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Primer cruce de frontera Tabasco – Veracruz montado en potro azul.



Mientras escribo estas líneas, estoy escuchando música country. Es un gusto que descubrí que tenía tal vez ya pasados los veinte. Pero como que se me ha olvidado, entonces de cuando en cuando, cuando redescubro que ahora podemos oír música radio por Internet, vuelvo a disfrutarlo. El country tiene una magia, no se, algo que hace que me sienta entre una paz profunda, y un sueño de esfuerzo, y una aventura extrema. Recordar a los vaqueros, a los charros, el ambiente duro del rancho, la velocidad, los golpes, el olor a la tierra. La sensación de bailar en un tablado de madera, con una chica recién conquistada. El country me lleva a todos esos lugares, a todas esas emociones. El violín, una seda que acaricia, una mujer con sombrero valiente y bien fajada, la resonancia de la guitarra, esas cuerdas que conmueven las fibras de muchos corazones con diferentes resultados.

Hoy lleve a la madre Socorro a un poblado mas allá de Cosoleacaque Veracruz, no recuerdo su nombre. La deje en buenas manos, en manos de unas religiosas de la Compañía de Jesús, religiosas como ella, atentas y entregadas a la misión.

Nelly, no dejo que yo me fuera sin tomar algo, aunque ya hubiera desayunado antes de salir del ERIT. Me tomé un delicioso café con leche con un pan de dos sabores riquísimo que nos compartieron. Luego bajamos las maletas de Soco, y las lonas para el Encuentro Nacional de Comunidades eclesiales de base que empieza la próxima semana. Acto seguido me despedí agradecido, de las religiosas, y del matrimonio tan comprometido que recién había llegado.

Tuve la tentación de hacer un regreso rápido, pero aprovechando para conocer Minatitlán y Coatzacoalcos. Así que metí el acelerador a fondo, y empezó la diversión. Pase por carreteras angostas, terrecería, áreas en reparación, pero iba tendido, como bandido… con las mayores precauciones que pude tener a esa velocidad. Curvas evadiendo hoyos, frenando cuando había personas, hombres en bicicletas o motos, tomándolo con calma, pero como en un rally… Es una tensión emocionante. De pronto me sentí en un rumbo desconocido, así que pregunte a un hombre en moto quien me dijo que la salida estaba derecho, pero que no me fuera por allí porque había unos tránsitos que son muy perros, y me dio el tip de que saliera dando vuelta una calle antes a la izquierda. Así lo hice, lo sentí como algo divino, la mano de Dios que me cuidaba, para que no abusaran del turista. De pronto Salí a la carretera federal, y vire hacia la izquierda con rumbo a Minatitlán. Siendo mas ancha la vía, corrí un poco mas rápido y rebase a varios taxistas, con autos idénticos al mió, de esos taxistas que manejan con ganas.. pero el carro de Gary no me dejo abajo, el motor funcionó a la perfección, aunque solo tuviera cuatro cambios al piso. En menos de veinte minutos cruce Cosoleacaque de regreso y llegue a Mina. Recordé que allí trabajo mi papa, cuando él tenía aproximadamente la edad que yo tengo hoy, cuando el era novio de mi mama. Me lo imagine, en estos lugares del sureste, con los calores, con los mosquitos, lidiando con las mismos temas culturales con los que yo he venido lidiando en los últimos tiempos. Y me lo imagine dinámico, activo, trabajando mucho, visitando clientes en varios ranchos, convenciendo a distribuidores de vender su producto, tomando y dando cursos de ventas y capacitación para la fuerza de ventas que el dirigió. El hijo siguiendo las huellas de su padre. Pasando por las mismas avenidas y calles por las que el paso hace mas de treinta años. Caminando por la plaza de armas, rodeando el kiosco, viendo el mismo panorama de los complejos petroleros, visitando e hincándose en la misma catedral. Así recordé a mi padre, y me experimente ahora, en mis vísperas de los treinta. Soltero, trabajando, labrándose un futuro, buscando una posición, enamorado y con ganas de regresar pronto al terruño o por lo menos al estado de Jalisco, para estar más cerca de su amada.

Yo era ese vaquero, a todo galope, en su caballo negro, saltando muros, canales, y atajando al ganado. Yo venia volando en el carro de Gary, sintiendo el viento golpearme la mejilla izquierda, y aprovechando la velocidad para estirar mi brazo contra el viento, como cuando un charro saluda al público en el lienzo. Y así venia viajando, por esos caminos polvorientos, y también lodosos cuando llovía, como tiempo atrás lo hiciera mi padre.

