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Camino a Akamasoa

El Paraiso del Padre Pedro Opeka

Fui a Madagascar por trabajo, y además con una misión personal que me encomendó Desafío, encontrarme con el Padre Pedro Opeka, misionero argentino con más de 30 años de trabajo en la isla al servicio de gente muy pobre. Su trabajo ha dado frutos impresionantes luego de fundar “Akamasoa”, lugar de amigos en idioma malgache, donde viven más de 20.000 personas, tienen agua potable (un lujo para el país), un hospital, colegio para más de 7.000 niños y sobre todo una gran alegría de vivir.

La llegada a Madagascar se produce luego de dos escalas. Desde Santiago a Sao Paulo, de ahí a Johannesburgo en Sudáfrica y luego a Antananarivo, capital de Madagascar. Es la cuarta isla más grande del mundo, ubicada al este del continente africano en el océano índico, con cerca de 20 millones de habitantes. Es el país de los baobabs, los lumbres, y cientos de especies de flora y fauna que sólo existen ahí. Su pobreza salta a la vista. Llegamos a Madagascar dos chilenos y dos canadienses, y nos esperaba el líder de un programa de desarrollo de fuerza de trabajo local de una empresa minera en construcción con un chofer y un par de ayudantes. Nos estábamos saludando con nuestros anfitriones, y nuestro huésped pregunta algo así como: “¿es posible que alguien esté esperando a Juan Carlos Obrador de parte de un padre… Pedro …Opeka? Lo dijo con cara de esto no es posible…me dio mucha risa. Si, soy yo, tengo una misión personal esta tarde, por lo que tengo que separarme ahora del grupo y nos encontramos aquí mañana a las 5 AM para embarcarnos a Tamatave…

¡Cuídate! Fue lo único que me dijeron

Me subí a una camioneta Toyota muy antigua con mis dos anfitriones. Dos hombres bajitos, vestidos muy pobres, con atuendos malgaches. El chofer afro indonés y su acompañante bien afro. Subimos a la camioneta y al notar que faltaba uno, le pregunto en inglés al chofer por su acompañante…me dice: je parle francais…trato de preguntarle por su acompañante con mi francés de básica…y me explica que se subió atrás en la camioneta con mi maleta. Iba de cuidador para que no la robaran durante el trayecto. Mientras nos alistábamos para partir, vi a las demás personas de la delegación acomodar sus equipajes en la Van en el estacionamiento del aeródromo, ellos iban al hotel, yo partía rumbo a Akamasoa, inmerso en la aventura y expectante del encuentro con este Padre Opeka de quien -antes de mencionármelo en Desafío- no había oído hablar.

El recorrido hacia Akamasoa es impresionante, recorrimos un sector representativo de la ciudad según lo supe después. Todo muy pobre y de bajo desarrollo, parecido a las imágenes de de los países del sudeste asiático, lleno de arrozales y gente a pie pelado caminando solos o en grupo, cargando bultos pesados en sus cabezas. Algunas bicicletas y carros de arrastre humano como los rikshos de India. Mujeres lavando ropa en los canales de regadío, con sus niños esparcidos por todos lados, un clima agradable, sin humedad, templado a principios de septiembre y con una luminosidad de un cielo semi despejado con la luz rebotando en este paisaje tropical con mucha vegetación y lleno de agua.Mucha pobreza a la vista, grandes extensiones de poblados construidos de adobe y paja, calles de tierra y construcciones de tablas. Comercio informal por todos lados, trueque a la vista. Gente vendiendo alimentos sobre mostradores de tabla expuestos a la calle, al polvo y al gran movimiento de peatones. Todo esto en el centro de Antananarivo, capital de Madagascar.

Encuentro con el Padre Pedro

Llegamos, me dice en francés mi chofer de lujo. Hombre bajito mezcla de indonés y africano. Él, muy contento de traer a otro espécimen blanco a su comunidad, radiante de alegría, claramente conectado con la obra del Pedro Opeka me dice: es por aquí.Entrar a este lugar es algo especial. Suelos adoquinados, orden y limpieza, mucha sencillez y alegría en las caras de los habitantes que salen al encuentro a saludar y dar-la-bien-venida.
Hola Juan Carlos ¡¿como llegaste?! Me saluda con vozarrón potente. Impresiona desde el primer momento. Su apariencia no es de “cura”, no al menos en mi concepto. Mide cerca de 1.90, juega fútbol en las ligas locales regularmente, viste dockers, y muestra una gargantilla con una cruz tallada en hueso o marfil. Claramente es el patriarca del lugar, el papá de todos, el hombre santo, el juez, el constructor, el presidente, etc, etc… Me siento en casa inmediatamente, doy gracias por estar ahí con esta oportunidad.
Deja tus cosas en tu pieza y vamos a recorrer Akamasoa.

Recorrido por el basural

Partimos nuestro recorrido por el infierno. Varias hectáreas de basurales donde cae toda el desperdicio de la zona. Basura de “baja calidad” me explica, la basura es pobre en lugares pobres, no hay mucho que sacar de aquí. En estos tiempos se ve algunas familias escarbando, rodeadas de perros, miles de moscas y vahos malolientes, humos de quemas cercanas alivian el olfato. Antes de Akamasoa, eran cientos, miles de personas escarbando y apilando en sus bolsas y canastos pequeños objetos con valor. Miserable trabajo que les permitía cambiar varios sacos de desperdicios por 1 o 2 dólares.

