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VIVIR LAS VARIAS MUERTES DENTRO DE NUESTRAS VIDAS.

Fragmentos del libro “En busca de espiritualidad” de Ronald Rolheiser.


Lineamientos para una espiritualidad cristiana del siglo XXI



La muerte de nuestros sueños.

Según lo dijo en una oportunidad Karl Rahner, en el tormento de la insuficiencia de todo lo que podemos alcanzar, empezamos a darnos cuenta de que, en esta vida, todas las sinfonías son inconclusas. Y tiene razón. Al final todos morimos vírgenes, como la hija de Jefté: (Jueces 11,29-40)
Nuestras vidas incompletas, nuestros sueños en su gran mayoría frustrados, en la espera, todavía, de la intimidad, de algo que nunca hemos tenido, dejamos inconclusa nuestra sinfonía y lloramos inconscientemente nuestra virginidad. Esto vale tanto para las personas casadas como para los célibes. En definitiva, todos dormimos solos.
Ésta es una buena razón para el duelo. Sea cual fuera la forma que éste asuma, todos necesitamos en un cierto punto, retirarnos al desierto y llorar allí nuestra virginidad. Cuando no lo hacemos (y por no haberlo hecho) vivimos enojados, somos exigentes, amargos, desilusionados, demasiado inclinados a echarle la culpa de nuestras frustraciones a los demás. Al no hacer duelo por nuestra virginidad (sueños no consumados) exigimos que algo o alguien –un cónyuge, un compañero, una familia ideal, nuestros hijos, algún logro, una meta vocacional, un trabajo- nos quite toda nuestra soledad. Ésta, por supuesto, es una falsa expectativa que invariablemente nos lleva a la amargura y la desilusión. En esta vida no hay sinfonías completas. Estamos hechos para el infinito, somos abismos sin fondo. Debido a esto estaremos, de este lado de la eternidad, siempre solos, inquietos, incompletos, todavía vírgenes, viviendo en el tormento de la insuficiencia de todo lo que podemos lograr.

Una nota sobre el duelo y sobre cómo dejar que el pasado nos bendiga.

“Laméntate, pueblo mío, laméntate. Que tu dolor crezca en tu corazón y se exprese en vosotros con gemidos y gritos. Laméntate por el dolor que hay entre ti y tu esposo. Laméntate por la forma como se ha robado tu inocencia. Laméntate por la ausencia de un abrazo tierno, de una amistad íntima, de una sexualidad que te llene de vida. Laméntate por el abuso al que han sido sometidos tu cuerpo, tu mente y tu corazón. Laméntate por la amargura de tus hijos, la indiferencia de tus amigos y la dureza del corazón de tus colegas. Grita por la libertad, por la salvación, por la redención. Grita con fuerza, en voz alta y profunda y confía en que tus lágrimas lavarán tus ojos para que puedas ver que el Reino se está cerca, sí, está en la punta de tus dedos”
.
Henri Nouwen “On Mourning and Dancing”

Llorar hasta conseguir que se sacudan los fundamentos mismos de nuestras vidas (y de nuestra amargura). No tenemos otra opción, porque la vida, para todos, es en realidad injusta. Se nos ha engañado, se nos ha abandonado demasiadas veces, nunca se nos ha valorado o amado de manera adecuada. Lo que hemos soñado para nuestras vidas nunca podrá ser. Por lo tanto tenemos que elegir. Podemos pasar el resto de nuestras vidas enojados, tratando de protegernos contra algo que ya nos ha sucedido, contra la muerte y la injusticia, o podemos hacer duelo por lo que hemos perdido, por los abusos que hemos soportado, por las muertes, y de ese modo llegar al punto de poder alcanzar y disfrutar los gozos y deleites que sí nos son posibles. En nuestras vidas debemos enfrentarnos con muchas muertes y podemos elegir si estas muertes van a ser terminales (absorbiéndonos la vida y el espíritu) o si serán pascuales (abriéndonos el camino a una nueva vida y un espíritu nuevo) El duelo es la llave para lo que puede venir después. Un buen duelo, sin embargo, no consiste solamente en hacer que lo antiguo se vaya sino en dejar que al irse nos bendiga.

Es necesario que nuestras raíces nos bendigan. Esto vale no solamente si esas raíces son sanas sino también si son negativas y hasta positivamente abusivas. Uno de los grandes imperativos antropológicos, innato a la naturaleza humana, es que debemos hacer la paz con nuestras familias. No importa lo malos que puedan haber sido tu padre o tu madre, algún día deberás pararte junto a sus tumbas y reconocer lo que te dieron, perdonar lo que te hicieron de malo y recibir el espíritu de lo que hay en tu vida gracias a ellos. Hacer la paz con nuestra familia depende de hacer el imprescindible duelo y de permitir que tengan lugar la ascensión y el pentecostés.

Negarse a permanecer aferrados.

En las Escrituras hay dos imágenes de la Ascensión. En los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, se hace una descripción pictórica de la Ascensión. Jesús bendice a sus discípulos y después flota en el aire, subiendo al cielo hasta perderse en la altura. Se entiende que su cuerpo terrenal abandona la tierra. En el Evangelio de Juan recibimos la misma teología pero la imagen es diferente. El domingo de Pascua, temprano en la mañana, María Magdalena encuentra a Jesús resucitado (Juan 20, 11-18). Al principio no sabe quién es y supone que se trata del jardinero, pero inmediatamente, al reconocerlo, trata de abrazarse a él. Jesús, por su parte, le dice: “María, no te aferres a mí”
¿Qué hay por detrás de la reticencia de Jesús a que María lo toque? María Magdalena misma, si tuviéramos su Evangelio, nos lo explicaría de la siguiente manera:



“Nunca sospeche que la resurrección fuera tan dolorosa como para dejarme llorando con el gozo de haberte encontrado, vivo y sonriéndome, afuera de una tumba vacía.
Con dolor, no por haberte perdido sino por haberte perdido en lo que tenía de ti: una carne que podía comprenderse, tocarse, besarse, agarrarse. No en la plenitud de su soberanía sino como ser humano.
Quiero aferrarme a ti, pese a tu protesta, agarrarme a tu cuerpo, aferrarme a tu humanidad, y a la mía. Aferrarme a lo que tuvimos, a nuestro pasado.
Pero sé que si me aferro no puedes ascender y yo quedaré agarrada a tu yo anterior…
Sin poder recibir tu actual espíritu”.
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