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El Reino de Dios y los lugares teológicos de Gesché

     “La vida del hombre es un laberinto,   un recorrido en el que se busca y en el que Dios también le busca” (A. Gesché)

4 de octubre de 2016
Fiesta de San Francisco de Asís


Por Eduardo Anaya Sanromán SJ



1. Introducción.

El Reino de Dios es un término que se puede entender tanto desde la inmanencia como desde la trascendencia. Sin embargo, con  mucha más frecuencia, los fieles cristianos asocian el término Reino de Dios a las verdades trascendentes, al “juicio final” o la “vida eterna”, por poner dos ejemplos. Este contenido o significante exclusivamente trascendente es consecuencia de una catequesis tradicionalista que, desde mi punto de vista, sigue siendo la más presente en la Iglesia católica.

En la obra intitulada El sentido”, Adolphe Gesché elabora importantes reflexiones sobre la teología (cristiana) como fuente posibilitadora de sentido. De acuerdo a Gesché, la búsqueda y la experiencia de sentido es algo constitutivo del ser humano. De hecho, no se necesita de Dios ni de pensar en verdades trascendentes para afirmar que la persona humana está en busca de sentido. “El sentido posee su autonomía y no tiene necesidad de la sanción de Dios para revelarse como valioso”[1]

Para Gesché una buena teología está basada en una buena antropología. Los lugares de sentido que, a la luz de la teología, trata el citado autor son: 1) La libertad como invención y creación, 2) La identidad como confrontación con Dios, 3) Un destino que se da, 4) La esperanza como sabiduría y 5) El imaginario como fiesta del sentido.

Me parece que las reflexiones de Gesché, fundamentadas en una sana y realista antropología,  son bastante pertinentes para iluminar  los contenidos del término y la realidad del Reino de Dios tanto en el plano de la inmanencia como en el de la trascendencia.  Por tanto, siendo cristiano-católico, voy a reflexionar sobre las formas en que se me ha hecho presente la experiencia y la comprensión del Reino de Dios en diálogo con los lugares de sentido (en su carácter teológico) analizados por Gesché.

Antes de establecer las vinculaciones que encuentro entre los lugares de sentido referidos por Gesché y mi experiencia teológica del Reino de Dios es preciso aproximarnos a la realidad que contiene el término Reino de Dios.[2]

“El <> o la <> es el tema central del evangelio de Jesús […] es el objetivo y sentido último de la vida y pasión de Jesús”.[3]

Trabajar por el Reino de Dios significa reconocer y favorecer el dinamismo que está presente en la historia humana y la transforma, buscando la liberación del mal en todas sus formas y consecuencias. El reino de Dios, en este sentido, es la clara manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud […] No es un concepto [] si no es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazareth, imagen de Dios invisible.[4]

            El Reino de Dios es el  proyecto tanto del Jesús histórico como del Cristo de la fe (Jesucristo). Se trata de un proyecto que brota del Corazón del Padre, se encarna en el Hijo-crucificado-resucitado y se perpetúa en la humanidad (Eclesia) por la fuerza del Espíritu Santo. “<>” (Pablo VI, Evangelii nuntiandi).[5] A nosotros nos toca acogerlo y hacerlo nuestro en forma activa y práctica.[6]

2. Los lugares del sentido a la luz de la teología en relación a mi experiencia del Reino de Dios.

En mi caminar como cristiano he podido ser testigo de múltiples experiencias de Reino. A continuación intento dar cuenta de la relación de estas experiencias de fe en relación con los lugares del sentido a la luz de la teología que apunta Gesché.

2.1.-Libertad como invención y creación.

