuatl que se
dedican a la producción de café. Además del corte de café, también siembran
frijol y maíz para autoconsumo.
Hace dos años estuve ya en esa parte de la Sierra de
Zongolica. Solo que en aquella ocasión fue diciembre y pasé toda la semana en
Tecpanticpac, una de las comunidades más lejanas de la parroquia. Fue una gran
experiencia.
Domingo
de Ramos. Temaxcalapa-Nochitla.
Hemos dormido en el
suelo del templo. Algunos hicieron de las bancas camas. Nos levantamos
temprano. El tianguis se empieza a poner afuera, piden que movamos los
vehículos de la calle. Entrego los últimos morrales y playeras a los que me
faltaba darles. Los equipos misioneros se empiezan a ir con los hombres de las
comunidades que vinieron por ellos. Todos pasaron la noche en la cocina-comedor
de la parroquia para salir temprano el Domingo de Ramos a sus comunidades (eso
lo supe ya entrada la semana santa). Me encuentro a Pascual de Tecpanticpac y
nos abrazamos.

Comemos juntos David, Pablo, el Padre Enrique, Mary
y yo. En la sobremesa le pedimos al Padre que nos ayude a hacer un plan para
visitar las comunidades priorizando pasar los días santos en los lugares más
lejanos de los centros donde él celebraría la liturgia correspondiente. Enrique
llama a Pablo, su brazo derecho. Pablo es otro discípulo comprometido con la
misión de Temaxcalapa. Nos ayuda dibujando un mapa de las comunidades en que
están dispersos los misioneros y nos traza la ruta a seguir durante la Semana Mayor
a David y a mí. No me doy cuenta de que ha quedado fuera de nuestras rutas una
comunidad de las trece en que hay equipos de tres, cuatro y hasta cinco
misioneros: La Alianza.
Emprendo el camino hacia Nochitla. Voy fresco porque
me bañé y el sol ya ha bajado. Son casi las 6 de la tarde. Me siento tranquilo,
animado, arrancando la aventura de caminar un poco todos los días, para visitar
a los equipos misioneros. Todo es bajada hacia Nochitla. Veo el paisaje, un cielo
poco nublado, y pienso qué diferente se veía la noche anterior cuando veníamos
en el camión cañero y la camionetita bajo la lluvia.
Veo las rocas que anuncian la desviación a Nochitla,
y para asegurarme pregunto a un grupo de mujeres que van por el camino. Ellas
me confirman que esa es la entrada. De hecho, ellas van hacia la capilla y
camino junto a ellas.

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Vista del cuarto donde se quedó el equipo de Nochitla. |
Cenamos con Soco, una mujer
soltera que se dedicó a educar a su hermano menor cuando sus papas fallecieron.
Nos ofrece café y refresco para beber. Nos cocinó carne de pollo en salsa roja
y además nos pone pan dulce a la mesa. Más noche, acompaño al equipo en su
examen de consciencia ignaciano. Al terminar me parece simpático el hecho de
que le digan a los dueños del cuarto -ya pueden apagar la luz-. Esa familia, en
su pobreza, nos dejó la mitad de su casa por toda la semana santa para que
descansaran los misioneros.
Lunes
Santo. Nochitla – Tepenacaxtla.
Unos canes pelearon
durante la noche junto a nuestra puerta. Un round por hora más o menos. No fue
una buena noche para el equipo. Amanecimos atarantadones. Desayunamos muy rico
y durante la mañana vamos a visitar algunas familias de Nochitla. Nos acompañan
dos o tres jóvenes del pueblo y algunos niños. Primero vamos a una de las casas
más lejanas del templo. El señor se muestra frío al principio, pero después va
confiando, nos presenta a su esposa, a sus hijos y hasta a sus chivas.
Platicamos a gusto y nos tomamos una foto.
Me impresiona mucho una
señora que visitamos que tiene dos grandes problemas: un esposo alcohólico que
frecuentemente es violento, y también a un hijo que quedo paralítico a causa de
un accidente de tráfico en Estados Unidos hace cuatro años. Su hijo está en el norte
y ella sólo sabe que él no puede caminar, y que lo atienden en un hospital. Nos
dice que los pocos conocidos que tienen por allá le han visitado pocas veces.
La señora ha pedido ayuda a las autoridades y no ha tenido respuesta. Ella
sufre por no poder hacer nada. Ha pensado en irse de mojada, pero no tiene el
dinero suficiente. Además tiene otros hijos aquí (entre ellos una madre
soltera). Los misioneros la escuchamos con atención. Poco es lo que podemos
decirle. Pero pienso que nuestra presencia fue algo confortable para ella. Por
lo menos lloró y se desahogó con nosotros.
Me conmueve también el
caso de una joven de 16 años en silla de ruedas. No fue a la escuela porque no
había como llevarla. Pero sus papás nos hablan de su interés por aprender a
leer y escribir. Les comento que hay la posibilidad de estudiar en el sistema
abierto de educación para adultos. Si ella quiere, puede hacerlo. Es cuestión de
que lo investiguen con las personas de los programas sociales del gobierno en
turno.
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Carlos, Natalia y Cacho. Equipo de Nochitla. |
Va a ser la 1:00 p.m. y
me dijeron que a la 1:30 pasa la camioneta que baja a Tezonapa. Me despido y me
apresuro para ir por mis cosas al cuarto donde se quedan los misioneros. Dejo
la veladora recién comprada para el equipo y camino a paso veloz hasta el
crucero. A la altura de la capilla me
encuentro con un señor y un joven que ofertan colchones en una camioneta. Ya en
el crucero, aprovecho la espera y corto un palo para que sea mi bastón en el
camino. Me recuerdo a mi mismo: -tienes que decirle al de la camioneta que te
bajas en “dos caminos”-
Voy atrás sólo hasta
que un hombre gigantesco aborda el taxi pickup. Al verlo recuerdo a uno de esos
actores gigantes que salen en las películas mexicanas de acción. Ciertamente no
esperaba ver a un tipo así en comunidades indígenas náhuatl. Al poco tiempo
vamos charlando. Resulta que somos tocayos. Me dice que va a Zongolica, que
prefiere irse en la camioneta porque así solo hace tres horas y en el camión se
hacen cinco horas. Me indica que llegamos a “dos caminos” y me despido de él.
