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Misiones Semana Santa San Luis de la Paz, Gto.


Testimonio de Misiones Parroquia de San Luis de la Paz 2011.

Abril de 2011

El P. Alfonso nos invitaba en la Misa de envió a ofrecer nuestra amistad a las personas de las comunidades que visitaríamos. Al final de la Semana Santa hubo convivios de despedida, las capillas llenas, muchas personas nos acompañaron hasta la Exhacienda de Jesús de donde partimos para regresar a León. Incluso hubo una persona de las que nos recibieron en sus casas que no se presentó al final por el dolor de la despedida. Hoy, ya en semana de pascua, puedo ver que los misioneros pudimos sentirnos parte de las comunidades que visitamos. Esto da cuenta de que todos supimos ofrecer nuestra amistad a personas concretas en cada una de las comunidades que nos acogieron.

Me siento agradecido con Dios y con la vida por la oportunidad de conocer jóvenes inquietos como ustedes, que tienen deseos profundos de transformar las situaciones de injusticia en el mundo.

Testimonios de generosidad.

Son muchos los testimonios de entrega amorosa de las personas que nos tocó conocer en estas misiones y no podría enumerarlos todos por cuestión de espacio. Además no recuerdo todos los nombres, pero sus rostros están aquí, en nuestros corazones…

Comenzaría compartiendo que me di cuenta de que la mayoría de los hogares en que me tocó comer eran de familias numerosas. Quizá siete de cada diez madres anfitrionas habían tenido más de diez hijos. Esto me hizo pensar en la generosidad, y en cómo aquellas personas que más han pasado dificultades para alimentar a sus hijos, que saben lo que es el hambre, son capaces de compartir lo poco que tienen con otros. Esta reflexión de entregar más cuando poco se ha tenido – y se tiene - choca con la cultura individualista posmoderna. Revienta con la ya trillada frase de “pocos hijos para darles mucho” y me hace caer en la cuenta de que no se trata de cuantas cosas materiales pueden dar los padres a los hijos, sino de cuánto amor, atención y paciencia se les ofrece. Esas experiencias en la mesa con las familias de las comunidades que nos recibieron nos remiten a la gratuidad del Reino de Dios. Cinco panes y dos peces… compartir fue suficiente para alimentarnos toda la semana.

Ex hacienda de Jesús. Nuestras anfitrionas. María Elena, encargada de capilla y catequista, y su mamá, viuda. Me queda muy grabada la imagen del día que se fue David. La señora pidió a su hija María Elena a cortar nopales y se pusieron juntas a pelarlos para que David se llevara unos a su casa. De esa comunidad también recuerdo a María de los Ángeles, a quien se le murió su esposo hace algunos años. Él estaba en silla de ruedas por un accidente que tuvo en Estados Unidos y ella lo atendió los últimos años de su vida. Ella vive sola, como cientos de mujeres de la región, a la orilla del rancho. El jueves santo nos dio de comer junto con su vecina Doña Celia.

San Antonio de las Doncellas. Toñita y Carmela, nuestras anfitrionas, madre e hija. Toñita es viuda y se las ha arreglado durante muchos años para sacar adelante a sus hijos. Nunca se me va a olvidar como nos prepararon comida en la madrugada del Domingo de Resurrección. Llegamos muertos de la celebración de Fuego Nuevo, y ellas no quisieron que nos durmiéramos con el estómago vacio.

Cómo olvidar los abrazos de José, el joven-niño con síndrome de down que siempre participó en las actividades propuestas por los misioneros. Las veces que lo vi me regaló siempre una sonrisa. Era difícil resistirse a sus abrazos. En él sentí muy fuerte la presencia de Dios en la vida.

También fuimos testigos del servicio desinteresado de Abigail, encargada de la capilla y catequista; del entusiasmo y la disciplina del coro coordinado por Rubén; de la fe y la devoción de las familias que ayudaron a construir y pintar la cruz que se puso a la entrada de la comunidad.