Gesché considera que la libertad define al ser humano frente a todas las otras realidades de este mundo.[7] No se trata de una “libertad de” sino de una “libertad para”. Hablamos aquí de una libertad para decidir la propia vida en función del Reino de Dios, en todo tiempo y lugar. Pienso que esta libertad para se manifiesta especialmente en tiempos de crisis personal o comunitaria, cuando optamos por continuar en el seguimiento de Jesús, a pesar de todos y de todo.
En efecto, la libertad es algo que se debe conquistar porque “la libertad se eleva a partir de la existencia. El hombre es un ser que debe hacer que su libertad exista”[8]. De modo que Dios tiene las manos atadas ante nuestra libertad ya que  “el vínculo que me une con mi creador no puede ser el de una marioneta a merced del manipulador”.[9]

La invención y la creación han de tender hacia una libertad liberadora que se concreta en acciones de amor y servicio basados en la compasión, la solidaridad el perdón, entre otros valores evangélicos. Para la persona creyente, “una fe sin obras, es una fe muerta”. No se puede ser cristiano si en nuestra vida cotidiana no realizamos acciones compasivas con nuestro prójimo. Son los hechos, y no las palabras, lo que puede hacernos memoria viva de Jesús.

Como ejemplo de un “destino que se da” comparto mi experiencia de encuentro con Dios en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y mi ingreso a la Compañía de Jesús. Ha sido mi determinación por la vida consagrada en este instituto lo que me ha permitido enriquecer mi vida al conocer y acercarme al discernimiento espiritual como medio de aprendizaje para ganar libertad para “en todo amar y servir”. Y de este modo siento que me doy un destino esperanzado mientras aporto desde lo que soy y lo que tengo a la instauración del Reino.

2.2.-Identidad como confrontación con Dios.

            Dios es Otrolibre y diferente.  Aquí me doy cuenta de que soy un ser separado, y que la distancia entre yo y Dios es infranqueable, que mis anhelos de fusión han sido sólo una ilusión y que un componente normal y básico de la condición humana es la soledad del corazón. Sólo siendo ante todo quien él es, y no aquel que yo quiero que sea, Dios podrá ser para mí un <> cuya identidad, cuyo nombre, me resulta necesario para poder comprenderme a mí mismo”[10]
2.2.1.- Identidad personal.

“Si quieres conocerte fíjate en el Niño. La antropología nace del conocimiento de Dios más que del conocimiento directo del mismo hombre. Conociendo al Niño empezarás a conocerte a ti mismo y a los demás hombres”.
(Karl Rahner)
Nuestra biografía y nuestra corporalidad son elementos centrales de la identidad personal. Pero hay otro elemento fundamental que nos hace ser quienes somos: la alteridad.  Según el epígrafe de marras, sólo podemos conocernos a nosotros mismos (humanizarnos) ante la humanidad de Jesús-Niño.  Gesché en la misma línea piensa que hallamos nuestra identidad a través del Otro, que es distinto de nosotros mismos”[11].

Dios me pide que sea yo mismo, y que desde mi ser más autentico decida seguir a su Hijo. En mis afanes de grandeza y deseos de aparecer no puede estar presente el Espíritu de Dios. Jesús me ha venido enseñando, sobre todo a través de su vida oculta, que la humildad, la sencillez en las relaciones y en las actividades cotidianas nos hacen más humanos y hermanos, hijos del mismo Padre. “La humildad es la verdad”, decía Teresa de Ávila. Y mi verdad es que soy criatura, soy pecador… pero  llamado, invitado a seguir a Jesús. Podemos confiar en que no estamos solos en esta vida porque “no duerme ni reposa el guardián de Israel” (Salmo 121,4).


2.2.2.- Identidad comunitaria.

Gesché se remite a Levinas y Ricoeur para mostrar que el otro (alter, eteros) no es un enemigo o un intruso. El otro es “aquél que por su misma alteridad me llama, me convoca y de esa forma me hace salir del encerramiento de mí mismo”[12]. Salir de uno mismo es esencial para crecer en el conocimiento de uno mismo y de Dios. Nuestro crecimiento espiritual está mediado por el prójimo (Nadie se salva solo).

