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“HAGAN LO MISMO QUE YO HICE CON USTEDES”


Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor,     ni el enviado más grande que el que lo envía. (Jn. 13, 13-16)

A veces, cuando vamos de misiones, nos asalta el fervor misional y nos creemos los evangelizadores del Reino. Cuando estaba en el noviciado el padre asistente se enojó cuando escuchó decir a un joven misionero que llegó de experiencias en Semana Santa al rancho: "venimos a traerles a Cristo". Cuando el padre nos explicó su enojo, dijo que tendría que pasar mucho tiempo para que aquel joven se diera cuenta de que, en el encuentro con los pobres, son los ellos quienes nos evangelizan a nosotros.

“El que sirve no es más que su Señor ni el enviado más que el que lo envía”

A veces es más fácil ayudar y sentir que otros nos necesitan, pero no es tan fácil sentirnos necesitados de los demás ("Tú no me lavarás a mi los pies") Cuando iba a la casa de aquellas personas que nosotros llamamos pobres, me invitaban un plato de comida, la mejor comida que tenían, y el resto de la familia comía de un solo plato. Mientras comía me venían sentimientos y pensamientos como "eres un aprovechado, porque te comes lo que podría ser para los niños", y me sentía muy mal. No disfrutaba la comida, a pesar de que ellos me la daban de corazón. Al final, me querían dar más, su mejor cobija, su mejor sonrisa, el lugar más agradables y confortable de la casa, etc.

Entonces recordé las palabras de un voluntario que alguna vez dijo a un jesuita: "es que yo quiero dar más de lo que recibo de esta gente", y él jesuita le dijo, "nunca le vas a ganar a Dios en generosidad". Y es que en el fondo está la imagen de que ellos son los pobres y nosotros venimos a ayudarlos, pero solamente con un poco de silencio en la noche, ante la vela encendida, en aquellas tierras de misiones podemos darnos cuenta de que son ellos quienes nos evangelizan, quienes nos ayudan a ver de otra manera las cosas. A veces necesitamos recordar que "el enviado no es más que el que lo envía". Y que como decía San Ignacio, "la amistad con los pobres nos hace amigos del Rey Eternal". ¿Cuántos rostros de estos puedes nombrar, recordar y decir que son tus amigos? Porque el mismo Jesús, fue pobre entre los pobres, uno más, tan humano, su identidad era para los demás conocidas, un pobre de Nazareth. No fue a misionar entre los pobres, se hizo pobre entre los pobres, vivió las condiciones de la pobreza, la pobreza con sus virtudes y sus miserables atrocidades.

“¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?”

Este jueves fui providencialmente a un rancho del sur de Jalisco, me tocó asistir a la celebración del lavatorio de los pies y la instauración de la Eucaristía. El jesuita que celebraba explicó que en Evangelio de Juan no figura la instauración de la Eucaristía, pero sí, el relato del lavatorio de los pies, y que éste a su vez no aparece en los otros evangelios. ¿Por qué para Juan es más relevante este gesto que el de la cena? No es que la cena no lo sea, lo que sucede es que es un acto que se complementa con el otro y que están íntimamente vinculados. Cuando dice "hagan esto en memoria mía", también está diciendo  "Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes", es decir, lavarles los pies a los demás, ser servidores de los otros. Hemos sido invitados a hacer y ser como nuestro Amigo, que nos llama amigos y no siervos, a ser servidores como él lo fue.
En la celebración me tocó lavar los pies de una anciana, de un niño y de una jovencita. Cada pie era diferente, cada rostro era diferente, pero cada uno revelaba lo mismo, un llamado al amor y al servicio, pero también un llamado a la humildad. La humildad en la sencillez, en la diferencia, en la inclusión, en la sencillez de vida que llevan muchos hermanos nuestros. Cristo sigue presente en la historia, en este mundo que clama que seamos servidores. Eso muchas veces se nos olvida, en especial a los que nos llamamos seminaristas, sacerdotes, catequistas, servidores de algún ministerio, religiosos y religiosas; perdemos de vista que hemos sido llamados a servir y no a que nos sirvan. Si Él, que siendo el Señor y el Maestro les lavó los pies a sus discípulos, mucho más nosotros que somos sus discípulos debemos hacerlo con los y las demás. Porque como dice San Ignacio: “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”.

También tuve la sensación de una invitación radical: entre lo que es más agradable y lo que no lo es tanto. Me explico, al lavar los pies de la anciana, del niño y de la joven no tuve la misma sensación. Las cosas agradables no cuestan trabajo, pero servir donde la situación es confrontante, donde hay poco de comodidad y más complicación, no es tan fácil. Dice una canción "con esas condiciones, cualquiera cumple misiones". Lavar unos pies agrietados por el polvo, con un olor y un aspecto poco agradables a los sentidos no parece ser lo mismo que lavar unos pies cuidados, perfumados y delicados. "Ir a donde otros no quieren", decía San Ignacio a la Compañía naciente, "estar en las trincheras del mundo" decía el Papa Pablo VI, allá donde hagamos falta, porque el Señor es más grande que nosotros, porque Quien nos envía es más grande que nuestras flaquezas y que nuestros logros.

Una reflexión final

Un amigo me preguntó, ¿Por qué Jesús murió si había multitudes que los amaban, si había mucha gente que lo defendía? Le contesté, porque los que defendían a Jesús eran pobres, los marginados, los que no figuraban, los que carecían de influencias y riquezas, los que quedaban fuera del poder constituido. Y por el contrario, los que le condenaba eran los mismos que se encargaban de crear las leyes, y de ejecutarlas.

Pero es allí donde se encuentran las heridas sociales donde encontramos la vida, porque “sus heridas nos han curado”, nos han devuelto la vida. El mundo tal cual lo conocemos y hemos conocido nos da testimonio de que la forma en que organizamos el mundo, el mercado, la sociedad, el gobierno y nuestro anhelo de bienestar, excluye a muchos y los deja en la orilla, allí donde Jesús vivió y murió, pero donde también Resucito. Por eso, cada vez que escuches “hagan esto en memoria mía”, recuerda que además de la Eucaristía, también se está refiriendo a la inclusión social, a visitar al enfermo, a ayudar a la viuda y al huérfano, a construir un mundo donde todos y todas podamos vivir de manera digna.
“Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican”, (Jn. 13, 17)




Pascua de Resurrección, Abril de 2012
Esteban Cornejo, SJ
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