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Crucero Espiritual Puente Grande 7/8


Día 7.  ¿Qué significa la Encarnación? 11 de enero.

Esta mañana fue muy fría. Quizá la más fría de la semana. Y me ha impresionado ver a un hombre trabajando en el mantenimiento del crucero. Se llama Martin. Lleva varios días pintando los espacios de la cubierta, las paredes, las escotillas, los marcos de las ventanas de todos los niveles del barco. Cuando abordamos el crucero Martín estaba pintando el cuarto piso, a unos treinta metros de la superficie del mar. Al día siguiente bajó al tercer piso, lo lijó y lo pintó. Luego al segundo que está lijando para pintarlo. Y pasado mañana irá al primer piso para hacer lo mismo. Tal vez al final llegue al cuarto de maquinas. Lo que me ha impresionado es que el trabaja desde muy temprano. Aparece en cubierta en cuanto amanece, cuando hace mucho frío, y empieza a trabajar vestido solo con unos pantalones de mezclilla y una camisa a cuadros.

Además del valor de su trabajo para que el barco se vea bonito y los pasajeros disfrutemos del Crucero Espiritual, él me ha ayudado a reflexionar en la vida de Jesús. Así como él cada día va bajando un piso hasta que llegué al cuarto de máquinas en el fondo del barco, así Jesús fue bajando para hacerse uno con nosotros, hombre con los hombres. (Hb) Pero no se hizo cualquier hombre, no nació en un palacio sino en una cueva. No lo acostaron en una cuna de madera, entre paños de seda, sino en el pesebre de algún establo, envuelto en pañales. Jesús se encarnó en una familia pobre entre las pobres.  Aquí hay mucho que meditar para nosotros. A lo largo de su vida no buscó el camino del poder – que es ascendente- sino el camino del servicio – descendente-. Y fue tal su amor por nosotros que se acercó a aquellos que eran los marginados de su tiempo, los considerados pecadores, impuros: leprosos, publicanos, pecadores, prostitutas, etc.

No sólo nació en una familia sencilla sino que al crecer fue a servir, a sanar, a liberar a los más sencillos, a estar con los más vulnerables. Se hizo uno con los leprosos y, al final, en la cruz fue asesinado como bandido, puesto con los malhechores.
Martín, el pintor, me ha hecho reflexionar sobre esta verdad de la vida de Jesús. Lo que nos hace felices no es subir y subir, ganar más dinero, tener prestigio social… lo que nos hace felices es servir, acompañar a los que sufren, estar entre los pobres. Y eso no quiere decir que no tengamos cosas (coche, casa, ropa) sino que hay que poner lo que tenemos – poco o mucho – al servicio de los hermanos más vulnerables de nuestra sociedad.

Tengo la satisfacción de conocer a mujeres, laicas y religiosas, que sirven a ancianos y discapacitados (Hijas de la Caridad, Familia Vicentina, Hospital Gustavo Baz Prada, Tepexpan, Estado de México). Otras que sirven y acompañan a cortadores de caña (Hermanas Auxiliadoras, fundadas por María de la Providencia,  Xalisco, Nayarit), otras qué están con niños y adultos que viven con VIH (Misioneras de la Caridad, Veracruz). Otras hermanas que trabajan acompañando a prostitutas, ayudándoles con sus hijos, promoviéndolas en su dignidad.

