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Jorge Manzano: el jesuita que me invitó a “caminar desde la imperfección”.

Ahora que Jorge está en pleno Simposio celestial departiendo con sus amigos más íntimos: Kierkegaard, Platón y Nietzsche; compartiéndoles su diáfano Tonaya y agradeciéndoles lo que lo hicieron pensar e imaginar durante  más de cincuenta años como amante de filosofía;  quiero dedicarnos a nosotros, los que aquí seguimos filosofando, unas líneas en su memoria. 

Para muchos es conocido aquello que decía Jorge respecto de su posición ante la filosofía. Manzano decía que no se consideraba un filósofo, que no era maestro de filosofía, sino aprendiz de filosofía, siervo de la filosofía. ¿Humildad o presunción? ¿Quién se atreve a enjuiciarle?  En su vida de peregrino tras los pasos de la angustia kierkergaardiana también se asumía pobre, pecador, limitado… En este mismo sentido, ahora les contaré una anécdota de su vida que él nos compartiera hace ocho meses y que me marcó profundamente. Tal vez esta sea la mejor herencia que pudo dejarnos.

“-Sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto-, nos decía el Padre Maestro en este Noviciado de  Puente Grande. El siguiente año, cuando entraron los nuevos, nos dijo lo mismo, pero yo veía que él seguía igual, era imperfecto... Con los años entendí que de lo que se trataba no era de ser perfectos (virtuosísimos santos, ángeles puros, hombres moralmente intachables), sino de aprender a caminar en y desde la imperfección. Perfecto sólo es Dios, nosotros somos simples creaturas…”

Palabras más, palabras menos, este fue para mí el mensaje central que Jorge Manzano nos comunicó en los últimos Ejercicios Espirituales que acompañó una comunidad de escolares jesuitas en enero del presente año. Manzano, el del eterno retorno, ha partido de vuelta a la Casa Grande de nuestro Creador.

Durante cinco décadas cientos fueron sus alumnas y alumnos de filosofía. Docenas de jesuitas pasamos por su experta pedagogía. Extrañaremos la profundidad de sus parábolas, metáforas y cuentos. A nadie le decía: “estás mal!”. No solía reprender a ninguno en las aulas. Aprovechaba cada intervención nuestra para profundizar en los contenidos correspondientes, rescataba hasta los dichos del más despistado…

Quizá una de las cosas por las que más recordaremos al maestro Manzano será esa facilidad que tenía para explicar las doctrinas más complejas de un filósofo, esa capacidad para aterrizar en cosas prácticas las abstracciones más terroríficas de algún pensador. Lo recordaremos mucho por ese interés que generaba en el grupo para seguir la pista de poderosas categorías y nociones filosóficas desde las experiencias más cotidianas de la vida.

Descartes y su cogito. Kant y su imperativo categórico. Hegel y su espíritu absoluto.  Marx y su revolución.  Kierkegaard y su salto de fe. Husserl y su volver a las cosas mismas.  Heidegger y su dasein. Nietzsche y su voluntad de poder. Xubiri y su animal de realidades. Manzano… ¿Manzano y su qué? ¿Qué podríamos decir de Manzano?


Este jesuita incorporaba en su cuerpo bajito, delgado e itinerante, un desdoblamiento de personalidades muy diversas. En su vida, siendo enviado por la Compañía al apostolado intelectual, desempeñó una cantidad de roles impresionante (Fue capellán y pastor de refugiados centroamericanos en Dinamarca, acompañó colectivos de homosexuales, lesbianas y prostitutas, etc… los que lo conocimos, lo sabemos…). Fue realmente un hombre multifacético. Quizá por eso, cuando llegué a Guadalajara, recién desempacado del Noviciado de Ciudad Guzmán, fue Manzano el jesuita con el que más distancia sentía. Me daba miedo, escuchaba que era “muy liberal”, que durante algunos años tuvo conflictos con los superiores, que en ocasiones se salía de la ortodoxia romana… Todo el primer año de la licenciatura no quise acercarme a él porque no me parecía un modelo de jesuita, no era una relación que me interesara cultivar…


Fui a una de sus conferencias para ver con mis propios ojos lo que decía, lo que hacía, para desengañarme, para entender un poco aquello del trance y conocer su posición sobre la “posesión diabólica”. Aquellas conferencias tan esperadas eran su estrategia para compartir una dimensión desconocida del ser humano: las experiencias dionisiacas.  Desde entonces me pareció un Hombre-Misterio, pero ya no tenía tantas resistencias para dialogar con él, con sus textos. Luego me dio clases de Platón, y empecé a escucharlo con atención porque hablaba como quien tiene autoridad. Incluso, por recomendación de mi superior, llegué a considerarlo para ser mi acompañante espiritual.

Resurrección al rasgarse el arcoíris

Sensibilidad mística, respiración agitada, capacidad de asombro, espíritu benévolo, comunión con el cosmos, atención a los detalles, profunda mirada de águila, Esperanza en el cambio, confianza en Él… Manzano encarnaba muchas de las tensiones de la Espiritualidad Ignaciana: era sencillo y profundo, disciplinado y cordial, chamán y  sacerdote católico, emotivo y racional, dinámico y estático, dionisiaco y apolíneo, mexicano e intercultural, apasionado y apacible, padre espiritual y hermano encarnado…  




Agradezcamos a Nuestro Dios-Padre-Madre la oportunidad que tant@s tuvimos de encontrarnos con Jorge, con el padre y el hermano. Ahora, fundido con la Luz, vive de otra manera… vivirá en nosotros por la memoria de los encuentros que tuvimos, la simple convivencia entre pasillos, sus clases y los simposios. Y seguirá viviendo en sus libros, en sus compendios de filosofía, en la revista Xipe Totek

Manzano, como árbol florido, seguirá regalándonos abundantes frutos, por generaciones, mientras viva en nuestro corazón; y cuando también nosotros hayamos dejado esta tierra, seguirá viviendo en todos los que lo lean.  Celebremos que Jorge Manzano – como nosotros - ha nacido para la eternidad. El jesuita apasionado por la Vida, el firme y amoroso Manzano, nos enseñó, con su Vida misma, a caminar desde la imperfección.
 
AMDG
Eduardo Anaya Sanromán, SJ.
Guadalajara, Jalisco.                                                                   24 de septiembre de 2013


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