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Altos ideales

* Por: Antonio González
www.conoZe.com
* 12.VI.2007


Hay momentos de nuestra vida en los que, por muchas y variadas circunstancias, nos brota un deseo íntimo de querer superarnos. Es algo magnífico, pues puede convertirse en el principio de una nueva vida. Y digo «puede», porque este entusiasmo por sí solo no constituye ninguna garantía de que a partir de él vayamos a tomar las cosas con más seriedad.

Cuando regresemos a nuestro hogar y volvamos a convivir con nuestros familiares; cuando nos encontremos en la rutina diaria de nuestro trabajo, puede ocurrir que continuemos siendo los mismos de antes, desganados para el trabajo, descontentos y quejándonos por todo. En estos casos, veremos que nuestro entusiasmo era vacío. Pero si nos dominamos y nos esforzamos por conducirnos amablemente con los que conviven en la casa; superamos nuestro mal humor; nos esforzamos por ser mejores compañeros, entonces ya hemos puesto a prueba nuestro verdadero entusiasmo. La realidad de la vida es la piedra que nos hace conocer el verdadero ideal, como el joyero, que cuando quiere saber si una joya es auténtica, la roza contra una piedra y por el roce conoce su valor.

En el silencio de la lectura de algún bello pasaje de un libro acerca de la humanidad, nuestro corazón a veces se entusiasma y se dice «quiero». No se sabe de momento si esa decisión es auténtica. Si uno sigue con los mismos defectos que antes, criticón, iracundo, entonces todo es como humo de paja. En cambio, si es el comienzo de una recia lucha en el corazón, contra todo lo malo, combatiendo la mentira, la pereza, como los peores enemigos de todos los días, entonces el entusiasmo es verdadero. La autenticidad de un alto ideal no se nota en las horas solemnes, sino en las pequeñas tareas de cada día. Comprometerse en abordar la realidad con elevados pensamientos significa impregnar de ese espíritu la vida diaria, en las mil ocasiones del día.

Muchas veces pensamos —y hasta lo decimos— que los hombres deberían ser más nobles, más alegres, más puros. Su vida social debería tornarse más bella, su trabajo más humano. Hay mil cosas que quisiéramos cambiar, a veces de raíz. Con frecuencia hablamos de ello, creando en nuestra fantasía un espléndido cuadro de la humanidad renovada. Con gran convicción afirmamos que todo debería cambiar... y mientras tanto, en casa descansan sobre la mesa tareas que deberían haberse hecho en el mismo momento de nuestras quejas...

Mientras la boca pronunciaba palabras altisonantes, dentro de la conciencia aparece la palabra «mentiroso», pues deberíamos cumplir primero con nuestras obligaciones inmediatas. ¡Queremos cambiar el mundo y no cumplimos con esas obligaciones! Y muy probablemente, mañana por la mañana, vuelva a ocurrir lo mismo... ¿Esto es ser serio?


¡Cuantas veces hemos escuchado que el mundo está perdido por la ambición, por el placer, por las diversiones y que deberíamos volvernos más austeros y más modestos para enseñar al mundo el verdadero camino! Hemos hablado de todo esto cuando estábamos en la abundancia y los heroicos sentimientos brotaban de nuestra alma. Por el contrario, cuando comenzaron las dificultades en casa... ¿nos hemos conformado con lo que había, con alegría? ¿nos hemos esforzado por aligerar las preocupaciones de nuestros familiares con un semblante alegre? Comprenderemos perfectamente que aquí precisamente está la diferencia. Lo primero era pura palabrería y lo segundo, algo serio.


¡Cuántas veces criticamos la mala situación en la que vivimos, pero no nos reprochamos el no haber hecho lo que se nos encomendó! ¿Podrá mejorarse el mundo, si previamente, cada uno de nosotros, no hace la parte que le corresponde, su obligación actual? ¿Qué significa entonces tomar las cosas en serio? ¿Es acaso pensar en un hombre que reclama responsabilidades para la cultura, la juventud, la humanidad y también para los habitantes de Marte, pero desatiende las obligaciones asumidas? Verdaderamente, quien pretenda tomar en serio las responsabilidades, no debería empezar por el pueblo o por la cultura, eso es pura palabrería.

Los altos ideales comienzan allí, en nuestras obligaciones primeras e inmediatas. Y siempre debemos tener en cuenta el efecto que nuestras palabras pueden producir en quienes nos escuchan. Debemos cumplir siempre a conciencia nuestras obligaciones para poder aspirar a esos altos ideales.
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