Una motivación de mi alternativa por la vida religiosa fue la de salvar almas. Quería ayudar a todas las personas pobres, pero desde arriba, de un modo paternalista-asistencialista. Esa  fue y es sin duda, una motivación narcicista. Afortunadamente tuve la oportunidad de vivir mi experiencia como prenovicio en el estado de Tabasco, conociendo a las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), que me enseñaron que no soy el salvador del mundo, ni puedo pretender serlo; que si otro es pobre, enfermo, preso, analfabeta, migrante, inculto, adicto… antes que nada es persona y necesita ser tratada como tal.  Jesús nos invita a todos a tratar a los demás como hermanos,  horizontalmente, y no como si  estuviéramos en una posición superior. Estoy agradecido porque Dios me concedió la gracia de experimentar la amistad de aquellas gentes sencillas del pueblo de Tabasco. Allá pude experimentar nuestra identidad colectiva, nuestro ser Pueblo de Dios. La vida en comunidad es uno de los criterios principales para afirmar que el Reino de Dios ya está aquí.

2.3.- El destino que se da.

Algunos hemos sido testigos de cómo algunas personas perciben el destino como una fatalidad (determinismo), como si Dios nos impusiera un futuro ineludible (en términos de desgracia y sufrimientos). Gesché dirá que el hombre quiere darse un destino: este propósito no es demasiado grande ni ampuloso, pues significa que desea alcanzar un sentido propio, elevándose así en contra de un destino que le estuviera fijado de antemano”.[13]

Es verdad que hay personas con una gran negatividad, que no se consideran dignas de ser amadas por nadie porque, en el fondo, no se aman a sí mismas en su imperfección. Que nadie se sienta diferente o fuerte de autoestima porque ninguno de nosotros está exento de pasar por esta experiencia crítica.  El hecho es que nadie nos puede forzar a amarnos a nosotros mismos, ni siquiera Dios. Es lamentable que muchas personas podemos perder años enteros de nuestra vida enredados en pensamientos que nos alejan de Dios y de los hermanos. De ahí la relevancia del cultivo de la vida interior. En efecto, la oración  (contemplación) es fundamental para darnos un destino con sentido en medio de un mundo roto.

De cara a nuestra expectativa de felicidad, el mejor destino que podemos darnos es el de vivir los valores del Evangelio de Jesús para instaurar el Reino aquí y ahora. No hace falta esperar la muerte para ir al reino de los cielos. El cielo y el infierno comienzan aquí en la tierra.


2.4.- La Esperanza como sabiduría.

            Todos hemos tenido alguna crisis de esperanza. Durante mi experiencia de apostolado con jóvenes en Chalco me sentí tentado, en más de alguna ocasión a dejar ese servicio. No se estaban logrando los resultados que yo esperaba y tampoco sentía que estuviera satisfaciendo las expectativas que otros tenían de mí. Por fortuna, decidí continuar cercano a los jóvenes más allegados a la parroquia y al final me llené de agradecimiento por todo lo que aprendí de ellos y por lo que les pude compartir. Recibí el don de la paciencia, y lo acompañé con mi temperamento y mi mejor intención.
            Entonces experimenté que “[...]la esperanza sólo puede venirme del otro y no de mi acción de anticipar el futuro. Si me encierro en mí mismo no tengo la posibilidad de recomenzar, ni de sentirme perdonado, ni de esperar. Ni siquiera puedo prometer o engendrar una nueva vida”[14]
En este orden de ideas, Gesché nos advierte que

la esperanza no se da en la impaciencia, ni tampoco en la sobredosis profética. En tales casos sucede que la misma profecía, que debía ser portadora de esperanza y cuya gran responsabilidad ella soporta, termina agotándose a causa de su impaciencia, cansando así a la esperanza. La impaciencia aparece entonces como el riesgo  de un profetismo demasiado seguro de sí mismo y demasiado intempestivo. La impaciencia puede hacer que la esperanza desfallezca, privándola de toda alteridad, haciendo que se curve y se cierre en sí misma.[15]  

La esperanza está íntimamente relacionada al Reino de Dios que ya está aquí, pero todavía no. El Reino ya está entre nosotros, pero todavía es posible ver las consecuencias del mal en todas las sociedades de nuestro mundo, por lo que el Reino no acaba de llegar. Tenemos que seguir luchando para combatir las raíces del mal, avanzando hacia la utopía del Reino hasta que todo sea puesto bajo la soberanía de Jesucristo, hasta que Dios sea todo en todos.

