
Para
muchos es conocido aquello que decía Jorge respecto de su posición ante la
filosofía. Manzano decía que no se consideraba un filósofo, que no era maestro
de filosofía, sino aprendiz de filosofía, siervo de la filosofía. ¿Humildad o
presunción? ¿Quién se atreve a enjuiciarle? En su vida de peregrino tras los pasos de la
angustia kierkergaardiana también se asumía pobre, pecador, limitado… En este
mismo sentido, ahora les contaré una anécdota de su vida que él nos compartiera
hace ocho meses y que me marcó profundamente. Tal vez esta sea la mejor herencia
que pudo dejarnos.
“-Sean perfectos como su Padre Celestial
es perfecto-, nos decía el Padre Maestro en este Noviciado de Puente Grande. El siguiente año, cuando
entraron los nuevos, nos dijo lo mismo, pero yo veía que él seguía igual, era
imperfecto... Con los años entendí que de lo que se trataba no era de ser
perfectos (virtuosísimos santos, ángeles puros, hombres moralmente intachables),
sino de aprender a caminar en y desde la
imperfección. Perfecto sólo es Dios, nosotros somos simples creaturas…”

Durante
cinco décadas cientos fueron sus alumnas y alumnos de filosofía. Docenas de
jesuitas pasamos por su experta pedagogía. Extrañaremos la profundidad de sus
parábolas, metáforas y cuentos. A nadie le decía: “estás mal!”. No solía
reprender a ninguno en las aulas. Aprovechaba cada intervención nuestra para
profundizar en los contenidos correspondientes, rescataba hasta los dichos del
más despistado…
Quizá
una de las cosas por las que más recordaremos al maestro Manzano será esa facilidad que tenía para explicar las
doctrinas más complejas de un filósofo, esa capacidad para aterrizar en cosas
prácticas las abstracciones más terroríficas de algún pensador. Lo recordaremos
mucho por ese interés que generaba en el grupo para seguir la pista de
poderosas categorías y nociones filosóficas desde las experiencias más
cotidianas de la vida.
Descartes
y su cogito. Kant y su imperativo categórico. Hegel y su espíritu absoluto. Marx y su revolución. Kierkegaard y su salto de fe. Husserl y su volver
a las cosas mismas. Heidegger y su dasein. Nietzsche y su voluntad de poder. Xubiri y su animal de realidades. Manzano… ¿Manzano
y su qué? ¿Qué podríamos decir de Manzano?

Fui
a una de sus conferencias para ver con mis propios ojos lo que decía, lo que
hacía, para desengañarme, para entender un poco aquello del trance y conocer su
posición sobre la “posesión diabólica”. Aquellas conferencias tan esperadas
eran su estrategia para compartir una dimensión desconocida del ser humano: las
experiencias dionisiacas. Desde entonces
me pareció un Hombre-Misterio, pero ya no tenía tantas resistencias para
dialogar con él, con sus textos. Luego me dio clases de Platón, y empecé a
escucharlo con atención porque hablaba como
quien tiene autoridad. Incluso, por recomendación de mi superior, llegué a
considerarlo para ser mi acompañante espiritual.
Resurrección
al rasgarse el arcoíris

Agradezcamos a Nuestro Dios-Padre-Madre la oportunidad que tant@s tuvimos de encontrarnos con Jorge, con el padre y el hermano. Ahora, fundido con la Luz, vive de otra manera… vivirá en nosotros por la memoria de los encuentros que tuvimos, la simple convivencia entre pasillos, sus clases y los simposios. Y seguirá viviendo en sus libros, en sus compendios de filosofía, en la revista Xipe Totek.
Manzano, como árbol florido,
seguirá regalándonos abundantes frutos, por generaciones, mientras viva en
nuestro corazón; y cuando también nosotros hayamos dejado esta tierra, seguirá
viviendo en todos los que lo lean. Celebremos
que Jorge Manzano – como nosotros - ha nacido para la eternidad. El jesuita
apasionado por la Vida, el firme y amoroso Manzano, nos enseñó, con su Vida
misma, a caminar desde la imperfección.
AMDG
Eduardo
Anaya Sanromán, SJ.
Guadalajara,
Jalisco.
24 de septiembre de 2013
Comentarios
Esta entrada es mi favorita, me gusta màs cuando escribes cosas tuyas de tí.