Tras tomar las fotos más básicas en Minatlan, la fuente, el kiosco, la iglesia por fuera y por dentro, me regrese al potro azul, y volví a montarlo. Corrimos con alegría hasta Coatzacoalcos, a unos veinte kilómetros de Mina, y disfruté de una carretera despejada, de llanuras verdes y amplísimas. Hasta que llegue, al nuevo pueblo, en donde mi buen amigo Gilberto, vivió trabajando en un hospital del sector salud, durante una parte de su formación como medico pediatra. Desde que entré vi. lo carteles, están en medio del Carnaval. Al llegar al malecón me vino el recuerdo de Veracruz, me imaginé a Gilberto, corriendo junto conmigo, entrenándonos, sin saberlo para aquellas carreras de 10 y 21 kilómetros que disfrutamos juntos.

También senti ese aire complice, ese ambiente de tentación, deseos y aventuras. Vi a los jóvenes, a la prensa preparandose para el desfile de la noche. Y me imagine, estando alli, con mis amigos, echando relajo, tomando unas cervezas, y disfrutando de la charla con algunas forasteras como nosotros. Entonces, camine por la barda, tras las escalinatas metalicas montadas especialmente para el Carnaval, a lo largo de todo el malecón, de la misma forma que en Veracruz. Y vi a la Bandera de México. Estaba ondeando, en lo mas alto del asta, en la víspera de su celebración, y tome fotos. Bajo ella, habia dos casas de campaña donde descansaban jóvenes aventureros, bajando la escalera hacia la playa, vi a u hippie recostado con su cabeza en su mochila, profundamente dormido boca arriba con los brazos cruzados. Y al voltear vi otra casa de campaña, con unos tambores tipo yembe afuera. Los tambores estaban pegados, tal como supuse que estarian los habitantes, y de pronto un pie que se asomaba por la puerta, se movia, y se movia. ¿Que imaginarse? Pues nada, solo morbo… mejor continuar.. con esa sensación de playa, sal, calor. Quise tomar una foto, pero ya tenia rato batallando con las baterias de la camara, y no lo logre. Así que me quede con la imagen grabada, la casa era verde, estaba pegada a un muro, y a su alrededor había capas de concreto levantadas, muchas piezas fracturadas, como si acabara de temblar.

Regrese al malecón, y salte la valla metálica color rojo, cual vaquero cuando salta la cerca corral adentro, para enfrentar a un caballo bronco. Yo lo único que enfrente, fue unas ganas de ir a desaguar. Y después de visitar la Iglesia recién cerrada, tras boda sabatina, me encamine al potro azul, y por el camino pedí permiso para orinar en una tienda de tortas. Las dependientas dudaron, pero con la vista se pusieron de acuerdo, y entre sin esperar más su respuesta para desahogar la vejiga. Como agradecimiento, les compre un agua gasificada baja en sales, y les di las gracias desde el corazón. Era tiempo de volver, la 1 y cuarto, había que llegar a comer a plátano y cacao. Pregunte, y un señor trabajador, montado en una bestia azul, me indico el regreso, solo había que ir por todo el malecón hasta topar con pared, y después vuelta a la izquierda, y seguir la línea hasta la salida.

Al cuarto para las 3 estaba llegando al Erit, tras una hazaña en tiempo de regreso. ¿Inmadurez?, ¿ganas de vivir? ¿Intención de tentar a Dios?... No lo se, pero a mis casi treinta lleve el motor del potro a su límite, alcanzando en una recta de la autopista una velocidad de 170 kmph, para después recuperar la cordura y retomar los 120 kmph legales.
Al llegar a comer, estaban en la cocina P Gary, terminando el postre, Tenchy, con su gran sonrisa, y Mary, nuestra amable cocinera. Y Gary me dijo: “ya no tenemos carro rojo.” Le dije, “¿me estas preguntando o afirmando?” Me contesto: “te afirmo: ya no hay carro rojo”. Le dije, “¿que paso? ¿Se lo robaron? Y me dijo: “no, Roberto tuvo un accidente,” le dije: ¿como esta? Me dijo: “bien, le choco una camioneta por un lado, solo se lastimo el tobillo, y también un golpe en la cabeza, pero no hubo sangre ni lesiones graves.” ¿Que ironía? Yo me divertí en el potro azul, sobrepasando los límites de velocidad permitidos, y el padre Roberto, que estaba en plena misión apostólica, camino del seminario, tiene este accidente, que lo dejo disminuido por hoy, y sin vehiculo. (el Ferrari rojo ya esta en reparación por medio del seguro).

Acabo de hablar a Lagos, con mi familia, le platique a mi Papa lo de mi ruta por Minatitlán y le dije que aquellas carreteras angostas por las que el manejo ahora son autopistas. Sentí que le daba gusto escucharme, igual que mi Mamá.
Me quedé con un muy buen sabor de boca al saber que mis hermanos están bien. Pude hablar con Luís Daniel, que ya se esta rehabilitando de su brazo. Y me enteré de que Migue sigue viajando por toda la Unión Americana por su trabajo, y de que Martha Angélica estuvo feliz visitando y conociendo Barcelona con sus amigas y saludando a Javier mi primo.
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