Recorríamos este espanto en el auto del Padre Pedro y de pronto identifica a una señora; detiene el auto, abre mi ventana y ella se acerca. ¿Cómodescribir este encuentro con la miseria, la suciedad y el espanto…y a la vez la cercanía del contacto, la alegría de sus ojos al hablar con el Padre? Hablaron en malgache. Su tono compasivo fue súper claro. Me comentó luego que esta señora había perdido un sobrino hace una semana. Este joven había hecho un túnel en la basura con la esperanza de obtener mejor botín, pero el suelo cedió y quedo sepultado. Pedro me comenta que antes ésta era causa de muerte muy frecuente y que hoy estaba prohibido hacerlo. Él le habló sobre esto a la señora para que ella pudiera llevar este mensaje a su gente.
Seguimos adelante y nos encontramos con varias personas, bajamos del auto, caminamos por el basural, él con toda naturalidad, yo con algo de temor a enfermarme de malaria. Dejamos finalmente ese lugar, del cuál surgió todo lo que hoy es Akamasoa, y sentí un gran alivio. Fue bueno estar ahí para entender el contexto del proyecto y la magnitud del cambio que un hombre ha realizado con la ayuda de Dios.

La gente nos sale al encuentro

Entramos a las primeras fases del desarrollo de Akamasoa, construcciones típicas de la cultura malgache, casas altas de adobe y techos de paja. Primer salto cualitativo desde la realidad anterior. Ellos vivían sobre el basural entre cartones, plásticos y tablas que armaban para hacer un techo.Entramos a este primer lugar fundacional y sus habitantes salieron al encuentro. Sus “bon jour mon père”, mezclados con voces de cariño en malgache nos dieron la bienvenida. Pedro los saluda, se detiene y les habla. Los niños juegan alrededor y los adultos –muy jóvenes todos- escuchan. Escuchan como si cada palabra les diera vida, esperanza y certezas. En silencio. Luego seguimos avanzando y el grupo se agranda, cada encuentro agranda la comitiva y de pronto copamos el ancho de las calles. ¡Cómo no sentir el espíritu de Jesús ahí presente! Este trance me llevó a tiempos antiguos, a imaginar el trabajo del mismo Cristo saliendo al encuentro y dejando una huella profunda.

El trabajo evangelizador

Volvimos al auto para ir a la cantera, llegamos por uno de sus lados, estacionamos y empezamos a bajar un desnivel de unos 100 metros a un cráter gigante lleno de granito. Miles de toneladas de roca diseminadas y cientos de personas, familias completas realizando el trabajo que los ha dignificado y llenado de esperanza. Ellos mueven con sus brazos y cabezas mucho peso al día, construyen adoquines de unos 30 cm., con martillo y cincel les van dando forma y los apilan para su venta o para la construcción de las calles de Akamasoa. Han aprendido el valor del trabajo y han construido su pueblo. Ese es el lugar donde han aprendido la disciplina, han desarrollado habilidades constructivas y han colaborado para la creación del lugar donde hoy viven. Casas sólidas, de piedra y ladrillo, en condominios con calles de adoquines, con arquitectura propia en la que se plasma la belleza de su cultura naciente.

Cerca de la cantera hay un lugar de celebración, un hemiciclo o semibóveda que acoge un altar al aire libre. En el fondo está pintada una escena que explica todo. En el centro el niño Jesús pica una piedra ya con forma de adoquín, a un lado María prepara el material y al otro costado José construye una pared de ladrillos. Detrás un bosque de eucaliptos transforma el lugar en un santuario, un lugar santo a un costado del infierno.
Liturgia de las horas

Al atardecer, tipo 5 PM, fuimos a la plaza, punto de encuentro del lugar y entramos a una celebración de la liturgia de las horas. Los niños conducen esta ceremonia, me dice, mientras va adelante y se sienta en su asiento a un costado de la capilla. Al igual que todos los días, tres niños a un costado del altar conducen la sesión, leen salmos y cantan con una potencia extraordinaria, aplauden y se animan. Sin entender una palabra pude participar de ese tiempo de oración. Los cantos hablaban por si solos, las voces de estos angelitos me llenaron de paz y admiración… ¡qué ganas de filmar esto y mostrarlo a mi gente!

Salimos de ahí y nos sentamos en un banco de la plaza a un lado de la capilla. Un grupo de jóvenes se nos acerca y nos acompaña. Conversamos un buen rato de Akamasoa, de su rol y su obra, de la fuerza de Dios y cómo se ha hecho presente en su vida en estos mas de 30 años de construcción, hablamos de la fuerza del Amor capaz de transformar la vida. Tomamos un buen vino local, una especie de chardonais en su temperatura mientras se hacía de noche. Me comentó que por la mesa en que estábamos habían pasado grandes personalidades del mundo y todos habían sido tocados en su paso por Akamasoa.

Me sentí muy honrado de estar ahí y le di las gracias. Comimos tipo 8 PM con su “staff”, diríamos, el comité ejecutivo de Akamasoa, puras niñitas de entre 15 y 18 años, altamente empoderadas y a cargo de las distintas líneas de administración de este lugar. "El hospital, el colegio, la seguridad, los servicios diversos requieren de mucho trabajo, y ellas son mis personas de confianza" -me dice el Padre Pedro-. Comimos muy bien, y conversamos con la traducción del Padre Pedro, un poco de español, francés y malgache y muchas risas que animaron nuestra cena.Aquí nos dormimos temprano -me explicó- para estar despiertos mañana a la salida del sol.

Buenas noches Akamasoa

Dormí una noche muy corta. En ese lugar tenía 8 horas de diferencia con Santiago, cosa que no había notado hasta ese momento. Me desperté como a las 3 de la mañana y mientras esperaba a mi amigo afro indonés que me llevaría al aeropuerto a las 5 AM, tomé un tiempo para meditar sobre la experiencia y dar gracias a Dios por lo vivido.
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