Empiezo a caminar y el
sudor empieza a correr por mi frente. Pero tengo suerte, a poco de haber
comenzado a andar pasa una camioneta roja, le pido raite y se detiene. Un
camino de hora y cuarto a pie se recorta a poco más de veinte minutos. Me baja
en la comunidad de Acticpac donde compro un agua fría. Pregunto por los
misioneros y me dicen que se quedan en una casa de la entrada. No me da tiempo
para volver hasta allá. Decido seguir mi camino a Tepenacaxtla. Empiezo a
caminar y a escasos cien metros me encuentro con unas mangueras negras de las
que usan para llevar agua a las casas y que cruzan por arriba del camino. Hay
una pequeña fuga, chorrito intermitente y unas goteras en una unión que yo
aprovecho para quitarme la cachucha y poner mi cabeza. La sensación es muy
placentera, verdaderamente refrescante. El agua corre lentamente desde mi
cráneo hasta la espalda. Un minuto o dos después me pongo la cachucha y vuelvo
a caminar.
No llevo ni tres
minutos caminando cuando pasa otra camioneta, ahora blanca. Levanto el
brazo-mano-dedo con la seña universal pidiendo raite. Se detienen y digo que
voy a Tepenacaxtla. Asienten. La pickup es doble cabina y hay un espacio atrás
pero por venir algo sudado decido subir en la batea. Pronto me empiezo a
arrepentir. Es camioneta de gobierno y los ocupantes tienen prisa. Creo que
alcanza los 70 km. por hora en tramos que difícilmente circularían otros a 40
k.m. junto al voladero. Cuando veo que la cosa va a estar intensa, me quito la
mochila de la espalda y la lanzo al centro de la batea. Me aseguro con las dos
manos, una en la tapa trasera y otra sobre la salpicadera, me acomodo esquinado para tener mayor control
de la acción, empiezo a amortiguar los saltos con las piernas y siento que mis
rodillas trabajan bien. Mi compadre no le baja de 60 k.m. pero no dejo de ser
agradecido cuando me dicen: Aquí es, ya llegamos… sobre todo agradecido con
Dios, por no habernos despeñado. Ahora sé lo que se siente ir en un rally de
montaña, en camioneta cuatro por cuatro, en la batea…
Pregunto por la casa
donde se alojan los misioneros y me dicen que camine hacia arriba. Con los dos
raites que la Providencia me acomodó
estoy llegando hora y media antes de lo planeado. Los misioneros están en la
sobremesa y llego a la casa de don Leonardo (presidente de la capilla) y esposa
Casilda, los anfitriones del equipo conformado por Priscila (Mty), Leobardo
(Xalapa), Javier (Gdl) y Aranzu (Orizaba). Doña Casilda me sirve un plato de
pollo criollo, riquísimo. El caldo me cae de perlas.
Siento que no me
esperaban, en ese día, y a esa hora (como ningún equipo de los que me tocó
visitar), pero veo en su sorpresa la alegría de verme. La misma alegría que me
siento yo al verlos. Me encuentro con un equipo muy integrado. Agradezco a
Dios. Después de comer me incorporó parcialmente a su actividad con los niños.
Parcialmente porque los acompaño hasta el lugar donde los ponen a jugar pero no
aguanto más que dos dinámicas. Los rayos del sol atraviesan la ropa y queman.
Pero estos misioneros tienen mucha pila, y parece que los niños más. Me
impresiona ver la creatividad del equipo, los juegos no se les acaban. Edgar me
pide que tome algunas fotos con su cámara profesional con zoom y toda la cosa. Me
capacita rápidamente. No sabe lo que esta haciendo. Una parte de mí quiere
decirle: no lo hagas, quítamela. Pero gana la parte voraz… jajaja. Me doy vuelo
tomando fotos.. Es una cámara genial y
le agradezco a Dios la confianza que puso en Edgar para prestármela… 50, 100,
150 fotos, no sé cuantas fueron, pero cómo me divertí congelando el tiempo
desde la sombrita.
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Cuarto del equipo de Tepenacaxtla |
Después del juego con
los niños vamos a la capilla a esperar a don Leonardo para llevarle la comunión
a una mujer mayor enferma. Caminamos hacia arriba, por veredas de tierra y, en
tramos, con escalones de piedra puestos por seres humanos. Llegamos a la casa y
todavía se siente mucho calor, aunque el sol ya ha bajado considerablemente.
Entramos y saludamos a las personas que están en la casa. Es un gran cuarto
oscuro, dividido por una pared. De un lado la cocina, del otro, la habitación.
Nos aproximamos a la cama. Una mujer está tendida sobre un petate en ella. Se
llama Basilisa. La mitad de su cuerpo está envuelta en sábanas. La escucho
decir: – Ay Dios -. Ante nuestra llegada, intenta sentarse un rato, pero no lo
consigue. Tiene muchas dificultades para respirar y pide que la vuelvan a
acostar. – Ay Dios-, repite. El ministro
Leonardo hace oración en náhuatl, luego rezamos un Padre Nuestro y le da la
comunión. Cuando vamos saliendo escucho que Basilisa nunca se casó, no tuvo
hijos, siempre vivió sola en esa casa. Nos cuentan que poco la visitaban sus
familiares y vecinos. Me conmuevo. – Ay
Dios-repite casi cada minuto que pasa, minutos que se me hacen eternos…
En la noche tenemos una
pequeña oración y el examen de consciencia mental en la capilla. Luego pasamos
al cuarto a que anoten en sus cuadernos. Al llegar al cuarto veo que me han
puesto una cama hecha de dos bancas y un petate arriba. Qué gente tan generosa
y atenta. Después de escribir compartimos cómo nos sentimos, cómo estamos, cómo
Dios se ha hecho presente en estos días. Me quedo admirado de lo que Priscila,
Javier, Edgar y Leobardo van diciendo, de cómo abren su corazón a los otros. Aranzu
ha sentido impotencia ante el dolor de la gente. Me habla de una señora que
visitaron con una llaga enorme. Quiere estudiar medicina para sanar a los que
sufren!. Quiere ser doctora para liberar!. Priscila comparte que se va dando
cuenta de lo verdaderamente importante. La vida sencilla nos hace más felices. Me
quedo muy consolado, me acuesto cansado, pero muy contento.
