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Madrid en febrero

Llueve y llueve sobre Madrid. ¿Frío en donde estás?¿Cómo se presenta tu semana? Ánimo, que a pesar de todo, la vida es bella y siempre hay una ventana abierta cuando se cierran todas las puertas. Yo estoy bien, contento, de qué podría quejarme si me considero una persona tan bendecida y tan afortunada por tener salud, una hermosa familia y tu amistad. Suficiente para ir feliz por este camino que es la vida.

Y es que en verdad la vida es un viaje que todos tenemos que recorrer y en el que nunca sabemos cuándo llegaremos a la meta. Mientras eso ocurra, nos toca caminar, aprender, compartir, ayudar, no perder ese fuego interno de bondad que llevamos en la gran mochila de nuestro corazón. Tarea nada fácil, porque son muchas las tentaciones que nos quieren apartar de esa ruta. Como nos plasma en forma a la vez dura y sensible la, para mí, excelente película “The Road” (La Carretera), del director John Hillcoat, con una interpretación excelente del actor Viggo Mortensen y del niño-adolescente Kodi Smit-McPhee. En medio de un mundo destruido por no se sabe qué terrible catástrofe (atención a la genial fotografía del español Javier Aguirresarobe), un padre y su hijo emprenden un camino hacia un sur donde supuestamente todos es más limpio y mejor. El camino se convierte en metáfora de la vida, en aprendizaje de lo esencial para sobrevivir en un mundo donde los supervivientes son seres antropófagos, pero también otros que no han perdido la bondad ni la humanidad. Y es ese sur idealizado que hace que estos dos seres indefensos pero con una enorme divinidad, sigan adelante, convencidos de que ellos no perderán sus valores humanos pase lo que pase, porque llevan un fuego dentro que los anima y los empuja. Sufrirán las tentaciones de abandonar la carretera, incluso el padre a veces se verá tentando de imitar otras conductas inhumanas y violentas, pero al final será ese niño que todos llevamos dentro (al que el padre llamará su “dios” y su “ángel”) quien le recuerde que no debemos perder esos valores buenos que todos llevamos dentro. No es una película fácil de ver, sus tonos grises del paisaje devastado y esa constante alusión del padre al posible suicidio en caso de que el niño se vea solo y abandonado, parecieran invitar al pesimismo, a la desesperanza o al abandono de toda utopía, pero no es así, al contrario, invitan a seguir mirando el horizonte con optimismo, sabiendo que hay un sur, una tierra, un cielo, un futuro mejor.

Esto me sirve para recordar que también la Iglesia nos muestra un camino a seguir en este tiempo que llamamos Cuaresma. Un camino que invita a seguir adelante, a superarnos, a vencer las tentaciones que nos desvían del proyecto de vida y de los valores que hemos ido forjando a lo largo de nuestra vida, sea cual sea nuestra edad. Aunque en absoluto es un camino fácil ni rectilíneo. Jesucristo mismo nos recuerda en este domingo pasado, primero de Cuaresma que debemos asumir la realidad de unas tentaciones que están muy cerca, incluso dentro de nosotros. Tentaciones en forma de materialismo, ambición de poder, deseos de fama y publicidad, apariencia y superficialidad, egoísmo y agresividad. Vivimos en un mundo lleno de mucha gente buena, pero a la vez de mecanismos y estructuras que nos llaman continuamente a centrarnos en nosotros mismos y a olvidarnos de Dios y de los demás. Incluso se nos inocula el virus del pesimismo y del abandono de todo sueño por cambiar el mundo, y nos volvemos a nuestros intereses, a nuestro bienestar, a nuestra pereza y comodidad. Nos colocamos los auriculares que nos vuelven autistas ante el sufrimiento de los demás. Practicamos a veces la técnica cobarde del avestruz, prefiriendo no saber y no ver más allá de nuestras narices y de nuestros intereses y nuestro mundo más cercano. Pareciera que nos hemos cansado de ser buenos y que estemos convencidos de que ni nosotros ni el mundo pueden cambiarse.

Pero no es así. Cristo y tantos otros nos invitan a no rendirnos, a luchar activamente contra esos “demonios” internos y externos que nos susurran al oído de nuestra complacencia a claudicar y a elegir el camino más fácil, pero nos siempre el mejor ni el que nos hará más felices.