Para reflejar esta dimensión de la Esperanza como sabiduría aludida por Gesché hago mías las palabras de una conocida oración de San Oscar Arnulfo Romero:


“De vez en cuando, dar un paso atrás nos ayuda
a tomar una perspectiva mejor.

El Reino no sólo está más allá de nuestros esfuerzos,
sino incluso más allá de nuestra visión.

Durante nuestra vida, sólo realizamos una minúscula parte
de esa magnífica empresa que es la obra de Dios.

Nada de lo que hacemos está acabado,
lo que significa que el Reino está siempre ante nosotros.

Ninguna declaración dice todo lo que podría decirse.
Ninguna oración puede expresar plenamente nuestra fe.

Ninguna confesión trae la perfección,
ninguna visita pastoral trae la integridad.

Ningún programa realiza la misión de la Iglesia.
En ningún esquema de metas y objetivos se incluye todo.

Esto es lo que intentamos hacer:
plantamos semillas que un día crecerán;
regamos semillas ya plantadas,
sabiendo que son promesa de futuro.

Sentamos bases que necesitarán un mayor desarrollo.
Los efectos de la levadura que proporcionamos
van más allá de nuestras posibilidades.

No podemos hacerlo todo y, al darnos cuenta de ello, sentimos una cierta liberación.
Ella nos capacita a hacer algo, y a hacerlo muy bien.

Puede que sea incompleto, pero es un principio,
un paso en el camino,
una ocasión para que entre la gracia del Señor y haga el resto.

Es posible que no veamos nunca los resultados finales,
pero ésa es la diferencia entre el jefe de obras y el albañil.

Somos albañiles, no jefes de obra, ministros, no el Mesías.
Somos profetas de un futuro que no es nuestro. Amen.”[16]

2.5.- Imaginario como fiesta del sentido.

Gesché sostiene que “la afirmación de que la verdad solo se puede transmitir a través de un lenguaje conceptual es un prejuicio teológico”.[17] “El mundo no es solamente aquello que la racionalidad dice que de él, sino que es también, en su totalidad, <>;. El mito es una <>, es decir, un legendum, algo <>;. El mito tiene un significado que no necesita explicaciones (racionales).” Así pues, Gesché le da especial relevancia al tema de los mitos y las leyendas, narraciones que tocan afectos (emociones, sentimientos, deseos) porque la racionalidad no agota todo lo que son la persona humana y el mundo circundante. “Un exceso de racionalidad hace imposible expresar toda la realidad”[18].

Al hacer referencia a la teología como antropología de la revelación afirma que el amor es el lugar donde uno viene a ser precisamente revelado a sí mismo por el otro escondiéndose en él. En el caso del amor, mi verdadero absconditus  se encuentra al mismo tiempo llevado y escondido en el otro,  y por eso mismo yo vengo a ser revelado, descubierto. Este es, sin duda, todo el secreto o el milagro del amor”[19]


Una de las expectativas que tenía antes de optar por la vida religiosa, era que, al ingresar a la Compañía de Jesús, iba a crecer enormemente en mi vida interior porque iba a tener suficiente tiempo para orar, contemplar y meditar. Lo cierto es que la vida de oración no ha sido lo que yo creí que sería. Ya en el noviciado pude ver que, en el fondo, operaba la tendencia de buscarme a mí mismo. Y muchas veces me he preguntado si los tiempos de oración formal que he tenido no serían monólogos o reflexiones teológicas. Reconozco que me cuesta abandonarme, acoger y escuchar el silencio de Dios.  Con frecuencia queremos y esperamos de la oración frutos tangibles tales como sensaciones bonitas, sentir seguridades entre otras. Pero Dios no es así, no cumple caprichos.