Martes Santo. Tepenacaxtla – Acuapa.
Temprano se oyen ruidos
fuera del cuarto, todo hecho de madera. Abajo está el garaje: el corral del
burrito. Me despierto, me siento y doy gracias, guardo silencio unos minutos.
Veo el reloj. Ya es hora, dijimos 7:30, me digo a mí mismo. Entonces hablo para levantar a los
misioneros. Aranzu responde algo, los demás nada.
Le preguntó, -¿pues qué
hora es aquí?-.
Me dice: - faltan
veinte para las siete-.
Es casi una hora antes
de lo acordado, me disculpo. El cambio de horario no ha surtido efectos en Tepenacaxtla.
Desayunamos juntos. Oramos juntos. Ibamos ya hacia
Acticpac y nos dicen que esas casas ya no son de Tepenacaxtla. Regresamos y
empezamos por la orilla. Compartimos la vida durante la mañana, visitando casas
y tienditas. Invitamos a la gente a las actividades propuestas por los
misioneros, las platicas y las celebraciones. Me alegra conocer a una sobrina
de doña Casilda, que tiene una casa bonita. Su esposo y sus hijos están en su
campo trabajando. Nos ofrece sillas para sentarnos y platicamos un rato.
Después me sorprende la actitud de disponibilidad de Maurilio (creo que así se
llama) de una tiendita de abarrotes. Nos cuenta cómo su papá estudio reparación
de televisiones por correspondencia. Nos comparte su lucha por estudiar y
superarse. Estudió la preparatoria en Zongolica con mucho sacrificio (pocos en
esa zona lo consiguen, raros son los que acaban la secundaria). Maurilio nos habló
de las problemáticas de la comunidad. Una de ellas es el agua. Nos dice que en
los meses que no llueve y se secan los nacimientos mucha gente de Tepenacaxtla
baja a Acticpac para lavar y bañarse y para acarrear agua a sus casas. Me
sorprende que en un lugar donde casi todo es verde, haga falta el agua. Y
pienso cómo estarán nuestros hermanos de los estados del norte, en los que tiene más de 18 meses sin llover, y en
donde cada vez hay menos pozos trabajando. Recuerdo la tristeza de la noticia
de los hermanos raramuris bajando de la Sierra Tarahumara de Chihuahua a los
pueblos y ciudades para pedir ayuda porque no han cosechado nada, ni pueden
sembrar. El cambio climático que hemos provocado empieza a dejar más estragos
en México. Cada año hay más carencia de agua en algunos estados, y
superabundancia en otros, en forma de huracanes e inundaciones. Es algo
dramático. Hay quienes piensan que uno de los motivos de las guerras del siglo
XXI será el agua. ¡Tenemos que hacer algo ya!
Al medio día nos avisa Casilda que fueron a pedir
que llevemos la comunión a la anciana Basilisa porque ya está en las últimas.
Leonardo está en su campo trabajando y no dejó la llave del sagrario. Entonces
decidimos ir a visitarla y hacer oración,
un rosario. Algo dentro de mí se resiste y pienso :
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Edgar, Javier, Aranzu, Priscila y Leo. Equipo de Tepenacaxtla. |
-pero si
todavía no se va a morir, esperemos a Leonardo para darle la comunión -
Entonces le pregunto a Casilda: - ¿de verdad le
dijeron que ya estaba muriendo?-
- Sí, eso me dijeron-, contesta.
Me doy cuenta
de que son más valientes las misioneras del equipo, ellas quieren ir, ellos, responder
al llamado. Yo siento miedo de volverla
a ver. Es una mujer en sus huesos, solo con la piel encima, como las que se ven
en las fotos de Auschwitz. Tomo aire y acepto. Caminamos hacia arriba, yo soy
el último de la fila. Voy pensando - ¿qué voy a hacer? ¿qué voy a decir?
Ayúdanos Señor-. Llegamos y entramos. Siento las miradas de los presentes,
familiares y vecinos. Esa mirada interrogante que te dice ¿qué vas a hacer? Los
necesitamos… Saludamos a los presentes y
pasamos junto a la cama de la anciana.
Sus sobrinas la acarician, una le hace masaje en el vientre, otra le
toma la mano y otra, la cabeza. Hablan en náhuatl, recuerdan momentos y
palabras, lloran.
Algo me impulsa y pongo mi mano sobre su frente. Le
digo cosas bellas. Que estamos ahí, que están sus familiares y amigos, que está
Dios con ella. Le pido que traduzca a una de sus sobrinas. Callo y escuchó la
poesía del náhuatl. Más lágrimas, rostros curtidos, memorias, arrepentimiento…
Comenzamos el Rosario, Aranzu lo dirige casi todo el
tiempo, Dios la hace su instrumento, los demás seguimos respondiendo las Aves
Marías. Llegan las letanías y Basilisa
ya no puede más. No puede respirar, cada vez menos. Sus pulmones trabajan a un
cuarto de su capacidad, quizá menos… Ya no dice –Ay Dios- tanto como ayer.
Nos alejamos de la cama
para dar paso a otros visitantes, nos ofrecen sillas. Hace mucho calor bajo la
lámina de la casita. Tenemos mucha sed. Afortunadamente nos llevan un refresco,
compartimos con los niños y nos lo acabamos pronto. Cantamos un rato. “Dios está aquí” y no
recuerdo que otra melodía. Basilisa
escucha, se tranquiliza gradualmente, su respiración es cada vez más lenta,
Dios se manifiesta en una cierta paz.
Pasa el tiempo pero Basilisa
no muere, no acaba de morir, solo sufre,
sufre y sufre. Creo que como yo, casi todos le rogamos a Dios desde el corazón:
Ya llévatela! Por favor! ¿Que no ves como sufre, y como sufren sus familiares
por eso, y también nosotros? Entonces recuerdo aquello de “mirar al abismo” de
mi clase de Nietzsche de hace dos o tres semanas.