Podemos constatar que hay en la historia hombres y mujeres que han entendido el mensaje de Jesús y le han querido ayudar en su misión de establecer el Reino. Me enorgullece ser jesuita porque desde que nos fundó San Ignacio hemos intentado ser la “caballería ligera” de la Iglesia Católica. No somos los únicos, ni los mejores, pero contamos con varios siglos de experiencias y de aventuras en las fronteras geográficas y espirituales. Nos forman para ser capaces de responder a las realidades de injusticia de nuestro mundo. Seguimos estando llamados a abajarnos, más que a encumbrarnos, aunque en el día a día a algunos nos resulte complicado. Reconocemos nuestras fallas, nuestro pecado, y nos sabemos llamados a ser servidores de la Misión de Cristo.
En este barco hay varios marineros experimentados, pero quisiera hablarte especialmente de dos hombres a los que yo admiro: Víctor y Paulino. Los dos son hermanos jesuitas. Víctor suele tener una sonrisa estampada en su rostro, se muestra acogedor, amigo. Pasó muchos años en la Sierra Tarahumara antes de abordar este Crucero y ser parte de la tripulación que se dedica a orar por todos los peregrinos que viajamos y pasamos por aquí cada año. Se alegra especialmente cuando ve a los nuevos jesuitas, a los novicios, y a los que estudiamos filosofía en Guadalajara.
Esto fue lo que me dijo el hermano Víctor ayer después de misa: “Nos preguntan ¿por qué se salen algunos de la Compañía? Y yo les digo: “¿Salirse de la Compañía? Nadie sale de la Compañía. Los que salen de la Compañía, es que nunca han entrado.”

Paulino es un hombre con más de 90 años. De joven trabajó, tuvo novia, tenía un rancho, pero sintió que algo le faltaba. Se sintió llamado por Dios y dejó sus cosas para entrar a la Compañía de Jesús. Ha estado sirviendo en diferentes lugares pero en la Provincia es muy conocido por haber estado al frente de la granja en el puerto de Juanacatlan por varias décadas. Allí ha entregado su vida, dedicado a la producción de carne de cerdo y de res, que ha alimentado a miles de familias. A sus más de 90 años se levanta todos los días cuando está oscuro, hace sus oraciones, lleva de comer a algunos animales, riega plantas… riega vidas humanas!  Como él lo ha dicho varias veces: “lo mejor de la vida ni se compra ni se vende”…
Víctor y Paulino son dos viejos lobos de mar que me dan testimonio de que encontraron la perla preciosa, el tesoro escondido. Soy testigo de su alegría y de sus miradas profundas, que nos llenan de paz.

La cultura actual promueve una estructura vertical, una escalera en la que hay que ir ascendiendo para tener éxito. Se trata de tener más dinero, más poder. Pocas veces somos conscientes de que para que unos cuantos gocen (gocemos) de grandes lujos y comodidades materiales una mayoría de hombres y mujeres se desgastan hasta la muerte (literal). Los malos gobiernos imponen a los más, la ley de los menos. La pirámide social ha existido prácticamente en todas las culturas. Pero las diferencias se han acentuado considerablemente. Arriba de la pirámide hay muy pocos con mucho dinero y en la base hay millones de personas con muy poco dinero. (El salario mínimo zona  “B” en México es de $60.57 ).   En América Latina  las personas que están hasta arriba de la pirámide pueden percibir ingresos diarios de hasta 100 veces más que los de más abajo. ¿Cómo está la distribución de la riqueza en México? Nos lo podemos imaginar, pero mejor averigüemos si de verdad nos interesa.

Jesús estaba por todos, ricos y pobres, judíos y paganos, galileos y romanos, niños y adultos, pero se dedicó especialmente a acompañar y animar a las personas más vulnerables de su tiempo.
En la analogía del crucero y de Martín, el pintor, que va desde el piso más alto hasta el cuarto de máquinas, podríamos decir que Jesús pasó más tiempo con “los de abajo” que con los pasajeros, turistas (clasemedieros) o capitanes (empresarios), que disfrutamos del viaje gracias al esfuerzo de las trabajadores, cabos, oficiales de guardia, cocineras, camareros, marineros, mecánicos, etc.

¿Recuerdas la película de Titanic? Así está nuestro mundo. Los más ricos y acomodados estaban en los pisos más altos (los buenos, los “puros”, la clase de lujo), luego la clase media (dueños de pequeños negocios, los funcionarios y oficinistas, todavía “gente decente”, segunda clase) y, en los pisos bajos la “prole”, la “raza” (los impuros e iletrados) que hacen que el barco funcione y avance.
Pues por lo que vemos en los Evangelios, y lo que entendemos del proyecto del Reino, Jesús no contempla esas separaciones, esas diferencias que nos lastiman a todos. Quiere que nos reconozcamos como hermanos, que todos tengan lo necesario para vivir, que a nadie le falte el pan. (¿Somalia?, ¿Etiopia?, ¿Sierra Tarahumara?...)