San Cayetano. Recuerdo a Luchis, catequista y encargada de capilla, quien heredó de una hermana que murió muy joven su dinamismo apostólico y ha servido en la Iglesia desde los 15 años. Siempre estuvo al pendiente del equipo de misioneros. También los anfitriones Lucha y Lucho, personas muy generosas.

Tenemos a Doña Romalda de 81 años, quien durante muchos años ha dado de comer a los seminaristas, sacerdotes, danzantes. Nos ofreció en la cena unas ricas gorditas y pasamos muy buen rato mientras Juan, su esposo, nos platicaba algunas anécdotas y ella lo contradecía hablándonos quedito a los que estábamos cerca de ella.

La Norita. María Luisa, también viuda. Una mujer siempre atenta. Una familia siempre dispuesta a ofrecer un vaso de agua a quien viniera a pedirlo. No olvidaré el Rosario de Aurora, la profunda devoción de los señores cantando, la luna llena alumbrándonos el camino, la mañana fresca…

La Loma. Lety, mujer servicial y entrona que se hace cargo de los hijos, de la casa, de los animales… Me acuerdo que la primera vez que fui con Fer llegamos y conocí a Chris, ese pequeño niño cantor con cara de travieso al que seguimos con nuestras cámaras y lo grabamos tanto por su simpatía (Rubén, ¿ya lo pusiste en you tube?).

Me sentí confirmado por Dios en mi vocación cuando propuse una pequeña contemplación y pude ver a los jóvenes reunidos en la capilla, en silencio, ojos cerrados, respirando, en oración. Satisfecho al escuchar “Enciende una luz” al final de la oración.

Me alegré con la alegría de Misael y Brenda viendo a Rubén y Mónica tocando su teclado. Me conmoví con el poema “Estrella verde” que nos leyó Renata aquella noche de luna llena cuando hacíamos la recuperación en la azotea.

El Rosalito. Tengo el recuerdo de Vidal, rostro de inocencia, quien acompañó cuido y atendió al equipo de misioneros. La familia anfitriona, increíble. La hija de Lety y Carlos su esposo, que nos invitaron a cenar a Fer, Eloy y a mí la noche de la procesión del silencio. Tampoco olvido la comida del día siguiente con los esposos (Rafael y… se me olvidó) que celebraron 51 años de matrimonio.

Las Negritas. Tengo la memoria agridulce de Teresa, la jovencita con su bebé de tres meses en brazos, quien caminaba del Vergel hacia Las Negritas y le dimos “raite”. Nos contó que su esposo estaba preso en Estados Unidos porque lo volvió a agarrar la migra. Lo sentenciaron a seis meses y apenas van tres. Admiro su fortaleza. Teresa me hizo partícipe, quizá sin darse cuenta, de esa esperanza en medio de la ausencia y la incertidumbre. Esperemos que su esposo pueda regresar con bien.

Recuerdo la celebración del jueves Santo en que las madres les lavaron los pies a sus hijos, los hijos a sus madres, las abuelas a los nietos, ellos a sus abuelas, los misioneros a los misioneros… Conservo también la imagen de los niños haciendo manualidades en la cancha, pegando las figuritas de cereal en los palitos de madera, haciendo sus cruces.

Los Crucificados – Resucitados de nuestra Semana Santa.

Después de este breve recuento no podemos dejar de reconocer el papel de la Mujer en nuestra Iglesia: Catequistas, ministros de la Eucaristía, las que visitan enfermos, las que animan las celebraciones en los coros, etc.

Ellas, como las viuda del Evangelio que dio dos moneditas… nos dieron todo lo que tenían. Las pobres, las abandonadas, como la viuda de Sarepta que alimento al profeta Elías (1 Reyes 17), nos alimentaron, porque vieron en nosotros la presencia de Dios. Pidamos para que a ellas tampoco se les acabe el aceite y la harina para seguir alimentando a sus hijos.

Los pastores, hombres, mujeres y niños que trabajan cuidando sus pequeños rebaños. Recordemos el calor, la vegetación de la región. Es admirable lo que hacen por amor.