Presenciar la muerte de
otro es presenciar mi propia muerte. No estamos preparados para eso. O bueno,
yo no lo estoy. Nuestra sociedad no nos prepara para eso. El hiperconsumo
disfraza de placer y poder nuestra fragilidad, perdemos de vista nuestra
humanidad, se trata de negar nuestra vulnerabilidad. Pero lo cierto es que
somos mortales, que un día vamos a morir.
Salimos afuera, a tomar
aire puro bajo la sombra de un tejado. Un niño se asoma por la ventana. Le
toman fotos. Basilisa aún vive casi muerta. Sigo enterándome de cosas de su
vida. No es tan grande, no llega a los setenta, pero tiene una apariencia de
más de noventa. Imagino su vida, su desgaste cotidiano, sus trabajos para
sobrevivir. Tiene ya tres meses postrada y semanas en agonía. Me pesa, me
entristece saber que hay personas ancianas abandonadas a su suerte. Me indigna
suponer que cuando la muerte está cercana (especialmente la de una mujer que no
tuvo hijos pero sí casa), los familiares
aparecen. Llegan también los hermanos protestantes a acompañar y a orar. Hemos
hecho lo que podíamos, decidimos irnos y nuestra hermana Basilisa muere tras
larga agonía unas horas después.
Comemos y casi al terminar llega Francisco, nos trae
más comida, un pollo en trocitos y caldo. Edgar insiste, hagamos un huequito.
Todos nos animamos, un poquito aunque sea, agradecidos. Ha llegado mi hora de
caminar y Francisco me hace favor de encaminarme. Me cuenta que estudio también
la prepa en Zongolica, que trabajó allá en algún comercio, que tiene sueños,
que le preocupa su madre enferma…
Lo despido diciendo: -Tienes muchos hermanos aquí
que pueden ver por tu madre, busca tu camino… Gracias por acompañarme hasta
aquí en el mío!

Llego a la capilla de
Acuapa y me encuentro con dos mujeres sentadas afuera, recargadas en una cabaña
de madera. Las saludo y les digo quién soy. Me dicen que los misioneros están
por allá en las casas. Pienso, -no deben estar lejos- . Dejo mis cosas en el
cuarto (curato) de la capilla. Me despido de las mujeres y empiezo a caminar ya
sin peso, fresco. Un niño se cruza conmigo en el camino, chifla y yo le chiflo.
Lo saludo y le pregunto por los misioneros. –por allá andan- me dice. Volteo y
sólo veo la espesura del bosque. ¿Qué es esto? ¿Bosque o selva? Hay encinos,
caoba, creo que pinos, pero también hay palmeras… Camino un poco más y me
encuentro con una bajante de agua natural, seguro es una cascada cuando llueve.
Está fresco, me acuesto en el cemento del aguaje junto al camino. Decido
esperar y espero que se tarden los misioneros, para descansar. Empiezo a ver
los árboles arriba de mí, el cielo, cierro los ojos. Pronto se escuchan voces.
Los reconozco a unos treinta metros con una mirada entre mis dedos y me quedo
acostado. Cecilia, Esmeralda, Aldo y Héctor vienen caminando con Benjamín, su
eterno guía. Llegan al codo del camino en que estoy y me levanto, los saludo,
están contentos, como yo.
Me cuentan a grandes
rasgos lo que han hecho, sus correrías, los horarios que han llevado.
Bendecimos y comemos el pan de los pobres, lo agradecemos. Me muestran su
suite. Es uno de los cuartos más grandes que he visto estos días. Además están
solos, tienen su propio baño y está genial! La regadera estaba semiabierta, con
una puerta de cantina en horizontal que te tapa hasta el ombligo y ellos se
idearon tapar el resto con una lona, atada de los ojillos a unos clavos. Muy
creativos, pura ingeniería mexicana!
Llegan señoras para el
rosario. Aprovecho la ocasión para tomar un baño con agua al tiempo, me relajo,
lo disfruto, lo agradezco. Llego al último misterio y los niños ya esperan que
termine para poder jugar con los misioneros. Soy testigo de una tarde
divertidísima para todos. Les pongo el juego que le copié a Edgar “parte con
parte”. A este equipo tampoco se les detiene el hamster, tienen mucha
creatividad y paciencia con los niños, especialmente Ceci.
Toco algo en la
guitarra de Héctor. Lo escucho tocar. Me comparte algo de Fray Nacho. Me gusta
alguna melodía. Hacemos juntos el examen de conciencia en la capilla. Oramos,
apuntamos y compartimos. Los escucho atento. Siento la indignación e impotencia
que sintió Héctor cuando una señora con cáncer a la que visitaron les platicó
que unos hermanos protestantes le dijeron que no se iba a sanar porque tenía
imágenes en su casa. Descubro ese sentimiento evangélico de la compasión en los
misioneros. Siento a Dios fuerte y presente en sus corazones. Vamos al cuarto
de descanso. Duermo dentro de mi
sleeping sobre un petate.
Miércoles
Santo. Acuapa – Acticpac.
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Ceci, Héctor, Esmeralda y Aldo. Equipo de Acuapa. |
Despierto y veo cómo Héctor le apunta a un ojo de Esmeralda con una lámpara para despertarla. Lo consigue. Parece que se ha convertido en rutina. Lo siento por ella. Les propongo hacer oración en el recodo donde nos encontramos ayer. Caminamos y nos sale al paso Don Abraham, un anciano de la comunidad, vestido con un pantalón de manta, una playera blanca llena de agujeros y con sombrero. Parece que ha tomado. Empieza hablando alegre pero de pronto se arquean sus cejas, su rostro refleja dolor, quizá más dolor del corazón que de su cuerpo. No lo entendemos, lo intentamos. Entonces se toca la pierna, tiene reumas, artritis… Le digo: -venga acompáñenos para hacer oración por usted-. Camina con nosotros, a paso lento.