Por eso es importante no perder la ruta ni el horizonte ni la meta. Sabemos adónde vamos y quién tiene el verdadero triunfo y el auténtico poder. Llevamos en el zurrón de nuestra vida valores que sabemos no caducan: el amor, la familia, los amigos, la solidaridad, la ternura, el perdón, la paz. Por la Palabra de Dios de la Biblia y por las tradiciones de todas las tradiciones religiosas y culturales de nuestra tierra, y por nuestra propia experiencia, sabemos que siempre vencerá el Bien sobre el Mal. Y eso nos anima en la lucha por mejorarnos como personas, como familia, como sociedad y como mundo.


El ejemplo de Cristo, de otros fundadores de religiones, de personas sabias de todas las épocas, de personas cercanas que nunca perdieron sus valores y lucharon por conseguir sus sueños, de tantos y tantos voluntarios, creyentes o no, que en el mundo se comprometen por aliviar el sufrimiento de los más pobres, mis y tus acciones a favor de la paz, la esperanza y el amor, aunque sean pequeñas, nos animan a seguir en el camino de la vida con la mirada puesta en un horizonte mejor para todos. También el presidente Obama nos ha dado esta semana un gesto sencillo pero importante de no claudicar ante las amenazas políticas y económicas de China, paradigma de la violación de abundantes derechos humanos, al recibir en la Casa Blanca al Dalai Lama, líder espiritual y político de los budistas de todo el mundo. La tentación de ceder al chantaje chino, al que por cierto ya han cedido numerosos líderes políticos mundiales, ha dado paso a la firmeza en la defensa de valores humanos y espirituales que están muy por encima de otros intereses militares, políticos o comerciales.


Y para el camino nada mejor que una buena alimentación, sana e integral. En este mundo nuestro, tan dado al culto al cuerpo y a las dietas físicas que mejoren nuestra figura física, cosa que es algo bueno si no se llega al exceso, nos olvidamos de que en la vida hacen falta otros alimentos, otra dieta más humana y espiritual que nos haga resistir las dificultades y cansancios de la marcha. Aunque quizá ya lo conozcas, te envío un Menú Cuaresmal para que lo ingieras a diario y en pequeñas dosis en este tiempo y durante toda tu vida. Verás qué bien te sientes contigo mismo y qué hermosa figura, que contagiosa sonrisa y qué bondadoso corazón luces. Serás imán que atraerá a muchos e invitará a todos a tratar de imitarte y a ser mejores. ¡Prúebalo! Tiene todas las garantías del éxito y ninguna secuela negativa ni contraindicación. Seguro que te gustará.


Me despido deseándote una feliz semana final de este Febrero que en España y en Madrid se despedirá haciendo honor a ser compañero de viaje del invierno. Para ti una vez más mi cariño y mi convicción de que vas a esforzarte por ser mejor y cambiar aquello de tu vida que se aleje de esos valores que adornan tu persona y que te hacen feliz. Rezaremos el uno por el otro para no desanimarnos y para seguir adelante en esa carretera que conduce a la plenitud. Pero no olvidemos que ese camino comienza dentro de nuestro corazón y se construye en pequeños pasos, en sencillas dosis, en la vida diaria, sin grandes titulares, en el devenir cotidiano de nuestras existencias. Por eso te adjunto un hermoso poema irlandés que viene muy bien para recordarnos la importancia de darnos tiempo para las cosas esenciales de nuestra vida y también un cuento del sabio sufí Bayazid, que siempre me gusta recordar y que seguramente conoces, pero que nunca está de más traer de nuevo a la memoria, porque nos invita precisamente a empezar por cambiarnos a nosotros mismos. Pero no estamos solos, contamos con la ayuda y la fuerza de ese Dios que nos habita, nos ama y nos invita siempre a ser más, a ser mejores y a ser felices repartiendo felicidad a nuestro alrededor.


Con todo mi cariño de amigo.

Diego.


CAMBIAR YO PARA CAMBIAR EL MUNDO
«Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.
»Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país.
»Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí.
»Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quien sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.»
DARSE TIEMPO

Date tiempo para trabajar, es el precio del triunfo. Date tiempo para pensar, es la fuente del crear. Date tiempo para jugar, es el secreto de la eterna juventud. Date tiempo para leer, es el fundamento de la sabiduría. Date tiempo para ser amigo, es el camino de la felicidad. Date tiempo para soñar, es unir tu vida a una estrella. Date tiempo para amar y ser amado, es la llave de la alegría. Date tiempo para mirar alrededor, el día es muy corto para ser egoísta. Date tiempo para reír, es la música del alma. Date tiempo para orar, es la fórmula para encontrar a Dios.
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