No me gustaría terminar estas líneas sin reconocer el testimonio evangélico de tantos misioner@s alegres y comprometidos. Creo que escuchar fue su mayor aportación a la misión. Escuchar a ésta gente que tanta necesidad tiene de ser escuchada. Ustedes, tal vez sin darse cuenta, han hecho una gran diferencia en sus vidas. Yo fui testigo de sus miradas compasivas y prudentes. Fui testigo de cómo a pesar de los frecuentes trastornos digestivos salieron al quite, salieron al encuentro de los otros y otras. Vi los rostros emocionados de los niños cuando jugaban con ellos, cuando los abrazaban. Dios nos confirma que nuestra presencia no ha sido indiferente para estos hermanos y hermanas de la parroquia de San Luis de la Paz.

El don de la Amistad.

Agradezco a María Fernanda Arias y a David Herrerías la invitación y la oportunidad de haber pasado con ustedes la Semana Santa entre nuestro pueblo pobre, entre los que se parten el alma para alimentar a los suyos, para alimentarnos a nosotros… Gracias también a Eloy que nos acompañó y manejó muchos kilómetros en las visitas a los equipos.

Muchos ya habíamos ido de misiones pero nunca son iguales. Y los que no habían ido antes ahora ya saben a qué sabe el pan de los pobres. El regreso a León, a nuestras responsabilidades no ha de ser obstáculo para seguir en misión. Jesús Resucitado les dijo a las mujeres: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»” (Mt 28, 10). Jesús sigue presente en nuestras vidas pero necesita de personas que ayuden a otros a descubrirlo. Confío en que ustedes son ese tipo de personas que aman, que luchan por los otros. En León está su Galilea, allí pueden ser “fuego que encienda otros fuegos”. Ese “Vayan a Galilea… allí me verán” es la invitación que Dios nos hace a continuar en el seguimiento de Jesús pobre y humilde, crucificado en tantas personas de nuestra ciudad, de nuestra colonia, de nuestra cuadra.

Comunidades golpeadas por la pobreza, migración, falta de agua, inseguridad.

En nuestra recuperación final se desató un pequeño debate en relación al fenómeno de la migración. Algunos pensaban que era bueno que hubiera hombres trabajando en el norte porque de otra manera sus familias no podrían tener el nivel de vida que tienen aquí en México. Un nivel de vida más bien bajo (salvo contadas excepciones), pero que sería más bajo si no contaran con las remesas de Estados Unidos. Otros pensaban que es una tragedia que los niños tengan que crecer sin padres, y que no puedan verlos. Se inclinaban a pensar que quizá sería mejor que comieran frijoles y tortillas pero que estuvieran con sus hijos para crecer.

No sabría decir qué es lo mejor para las familias de esas comunidades. Supongo que cada familia tiene sus propias necesidades. Por un lado creo que a los niños si les hace mucha falta la figura paterna, pero por otro, veo que con las condiciones laborales regionales (maquiladoras textiles y de calzado que pagan $650.00 a la semana y jornada de trabajo en el campo en que se paga el salario mínimo $56.70 o un poco más) los padres de familia no pueden proveer de lo mínimo necesario para una vida digna a sus familias. Con estos niveles de ingresos es imposible proporcionar alimento, vestido, salud, educación y descanso ni siquiera a una familia de tres miembros.

Además las comunidades también tienen problemas de salud: “A los niños se les caen los dientes a pedazos”, dijo Renata. Hay niños que no han cumplido los 10 años y ya perdieron varios dientes por falta de tratamiento adecuado. Al parecer es un problema originado por la alta concentración de sales minerales en el agua.

Creo que desde la Ibero León podrían seguir reflexionando sobre los problemas sociales y económicos que aquejan a las comunidades que conocimos. ¿Qué es lo que ha llevado a todas estas familias a vivir en esas condiciones? ¿Qué va a pasar con el problema del agua? Y ojalá que se pudieran aterrizar sus reflexiones en algún proyecto subsidiario o solidario, educativo o productivo, que genere mejores condiciones de vida para los habitantes de la región de San Luis de la Paz.

Hermanos y hermanas, Muchas gracias por todo. Seguimos en camino y los esperamos en el ENJUVI acá en Guadalajara.

Eduardo Anaya Sanromán, S.I.

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