Llegamos al recodo, nos disponemos y leemos. Me resuena mucho: “Escucha a tu propio cuerpo. Hazte consciente de lo que te dice a través de tus sensaciones de cansancio, dolor, armonía, inquietud... Escucha esas sensaciones sin rechazarlas ni razonar sobre ellas. También por medio de tu cuerpo Dios se comunica contigo”. Luego buscamos hacer silencio, pero Don Abraham lo interrumpe. Dios se hace presente y lo acogemos, lo escuchamos. Hoy nuestra oración es Don Abraham y su dolor. Toco sus rodillas. Se quita la bota y me muestra su tobillo inflamado y adolorido. Toco su tobillo, lo siento, me siente, le pido a Dios por su salud. Regresando de la oración Héctor le regala una playera de manga larga. Benjamín y su esposa nos han traído el desayuno. Bendecimos y comemos.
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Niños trepados en guayabo en Acuapa. |
Termina la celebración y nos preparamos para subir a comer a la casa de una familia en dirección a Acticpac. La esposa de Benjamín me ofrece algo de atole. Está muy rico y son fuerzas para el camino. Al caminar pasamos por lugares que no conocía, veo un buldócer abandonado junto al camino, paramos en la tienda por unos jugos. Comienza el ascenso. Hacemos un alto en una casa. Saludamos a la abuela, a la mamá, a la nieta que gatea en el suelo. Seguimos el camino y llegamos a la casa que nos dará de comer. Lo primero que veo es el café secándose en el cemento. Casi todas las casas tienen un espacio destinado a este efecto. En esos pisos planos los hombres y las mujeres lo barren, lo van cambiando de lado, para que se deshidrate totalmente y poder pasar al siguiente proceso.
Ángel es uno de los anfitriones, nos saluda, salen también su mamá, su esposa y su papá para saludarnos. Hay otro hermano muy alegre. Nos dice que ya casi está la comida. Nos sentamos en los costales, en sillas, donde sea, pero que sea bajo la sombra. Descansamos un rato.
La comida es huevo con frijoles, una mezcla diferente en cada casa. Las salsas son picantes pero soportables para mi paladar. Parece que me he vuelto más bueno para lo picante.
Después de comer decidimos subir más, hacia Acticpac. Ángel se ofrece a llevarnos por un camino más corto. Benjamín, Ceci, Aldo y Héctor me acompañan mientras que Esmeralda, adolorida de un tobillo inflamado, decide quedarse y ayuda a lavar los trastes con la familia. Los misioneros tienen la ilusión de encontrarse con el grupo de misioneros de allá para ponerse de acuerdo respecto al Jueves Santo.
El camino es pura vereda, bellísima. Todo el tiempo vamos cubiertos por el follaje de grandes árboles. Esta fresco y vamos sorteando riachuelos, cañadas, arroyos. Vamos subiendo en medio de un espectáculo natural de aire fresco, luz y sonido. Llegamos a la capilla de Acticpac, pasamos la clínica y preguntamos por los misioneros. Parece que no están cerca. En una tiendita compramos agua y jugos. Los misioneros les comparten a los hijos de Benjamín, Rafa y otro niño cuyo nombre no recuerdo ahora.
A mí me toca pasar ahí la noche, visitar al equipo. Ellos se despiden porque tienen que ir hasta lo más profundo de la cañada en Acuapan para una celebración y rosario a las 6 p.m. para las familias de allá abajo.
Llegamos a la cima en
la frontera de Alta Luz y aprecio Tepecuitlapa hacia abajo. Agradezco la bajada
y el nuevo paisaje. Se alcanza a ver la capilla hasta donde me acompaña
Guillermo. Llegamos pero los misioneros no están ahí. En el suelo, frente al
altar, veo un cartel con manos pintadas que hicieron los niños y que dice: Tepecuitlapa. La celebración
también la tienen a las 6 p.m. Me guían a la casa en donde se está quedando el
equipo. Los encuentro en un cuarto grande de madera (una cabañita) sentados con
los niños, viendo fotos y platicando. Agradezco a don Guillermo por su ayuda.
Tere, Vero y Octavio se ven contentos, integrados. Observo que todos tienen su
propia cama. Suertudos. Falta una hora para la celebración y llego en la hora
del baño. Dejo mis cosas. Veo una hamaca y la amarro más extendida para
descansar más horizontal. Empiezo ya a pegar el ojo cuando de pronto escucho,
-oiga, le habla mi papá-. ¿Quién es tu papá? – Guillermo – Una parte de mi se
resiste -¿para qué me quiere tu papá? quiero descansar!!! dice aquella voz
interna- Otra voz dice - claro que vamos, pero si él me ayudo a cargar de
subida, es lo menos que puedo hacer- . Sigo a la muchacha. – Sólo espero que no
sea algún enfermo o alguna desgracia familiar.
Camino
y parece que se acaba la comunidad, no veo a los misioneros. Un niño, Josué, es
enviado por su papá o hermano mayor a acompañarme hasta la casa donde se
hospedan. Salimos del camino y empezamos a subir por una vereda muy inclinada.
Aparezco junto a unos corrales y de pronto, se ve una planicie y una casa de
madera asentada en ella. Le agradezco a Josué su ayuda.
Sale
a mi encuentro Francisco, el presidente de la capilla, el mismo que fue por los
misioneros el Domingo a Temaxcalapa. Me siento en una banca de madera
improvisada con un tablón bajo un techo en el pórtico de la cabaña. Mi
respiración empieza a estabilizarse. Me ofrecen un vaso de agua. Conozco
también a Pablo y Felipe, los hijos de Don Francisco. Tengo apenas unos 10
minutos platicando cuando llega el equipo de misioneros conformado por Nancy,
Memo, Gerardo y Rodolfo.
Se
quitan los morrales, los sombreros, y se sientan a la sombra con nosotros. Me
indican dónde está el cuarto para que deje mis cosas. Entro y veo un espacio
amplio en la parte de atrás de la casa. En un altar está la reserva del
Santísimo. Y a la derecha varias camas de madera con petates encima, y sobre
estos los sleeping y cobijas bien doblados. Todo se ve muy ordenado en
comparación a los otros equipos que he visitado. Luego me enteraré de que son
el único equipo que comparte el cuarto con los hijos que quedan en aquella
casa, Pablo y Felipe. Pienso que es normal, solemos ser más respetuosos de un
espacio cuando lo compartimos con los anfitriones.
Regresamos
al pórtico techado. Platicamos brevemente hasta que nos llaman a la mesa, la
comida está lista. Bendecimos, comemos, charlamos y agradecemos. Todos se bañan
menos yo.