El sueño de Jesús es que cada vez haya menos pobres económicos y más pobres espirituales. Que todos vivamos con dignidad. Los cristianos tendríamos que estar haciendo algo desde nuestras diferentes profesiones para que esto suceda. Pero si volteamos alrededor nuestro, comprobaremos que la mayoría de las personas estamos preocupados únicamente por nuestro bienestar y el de nuestro núcleo familiar. Son pocos los profesionistas que se atreven a dar parte de su tiempo al servicio de las mayorías empobrecidas que nos necesitan tanto. Estos hermanos y hermanas del “cuarto de máquinas” que hacen que la historia-mundo avance son los campesinos,  los indígenas, los migrantes, los obreros, los mineros, los jóvenes trabajadores (desafortunadamente, también niños y niñas explotados laboralmente).

Ojalá poco a poco seamos más conscientes de que la comida que llega hasta nuestra mesa, la ropa que vestimos, los celulares que compramos y las demás comodidades que disfrutamos, son el resultado del trabajo de millones de personas empobrecidas en todo el mundo, la mayor parte, muy mal pagados[1].

Otro ejemplo de la cultura individualista, que nos invita a ascender y a competir, son los edificios de las grandes ciudades (D.F. Guadalajara, Monterrey, etc) Mientras más alto es el piso o el departamento del edificio más caro se vende. Y hay quien pone la vida en ello, en comprar el departamento del piso más alto, porque esto es un signo de estatus. Como se puede ver el mundo occidental-capitalista nos propone sobresalir, estar por encima de los demás. Pero no vayamos tan lejos, tal vez en tu misma cuadra o colonia hay algunas personas que viven con $700.00 a la semana: los obreros de las maquiladoras, las mujeres del servicio doméstico, barrenderos, jardineros, etc. Y lo que es peor, tal vez muy cerca de tu casa viven otros sin ningún ingreso: ancianos olvidados por sus hijos, enfermos terminales, la viuda que no tiene trabajo, los discapacitados que son marginados y discriminados por su condición, los alcohólicos que duermen en la calle…

Nunca será tarde para empezar a ver la necesidad de nuestros hermanos más cercanos. Recordemos que el prójimo es el más próximo. Ojala que levantemos la mirada y empecemos a ver a esas personas, a esos “indeseables” que nadie ve, a los que nadie quiere acercarse. La viuda, el anciano o anciana, el enfermo, el niño de la calle, el borrachito, muchas veces ni si quieran quieren nuestro dinero, con solo ESTAR con ellos y ESCUCHARLOS ellos se sienten reconocidos y agradecidos.

Qué bueno sería que pudiéramos darles una despenas o algún dinerito a una familia necesitada de cuando en cuando, pero, lo más importante es quizá visitarlos y compartir con ellos una o dos horas de la tarde cada semana. Yo no tengo muchos años de experiencia en esto de visitar y hablar, pero cuando lo he hecho he visto la alegría que les causa que los visitemos y escuchemos. Además yo me he quedado lleno de alegría y satisfacción, consciente de que Jesús está en mi cuando visito a mis hermanos y hermanas vulnerados y vulnerables. Y no como Lalo –el-salvador sino como Lalo-el-amigo, como un hermano que acompaña. Compartir los dones que Dios nos da es motivo de plenitud y de consolación. Al final de cuentas estamos hechos para amar y “el que dice que ama a Dios a quien no ve, pero no ama a su hermano, a quien sí ve, es un mentiroso”.


[1] Ver informe del Centro de Reflexión y Acción Laboral en http://www.fomento.org.mx/novedades/INFORME2011espanol.pdf
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