Dios se mantiene como enigma para el hombre racional. Ciertamente, “allí donde la filosofía tropieza, la teología descubre”[20] porque, dirá el autor, “este es un Dios que se encuentra más allá de nuestras manifestaciones, pues si no fuera así no ganaríamos nada al conocernos ante él, ya que él no sería más que un simple reflejo (eidolon) de nuestros deseos”[21].  El imaginario es la atmósfera que permite que el sentido no se nos presente como totalmente dado porque si así fuera, “si el sentido estuviera ya fijado, <<el hombre no sería libre, sino que se convertiría en esclavo de ese sentido y su vida se edificaría sobre criterios propios de un esclavo>>"[22] Es posible observar aquí el profundo vínculo entre dos lugares de sentido referidos por Gesché: el imaginario y la libertad. En efecto, “el hombre es un ser enigmático, ser que tiene una autonomía que le hace en parte invisible”[23].

  
3. Los lugares de sentido de mayor densidad teológico-existencial de mi vida.

3.1.- Desde la identidad como confrontación con Dios he confirmado que nuestra vulnerabilidad está hermanada con nuestra condición de “Hijos de Dios”. De ahí la afirmación paulina “En mi debilidad esta mi fortaleza”. Uno de los principales pasos que he dado en el seguimiento de Jesús ha sido el reconocerme pecador, limitado, pobre, ciego, cojo, débil. Soy pecador, pero llamado por Jesús para instaurar el Reino de Dios. Por lo tanto, no debemos subestimar el poder de la vulnerabilidad.

Para el crecimiento humano-cristiano desde la la identidad-alteridad resulta de gran relevancia la actitud del agradecimiento (a Dios y al prójimo). Además, he venido confirmando que para instaurar el Reino necesitamos vivir en comunidad, hacer equipo; y que cada uno aporte sus dones y talentos, evitando los  protagonismos y la búsqueda de reconocimiento.

3.2.- Desde la libertad como invención y creación he ido confirmando en mi vida como Dios, en su misterio, ha querido dotarnos de un libre albedrío, uno del que nos vamos apropiando durante nuestro proceso vital. Hemos escuchado una frase que dice “a mayor libertad, mayor responsabilidad” y esto puede atemorizarnos, incluso paralizarnos. Pero desde el Encuentro amoroso con Jesús, podemos estar seguros que, a pesar de nuestras negligencias (aplazamiento) y de nuestras imperfecciones (falta de virtudes) Dios siempre nos acompaña y nos espera. Inventar y crear supone ponerme en juego y luego dejarme conducir.

3.3.- Desde la esperanza como sabiduría asumo que la verdadera experiencia de fe no puede llevarnos a una esperanza pasiva. Al contrario, la experiencia de de Dios es siempre una interpelación. Su mirada de Misericordia y su Palabra han sido acicates para mi vida cotidiana.

La Esperanza cristiana se alimenta de un verdadero deseo de hacernos ofrenda, de entregarnos a los demás como Jesús lo ha hecho por nosotros y ha quedado plasmado en la Eucaristía. Si no queremos dar el paso para partirnos y repartirnos en la comunidad, entonces, todo queda en un rito intimista, en discursos vacíos y en cumplimientos externos. En síntesis, la fe en Dios no puede ni debe quedarse en prácticas espiritualistas, sino que ha de manifestar la sabiduría de Dios desde una esperanza activa que se concreta en la acción discernida.

3.4.- Desde el imaginario (o la imaginación) ubico que es en mi falta de compromiso con Dios -expresada en mi decisión de no favorecer la oración- en donde más experimento una suerte de atracción-repulsión asociada al imaginario como productor de sentido.
 Es totalmente ilógico desde el punto de vista de la razón el querer y experimentar a Dios en su ausencia-provocada (por negligencia), sin embargo, a mi me sucede que quiero estar con Dios y sentir la Presencia del Maestro, pero simultáneamente evito esos espacios formales de oración. Tengo deseos de encontrarme con Dios pero al mismo tiempo siento miedo (temor y temblor) de mostrarme desnudo ante su mirada, de conocer su voluntad. Podría comprenderme mejor (o justificarme) afirmando con Gesché que “yo sólo me comprendo si Dios sigue siendo parcialmente un enigma para mí; pero yo no me comprendo tampoco si es que no soy también, en parte, un enigma para Dios”[24]

4. A modo de conclusión.
Al finalizar este breve recorrido en relación al Reino de Dios y los lugares de sentido apuntados por Gesché comparto las siguientes reflexiones personales:

4.1.- Sobre la obra comentada de Gesché.