Voy
a la capilla en estado de bulto, realmente me siento cansado. Escucho unos
momentos las palabras de Nancy, y luego las de Memo, sobre la preparación para
el Triduo Santo que comenzaremos mañana. Decido salir para no cabecear en
alguna banca, tomar aire puro. Encuentro a Gerardo y a Rodolfo conversando con
los jóvenes en una sombra excelente a un costado del templo. Me siento en una
cómoda silla roja de plástico. Escucho atento.
Gerardo
les habla de que los misioneros son gente común y corriente, jóvenes que estudian
y trabajan (o las dos cosas) y que deciden dedicar la Semana Santa para
compartir la fe y la vida con comunidades en diferentes lugares del país. Veo
en ello un intento de generar en los adolescentes el interés por participar más
de cerca en las actividades de la Parroquia en particular, y de la Iglesia en
general.
Me
levanto y camino hacia la clínica y la tiendita. Recuerdo que tengo que
confirmar si David pudo contratar el camión especial que nos bajará el Domingo
próximo. Pregunto donde hay una caseta telefónica. En el primer lugar dicen que
no sirve, me mandan a otro más lejano. Es la casa de una familia que tiene una
máquina despulpadora de café. La señora es muy amable y me ayuda a marcar.
Intentamos varias ocasiones, no contestan en la parroquia. Abandono el lugar y
camino hacia la capilla. Reconozco que necesito una siesta. Me busco una sombra
y reposo un cuarto de hora tendido en un césped semiseco al lado del camino.
Pasan hombres, vehículos, niños y mujeres, yo solo levanto la mano saludando.
Me levanto y yendo hacia la capilla siento un piquete en la parte
alta-posterior de la pierna izquierda. Pienso que es una pajilla, pero de
pronto aumenta la intensidad del dolor, por si fuera otra cosa, aprieto el
pantalón. Corro a la letrina, y veo a la feliz hormiga que me pico debajo de la
nalga, ya difunta.
Entro
al templo, la liturgia ha comenzado. Veo y escucho al ministro, de porte
hitleriano. Me causa extrañeza y algo de risa interior. Se dan los avisos para
la adoración del Jueves Santo. Las familias de las casas de más lejos estarán
en adoración desde las 8 hasta las 10 p.m. y las familias de las casas más
cercanas harán el turno de 10 a 12 p.m. Al terminar el culto el ministro se me
acerca y nos presentamos. Se llama Gabino.
Nos
vamos a la casa de Francisco, el presidente de la capilla. Pablo y Felipe ven
alguna película sobre la vida de Jesús en la tele del cuarto. Platicamos un
ratito y luego les aviso que voy a descansar. Me recuesto un rato, quizá media
hora. Mantengo los ojos cerrados entre los diálogos de la película durante las
escenas que presentan a un Jesús niño que hace milagros. El sueño, aunque breve, me repara y me
levanto. Hemos estado hablando de Aguascalientes, de Orizaba, de Guadalajara,
de cómo se divierten los jóvenes hoy, de las diferencias entre ciudades.
Gerardo tiene algunos meses en Aguascalientes y piensa que los hidrocálidos son
muy tranquilos o, por lo menos, más tranquilos que los veracruzanos.
Le
pregunto cosas a Memo sobre aviación. Me responde amablemente. Nos cuenta de
una ocasión en que un piloto y él, como
copiloto, despegaron bajo una tormenta muy fuerte. Una vez que pasaron el
peligro, bajo granizo y culebrones de agua, el piloto le dijo: “No debimos
haber despegado en estas condiciones”. Vaya, por lo menos fue honesto el muy
tarugo jajaja.
Acabando de cenar Nancy, Rodolfo y yo vamos a
la caseta telefónica. Ella quiere reportarse con sus papás para que sepan que
está bien. Yo quiero comunicarme a Temaxcalapa para confirmar si David pudo
contratar el camión especial. La señal del teléfono satelital es intermitente.
Nancy batalla para comunicarse, entra la llamada pero no la escuchan. Vuelven a
intentar varias veces hasta que por fin logra hablar con sus papás, todos
quedan más tranquilos. Yo marco a la Parroquia varias veces pero nadie contesta
y decidimos regresar a la casa para descansar.
Les
propongo hacer el examen de conciencia. Lo hacemos en una superficie de
cemento, bajo una luna casi llena, en un clima fresco, estupendo. Después de
apuntar los cuatro miembros del equipo comparten aquellos momentos y
experiencias en los que han sentido a Dios más cerca desde que llegaron a las
misiones. Los tres hermanos (y la única hermana) abren el corazón, uno a uno, y
yo percibo la presencia del Espíritu en sus palabras. Después de compartir,
agradecemos.
Ya
en el gran cuarto, (donde dormimos 8) me llama la atención la barrera invisible
de raid que ponen Memo y Gerardo alrededor de sus sleepings. A ese ritmo tal
vez se hayan acabado un bote completo durante la Semana Santa. Las arañas
grandes (más que los alacranes) han sido una constante en todas las comunidades
que he visitado.
Jueves
Santo. Acticpac – Tepecuitlapa.
Hacemos una breve
oración para encomendar el día. Después de desayunar vamos a la capilla. Memo
amaneció enfermo. Tiene dolor de cabeza y algo de temperatura. Dice que ya se
tomo una pastilla y decide quedarse en la capilla. Varios hombres de la
comunidad ya están adornándola para la celebración de la tarde. Acticpac
recibirá a las comunidades de Tepenacaxtla y Acuapa en la tarde.
Se organizan dos
equipos. Gerardo y Rodolfo se van a ver unas casas lejanas que les quedaron
pendientes de visitar. Nancy yo nos vamos juntos a casas más cercanas. Primero
vamos a una donde está Irene, una de las enfermeras de la comunidad. La señora
de la casa está preparando comida. Nancy les saca plática a la madre y a la
hija. La madre nos comparte que está sola, que se ha dedicado a trabajar para
mantener y criar a sus hijos. Tiene ya muchos años yendo hasta “dos caminos” a
pie. Ella dice que hace poco más de una hora. (yo me haría tal vez dos horas).
