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Corte de Caña, Emanuel en Nayarit

Mi experiencia en el Corte de Caña
Por Emanuel Michel Barreto


El día 3 de enero viajamos, mi compañero Juan Pablo yo a la ciudad de Xalisco, Nayarit para iniciar nuestra experiencia de peregrinación en el corte de caña. La peregrinación es una de las probaciones en el noviciado desde tiempos de san Ignacio (fundador de los jesuitas) hace 500 años. En aquel entonces consistía en peregrinar pidiendo limosnas desde España hasta Roma. San Ignacio dice que el fin de la experiencia es poner al novicio a que experimente pobreza e inseguridad para que aprenda a ponerse en manos de Dios. Hoy la experiencia es parte fundamental del noviciado jesuita sólo que ha sido adaptada a nuestro tiempo. Consiste en tener una peregrinación laboral. Peregrinar por la vida sintiendo en carne propia la pobreza que muchas personas viven en nuestro país. Una de las opciones es el corte de caña en Xalisco. Cortar hombro a hombro con indígenas migrantes de Guerrero, vivir con ellos y como ellos.

Cuando llegamos al albergue tuve unas primeras impresiones nada positivas. La gente me daba desconfianza y no menos el aspecto que tenían después de la jornada de trabajo. No había trabajado antes en el campo y había escuchado que es muy difícil ganar el dinero porque el pago es por tarea. Tres pesos por cada montón. Nosotros al principio, hacíamos entre los dos, cuatro montones por hora. Calculen. Al observar a los cortadores el trabajo me parecía fácil. Con años de experiencia parecía que el trabajo no tenía mucha dificultad, hasta que yo lo intentaba. Tuve que ir aprendiendo a mi paso y según lo que mi cuerpo me iba permitiendo. De vez en cuando que paraba a descansar, los cortadores me echaban porras gritando: “¡ándele padrecito, muévase que le va a caer un rayo!

En el corte de caña me enfrenté con la incertidumbre y mi tendencia a buscar seguridades. El ingenio estaba en huelga, el corte de caña es un trabajo bastante irregular, al aprender el trabajo ví lo difícil que sería poder hacer el dinero suficiente para pagar nuestros alimentos. Con esto en mente y la posibilidad de ir a la cosecha del chile, comenzamos a considerar si valía la pena el cambio, “allá sí viviríamos la experiencia” ya que para mí la experiencia se reducía a trabajar y mantenerme durante los tres meses. Era el segundo día de corte. Ese mismo día tuvimos un acercamiento a los cortadores. Comencé a sentir la alegría con que nos recibían y la amistad que nos ofrecían. Tomamos una coca-cola que nos llevó el dueño de la parcela y crucé un par de palabras con los cortadores. Caí en cuenta que era una oportunidad única para compartir con esa gente su trabajo y su vida. Me sentí animado a vivir en la incertidumbre.
Eran tantos los obstáculos que yo veía desde mi razonamiento que el miedo me movía a huir. Pero cuando experimenté la empatía con los cortadores el miedo se quedó pequeño y me sentí confirmado.

Al principio, con la intención de cocinar nuestros alimentos, decidimos comprar algo de despensa y sólo pedir a la señora Sahara (esposa de un cortador) que nos asistiera con el lonche, pues la hora de la comida la pasábamos en el corte. Al tercer día de cocinar, nos dimos cuenta de lo difícil que era por el tiempo, el cansancio y porque no sabemos cocinar. La señora Berta, esposa de Ángel, el cabo de la cuadrilla, al enterarse nos dijo preocupada que comiendo así no la íbamos a hacer, “es que necesitan la tortilla hermano”. Ella, pensando que lo hacíamos porque no teníamos dinero, nos comenzó a mandar desayuno y a invitarnos a cenar el resto de la semana. Caí en cuenta que nuestro “intento de cocinar” fue una manera disfrazada de querer ahorrar lo más posible para así “no pasar dificultades”.

“Fue por ahorrar dinero. El dinero se convirtió en mi seguridad, pensaba que teniendo dinero mi vida estaría resuelta. Al contrario, mientras más me aferraba al dinero y su cuidado, estaba tenso, estreñido, no tenía ganas de nada. Y lo más chistoso: la única ocasión en que pasé hambre fue cuando teníamos más dinero”.

Desde la llegada, los cortadores y sus familias nos recibieron con mucho cariño. Nos fueron enseñando a trabajar y nos fueron abriendo las puertas de sus casas y sus corazones. Al principio recuerdo a doña Berta que nos invitaba el cafecito antes de irnos al corte, yo me resistía porque según yo, no quería ser una carga, no quería que gastaran. Para ellos era una ofensa porque “el novicio no quería aceptar lo que le ofrecían”. Me fueron enseñando que para ellos la vida es compartir lo que tienen y es su manera de demostrar el cariño. Puede haber borrachos, marihuanos, chismosos, pero no se puede permitir que uno solo de ellos pase un día sin comer, en su corazón no hay lugar para semejante cosa.

A ratos me brotaba mi lógica: querer compensar por tanto cariño recibido. Fui aprendiendo que además de estar ahí también había que aprender a dejarme querer, que para ellos dar lo que tanto trabajo les cuesta ganar es ganar más.

Para el último día que trabajamos prepararon una convivencia, una olla de mole, dos pasteles, refrescos, y toda la cuadrilla y sus familias estaban invitados. Un tiro de gracia al corazón llegó cuando Berta nos hizo un regalo: un cambio de ropa. Nos dijo: “para que cuando se lo pongan digan: esta ropa me la regaló doña Berta y no se olviden de mí”. Y comenzó a llorar. Mi corazón ya no pudo más sostener esa coraza que a veces me hace ser tan frío, fue como un balazo de amor por la agresión con que atravesó el corazón pero de amor por lo que me hizo sentir. Qué distante quedó la primera imagen que tuve de ellos de “cochitos mugrosos” y la imagen que me traje después de compartir con ellos casi tres meses, “hermanitos”.

La gente me pidió que nunca los olvidara. Pero cómo explicarles que al abrirme sus corazones humanizaron el mío.

En la experiencia del corte viví una realidad de miseria y un trabajo muy desgastante. Me mostró mi tendencia a huir de la incertidumbre, la compulsión a querer controlar las situaciones, saber qué voy a tener, qué voy a comer, dónde voy a estar. Trabajar al lado de los cortadores me llevó a encontrar a Dios en la incertidumbre. A soltarme de mis seguridades, el dinero, mis propias fuerzas, y con ello a darme la oportunidad de confiar en mis sentimientos, en el cariño de los cortadores, la empatía por contemplar sus vidas de manera tan cercana. Al comenzar la experiencia tenía preguntas y miedos que me tenían tenso y preocupado. Aceptar el cariño y apoyo que expresaban esas familias tan pobres por mí fue gracia abundante para soltarme y vivir la incertidumbre.

En un momento de frustración y monotonía por el trabajo surgió una pregunta. “¿Para qué el sol, el cansancio, el polvo, el tizne si esta realidad ni siquiera es mía?” Me veía cargando una cruz ajena. Al contemplar la sonrisa de los cortadores sentí su inocencia y me dije: “ésta cruz no es mía, pero tampoco es de ellos, como la de un niño de 13 años quien no eligió estar ahí cortando diez horas diarias para mantener a sus cinco hermanitos y su mamá”. Entonces vino la consolación por ser un Cirineo ayudando a un extraño inocente a cargar con su cruz. Para mí esto es la vida religiosa.
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