1) Me llama la atención que Gesche comienza sus reflexiones con la libertad (invención y creación) y hasta un segundo momento coloca a la Identidad. Algunos podríamos pensar que quizá habría sido mejor comenzar por la identidad (alteridad) porque para que la libertad sea posible es necesario contar un sujeto o agente (una identidad subjetiva) desde el que puedan desplegarse las capacidades de invención y creación. A mí me ayuda entender la libertad como una consecuencia de la identidad dinámica que se nos es entregada. En resumen, la identidad (como confrontación con Dios) es la condición de posibilidad de la libertad como invención y creación.

2) Igualmente destaco que Gesché no dedica algún apartado para hablar sobre la oración cristiana, un asunto que, desde mi punto de vista, debería ser explicitado. Ciertamente en nuestra tradición, tanto a nivel doctrinal como vivencial, el cultivo de la interioridad (esfuerzo por la comunión espiritual con el Creador) tiene un lugar central en la vida de los creyentes. La oración es el espacio de Encuentro personal con Jesús de Nazaret, Príncipe de la Paz, Señor de la HistoriaRey eternal. La experiencia mística (como don que Dios nos ofrece) y el diálogo orante (intencionado) parecen ser la única posibilidad de mantener una mirada contemplativa, una mirada que nos permita:

-     reconocer nuestra identidad más profunda (hijos de Dios);
-     madurar en nuestra libertad para amar y dejarnos amar sin apegos;
-     trabajar por instaurar el Reino como destino posible y
-     esperar contra toda esperanza en medio de nuestras limitaciones.

4.2.- Sobre mi experiencia de fe desde el horizonte de comprensión del Reino de Dios.

Desde mi punto de vista la experiencia y la instauración del Reino de Dios -entendido como el sueño de Dios que cada uno ha de acoger libremente- supone, al menos, los siguientes elementos:

1)     Reconocimiento de nuestro ser-hijos-de-Dios y de los dinamismos de nuestra identidad.
2)     Actitud constante de humildad - Reconocer y confesar nuestra vulnerabilidad y necesidad de Dios.
3)     Necesidad de la oración y el discernimiento espiritual para alimentar nuestro interior mediante el Encuentro con la realidad de Dios.
4)     Mantenimiento de una actitud de Esperanza activa.
5)     Asunción responsable de estilos de vida compasivos concretados en la actos, acciones y actividades amables, serviciales, incluyentes, liberadoras, reconciliadoras.

BIBLIOGRAFÍA.

BRAVO PEREZ, Benjamín. El Reino de Dios, Dabar, México, 2002.
GESCHÉ, Adolphe. El sentido. Dios para pensar, Sígueme, Salamanca, 2004.




[1] Adolphe Gesché, El sentido. Dios para pensar, Sígueme, Salamanca, 2004, p. 19
[2] En el desarrollo de este ensayo utilizaré indistintamente Reino de Dios” y Reino”.
[3] Benjamín Bravo Pérez, El Reino de Dios, Dabar, México, 2002, p. 14
[4] Ibid, p. 9
[5] Ibid, p. 14
[6] Cfr. Benjamín Bravo Pérez, El Reino de Dios, Dabar, México, 2002, p. 5.
[7] Cfr. Adolphe Gesché, El sentido, p. 30
[8] Op. cit, Gesché, p. 30
[9]Ibid, p. 36
[10]Ibid, p. 60.
[11] Ibid, p. 72
[12] Ibid, p. 63
[13] Ibid, p. 91
[14] Ibid, p. 150
[15] Ibid, p. 149
[17] Op. cit. Gesché, p. 197
[18] Ibid, p. 198
[19] Ibid, p. 178
[20] Ibid, p. 183
[21] Ibid, p. 189
[22] Ibid, p. 190
[23] Ibid, p. 193
[24] Ibid, p. 193
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