Allá trabaja en la casa de una familia preparando comida. Dice que son
familiares suyos. Me impresiona la distancia que recorre todos los días para
subsistir. La señora nos dice que podría dormir allá, pero que no le gusta,
porque quiere regresar para ver y atender a sus hijos. Todavía tiene un hijo
como de 10 años y la muchacha que hacia el quehacer cuando llegamos. La hija
nos cuenta que estaba estudiando enfermería en Zongolica, pero que por
cuestiones económicas no pudo continuar. Su sueño ha sido truncado por la
marginación y la pobreza.
Después visitamos una
casa que está atrás de la capilla. Nos reciben muy bien y nos ofrecen agua.
Sale la mamá, la abuela, los niños. La abuelita nos comparte que tiene presión
alta, pero que gracias a Dios, ha tenido posibilidad para los medicamentos.
Unos se los manda algún familiar y otros se los da el seguro popular. Parecen
una familia “acomodada” si comparo con otras de las casas que hemos visitado en
Zongolica.
Vamos más abajo en la
ladera de la montaña. Nos acompaña un niño que ha sido uno de los guías y
traductores oficiales del equipo. Creo que se llama Pedro. Llegamos a la casa
de la otra enfermera de la comunidad. Ella también es una mujer sola. Empezamos
a platicar con ella y de pronto llega su hijo mayor. Los cuatro hablamos de la
situación de la salud en la comunidad, de la falta de oportunidades para estudiar,
de la dificultad para encontrar trabajo, de la política partidista que ha
dividido tanto a las comunidades. Nos hablan con sinceridad, nosotros los
escuchamos. Se ve que tienen confianza. Antes de partir la señora nos prepara
un rico atole. Subimos, sudando la gota gorda, de regreso a la capilla. Hago un
último intento en llamar directamente a la central de Tezonapa para ver lo del
camión. En esta ocasión tengo éxito (después de dos veces anoche y dos hoy).
Mónica, la secretaría de la Oficina del Palmar, me confirma que el camión está
contratado, que David le mandó el anticipo y que ella mando el contrato a
Temaxcalapa. Respiro, agradezco mucho a Dios porque ese tema me tenía con
pendiente. Nos vamos a la casa de Francisco y me despido de sus hijos, Pablo y
Felipe, de su esposa para emprender mi camino a la siguiente comunidad de la
ruta trazada.
Camino de bajada
alrededor de una hora. Llego al cruce de dos caminos y espero. En el lugar hay
un joven que espera que el sol baje un poco para caminar hasta su comunidad.
Platicamos poco. La espera se me hace larga. Estoy cansado así que me recuesto
en el pasto con mi mochila como almohada. Espero no quedarme dormido porque se
me pasaría el camión. Llegan otros dos peregrinos y conversan con el joven que
ya estaba. Ellos saben que yo tengo que tomar el camión que sube a Temaxcalapa,
confío en ellos, dormito algunos
minutos. Me incorporo y por fin pasa el camión Galaxy. Al subir me encuentro
con Fructuoso, uno de los choferes a quienes consultamos en Tezonapa el domingo
para discernir si el camión rentado de México subía o no a Temaxcalapa. El me
indica que tenga cuidado al caminar. Hubo un accidente, alguien devolvió el
estómago y la parte del pasillo de los primeros asientos está chorreada.
Me siento con cuidado y
veo el gesto de desagrado de la señora de al lado. Parece que fue testigo
algunos minutos antes de la acción
evacuatoria de quién sabe quién. Le digo al buen conductor que voy a Alta Luz y
le pido que me diga dónde me bajo. Llegamos a Tehuilango a una tiendita dónde
Fructuoso pide prestados una cubeta con agua y una escoba. Estaciona el camión
de modo que el agua corra hacia la puerta frontal. Me impresiona ver las
acrobacias que hace en varias ocasiones para que pasar por encima del detector
laser de la entradas y salidas de pasaje. Se hace la limpieza, una acción
oportunísima a esas horas en que el calor aprieta y los olores se elevan con
toda libertad. Barrió con cariño, viendo por el pasaje. Me siento agradecido
interiormente. Un kilómetro más arriba me dice “aquí es”. Le agradezco, bajo
cuidadosamente y siento el rayo de sol caer sin piedad sobre mi cuerpo.
Empieza mi ascenso a
Alta Luz. No tengo idea de cuánto tiempo se camina. Veo mi reloj, son las 3
p.m. y camino. Esta vez decido quitarme la camisa y cargar de manera diferente
mis pertenencias. Cuelgo la mochila de un lado del palo y la bolsa con el
sleeping y los tennis del otro lado. La playera sobre la espalda y cuello para
amortiguar el peso y a caminar. Creo que no llevo ni quince minutos así. Me doy
cuenta que es muy desgastante caminar con los brazos arriba equilibrando la
carga. Implemento un cambio. Ahora el palo va sobre un hombro y así sólo
utilizo un brazo para controlar la carga. La playera me ayuda mucho para que el
palo no caiga directo sobre el hombro. Decido que así caminaré durante el resto
de la jornada, turnando los hombros.
Empiezo por un camino
hasta que me imagino que hay alguna vereda para cortar. Sigo mi instinto y dejo
el camino olvidando aquél dicho de la sabiduría popular que reza “no dejes
camino por vereda”. Algo me dice que siguiendo la vereda llegaré más rápido a
la cima de la montaña donde está enclavada la comunidad de Alta Luz. Sigo la
vereda con un paso lento y continuo. La clave ahora es tener cuidado de que no
se columpien mucho los bultos que van
colgados del palo porque me pueden hacer perder el equilibrio y desbarrancarme
o rodar sobre la ladera. Hay que aprovechar la inercia.
Llego a un punto donde
la montaña se divide por una cañada. De un lado sigue la vereda, y por el otro
va el camino de terracería que hace un rato dejé atrás. A lo lejos, mucho más
arriba en el camino de autos se ven unos pastores. Tengo que decidir. ¿Sigo por
la vereda o regreso a la terracería? Opto por volver porque siento que si sigo por
la vereda me alejaré de la comunidad. Camino dos o tres kilómetros en ascenso
zigzagueante y llego a un punto donde se acaba el camino. Es un camino a ningún
lugar. ¡Demonios! grito internamente.
Alzo la vista y aprecio los techos de lámina de algunas casas en la cima de la
montaña, justo del otro lado de la cañada, del lado de la vereda que dejé.
Empiezo a ver lo que tendría que regresar hacia abajo para volver a subir por
la vereda y me niego. Estoy cansado y tal vez algo enojado conmigo mismo. Busco
y encuentro una vereda que sigue después del camino bordeando la montaña,
parece que más arriba se puede cruzar la cañada. Me arriesgo y afortunadamente
lo consigo. Solo que tuve que subir de más para luego bajar. Llego a Alta luz
por donde nadie llega, sorteando la cañada y cruzando un cafetal. Los perros se
encargan de advertir mi intrusión poco común. Lo tomo con calma y busco el
lugar donde podrían estar los misioneros. Subo por la vereda oficial hasta una
tienda. Me identifico, pregunto por los misioneros y me dicen: “Se fueron al
río” – “Caray, tanto esfuerzo para nada”, me digo. Pero lo tomo con filosofía.
Le pido agua al tendero quién amablemente me ofrece agua en una jarra y me da
un vaso. Me tomo tres vasos al hilo. Están ahí otros dos parroquianos. Después
de escucharme y ver cómo me hidrato casi como un camello uno de ellos comenta:
“Esa es la tierra de mi compadre Daniel (el dueño de la tienda). Preguntaba ¿quién
es ese? , pensaba que era algún bandolero, algún maleante”. Sonrió por dentro y
agradezco que no sean hombres violentos con armas de alto poder sino campesinos
generosos buscadores de paz. Luego me presento y pregunto por sus nombres. -
Guillermo Arriaga y este se llama
Alfonso– . Hay un joven de la comunidad muy cerca y le pregunto sobre los
horarios de la celebración de Jueves Santo. Me dice que los misioneros la
anunciaron a las 6 p.m. Pasan de las 4 así que decido esperar. Les platico que
mi plan era Tepecuitlapa y dormir allá, para pasar a Alta Luz mañana, pero que
estoy muy cansado y no creo poder caminar más.
Don Guillermo me anima
a seguir hasta Tepecuitlapa, como estaba previsto. Ya no falta mucho, unos
quinientos metros subiendo y luego solo bajar. Sin saberlo – o sabiéndolo -
toca esa fibra sensible del lalo-superman al que le gustan los retos físicos.
Incluso se ofrece a cargar la bolsa con mi sleeping, tennis e impermeable. Le
tomo la palabra y decido continuar. Hablo poco en el resto de la subida, mis
muslos y rodillas resienten los días que me han cargado, tanta subida y bajada.

Llego a la casa y don
Guillermo y lo encuentro a la mesa comiendo. Me presenta a su esposa y a sus
hijas. Me dan un plato con huevo y me ofrecen frijoles. Lo agradezco y me lo
como, ¡cómo no aprovechar esas tortillas!. Tras unos veinte minutos de comer y
compartir regreso a la cabaña de los misioneros y nos vamos todos a la capilla
consagrada a San Francisco. Antes de iniciar la celebración de la palabra
animamos a la comunidad con cantos. La catequista, Cristy, me indica qué cantos
se saben los niños para cantar todos juntos. Alabamos a Dios, nos divertimos
como hermanos. Los apóstoles están listos, sentados en dos bancas al frente de
la asamblea, la mayoría son niños, otros jóvenes y algún hombre adulto. Comienza
la celebración. Me llama la atención ver a Octavio con una sotana como los “ropas
negras” (jesuitas) de los siglos pasados. Siento emoción al ver a un joven laico
presidiendo una celebración de Jueves Santo en una comunidad en medio de la
Sierra de Zongolica, Veracruz. La Iglesia está en constante cambio. Afortunadamente
los laicos, hombres y mujeres, cada vez tienen más participación en diferentes
ministerios, incluso en la liturgia.
Después de las lecturas
que hacen las misioneras y una o dos chicas de la comunidad Octavio explica que
vamos a presenciar una representación del Lavatorio de pies. Tras lavar los
pies a los apóstoles, como parte de la representación, los misioneros reparten
panes a los apóstoles y un vaso con jugo de uva para hacer memoria de la última
cena. Los niños muerden su pan y se pasan el vaso uno a uno. Pan partido y
compartido. El ejemplo del servicio y del compartir ha sido fielmente
representado. Agradezco la creatividad y la disponibilidad de los niños.
Al final de la
celebración Octavio anuncia: “Aquí tenemos ésta caja llena de panes, los
compramos con el dinero que ustedes mismos aportaron. Los panes son para
repartirlos y comer juntos” Soy testigo, una vez más, de la multiplicación de
los panes. Comemos, celebramos, cantamos, nos despedimos. Aprovecho la noche
cálida para bañarme a jicarazos bajo la luna llena. Todo mi ser lo agradece.
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Octavio, Vero y Tere. Equipo de Tepecuitlapa. |
Luego Tere me dice que
tenemos dos lugares para cenar. Un aviso muy oportuno para dejar el hueco necesario
en estómago. Primero vamos a la casa de una mujer joven que nos comparte un
rico pan dulce y café. Luego volvemos a cenar juntos en la casa de Cristy, la
catequista de la comunidad (creo que todos los días comieron allí los
misioneros). Allí en la mesa están sus niños y su mamá ya anciana. Es una cena
festiva, muy agradable. Nos despedimos. Ya es tarde, estoy muy cansado y así
siento al equipo, por lo que decido no proponerles el examen de conciencia. Les
propongo hacer una oración mañana temprano para recuperar su semana. Me han
dejado una cama libre. Vero y Tere dormirán juntas en la “matrimonial” y se los
agradezco. Ya no recuerdo si la noche anterior me quede en el piso o en cama.
Agradezco un día más en
el que pude conocer a mucha gente y convivir con la comunidad. Entre sueños
escucho murmullos, Vero, Tere y Octavio se han quedado platicando. Dos o tres
horas después, mientras cambio de posición, vuelvo a escucharlos. En esta
ocasión la plática está interesante y paro oreja unos segundos (jajaja) y me vuelvo
a dormir.
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